El que visita por primera vez Buenos Aires, recorre sus barrios, observa su dinamismo social, es habitual que le llame la atención, incluso que le sorprenda, aún hoy que la ciudad no pasa por su mejor momento y el desencanto domina el panorama.
Cuando Carlos III la eligió capital de lo que sería un imperio de ultramar, hizo una reforma geoestratégica y le otorgó una situación de privilegio que la ciudad jamás abandonó. En fin, se concibió como una metrópoli rioplatense y atlantista.
La historia entre Buenos Aires y las provincias resulta compleja, muchas veces encarada con violencia, a los tiros, y con no pocos resquemores, como ser, circula un dicho popular: «Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires»; no es tan así.
Lo que sucede es que en la ciudad portuaria tiene asiento físico la Capital de la República, donde se toman las grandes decisiones, a menudo sin contemplar las necesidades de gran parte de la población, de allí que los reclamos estén a la orden del día.
Todas las semanas frente al Congreso de la Nación hay movilizaciones y protestas pacíficas. Los jubilados reclaman por sus derechos conculcados desde hace 36 años, y un manifestante dice: «los jubilados somos algoritmos para que las cuentas cierren».
Hace unos días, se produjo la quinta Marcha Federal Universitaria, por cierto, multitudinaria, incluso hubo concentraciones en distintos puntos del país, bajo la consigna: «Defender nuestros sueños, garantizar el futuro».
Lo lamentable es que esta coreografía pacifista, sistemáticamente es alterada por pequeños grupos de violentos infiltrados, que además de cometer hechos vandálicos, agreden a las fuerzas del orden con la intención de desencadenar la represión; en ocasiones, personas inocentes son gravemente heridas. Y así, el nudo gordiano de la protesta se intenta desvirtuar entre las versiones de los opositores políticos y la antojadiza interpretación de la autoridad gubernamental.
La «autonomía» de la ciudad (CABA), fue concedida en la última década del siglo pasado, con la reforma de la Constitución Nacional (1994), de allí que el país actualmente posea 24 jurisdicciones (23 provincias).
La cobertura periodística nacional e internacional de la ciudad, motiva que muchos conflictos del conurbano y de las distintas provincias se ventilen aquí, buscando esa visibilidad.
Y cuando se habla de los que bajaron de los barcos, se hace mención de esa masa inmigratoria europea que buscaba un futuro, y que no solo se instaló en Buenos Aires, sino que pobló las distintas provincias, trayendo su cultura. Hoy se suma la inmigración de lugares más lejanos, que también hace un importante aporte.
La ciudad, con su estructura tradicional, a menudo dependiendo de las colectividades que se afincaron, vive cambiando, aunque no al compás del tango, sino con los vaivenes de la economía, otra coreografía ya inveterada.
Un tango menciona los cien barrios porteños, pero es solo la letra de la canción. El número oficial llega a 48 barrios, y lo interesante es que cada barrio tiene sus características propias. Benito Quinquela Martín decía que solo pintaba su barrio (La Boca y su puerto).
A la ciudad se la conoce como la capital del tango, la capital del psicoanálisis, y yo añadiría la capital de la movida cultural (no creo que haya en el mundo una ciudad con semejante movida cultural). En efecto, aquí nunca se dejó de creer en la cultura, y de hacerla en sus diversas expresiones, incluso en los momentos más aciagos, con persecuciones ideológicas, desaparecidos, listas negras.
Entonces era el «underground», o entramado de la resistencia que se expresaba a través del arte, como Teatro Abierto, Rock Nacional, entre otras manifestaciones soterrañas. Eran tiempos de la dictadura militar, que vigilaba y castigaba lo que le disgustaba. Hoy por hoy, en democracia, la cultura es descuidada, en consonancia con otras áreas vitales.
Lo cierto es que «la ciudad que nunca duerme», tiene su magia y sus misterios. El general San Martín, quien murió en Francia, dicen que su deseo era que su corazón reposara aquí, y, Mariano Moreno, sostenía que un habitante de Buenos Aires no podía tener expresiones contra la libertad de su país. La creación, la discusión y la libertad de pensamiento, fueron, han sido y son, notas habituales, forman parte de su ADN.
La centralidad de la ciudad se verifica prácticamente en todos los órdenes, más allá de sus contradicciones o de su ser o no ser, pero el ciudadano repara que aquí se cocinan los arreglos políticos a sus espaldas, los grandes negociados, y la especulación financiera (convertida en virtud) marca el ritmo del país, sin importar las consecuencias humanas.
La clase política y las diferentes dirigencias deberían devolverle no solo a la ciudad, sino al país entero, todo lo que rompieron con sus mezquindades y sus vicios, comenzando por reparar los daños cometidos. En efecto, es hora de reparar lo que se hizo mal, y ese debería ser el mensaje ejemplificador que no dudo aguarda el ciudadano de a pie, aunque cansado de esperar.




