Die Linke duplicó su voto hasta el 25,7 por ciento y ganó por primera vez la capital alemana con una sola pregunta —¿quién puede seguir pagando la ciudad?— y un método importado de Nueva York. Radiografía de una campaña, y del partido que la libró.
1. El salto: de doce a veinticinco
El domingo 20 de septiembre, Die Linke —La Izquierda— ganó las elecciones al Parlamento regional de Berlín con el 25,7 por ciento de los votos y 38 de los 130 escaños, por delante de una CDU hundida en el 18,8 por ciento, la AfD con el 16,3 por ciento, los Verdes con el 14,3 por ciento y una SPD reducida al 12,1 por ciento; la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW) se quedó fuera de la cámara con el 4,7 por ciento. Respecto a los comicios de 2023, el partido pasa del 12,2 al 25,7 por ciento: más del doble, un salto de 13,5 puntos.
Es la primera vez que esta formación gana una elección al Abgeordnetenhaus, y su mejor resultado histórico en la capital. Su candidata, la jurista Elif Eralp, aspira ahora —si logra tejer una coalición— a convertirse en la primera alcaldesa berlinesa salida de sus filas.
Conviene fijar la escala antes de celebrar o alarmarse: es un resultado sobresaliente para una fuerza que hace tres años rozaba la irrelevancia, no una mayoría absoluta. Berlín no ha virado; ha premiado a quien mejor supo formular una sola queja compartida.
2. Una sola pregunta: la ciudad asequible
Toda la campaña se levantó sobre un único eje y un solo lema: «hacer Berlín otra vez asequible» (Berlin wieder bezahlbar machen). Donde los demás discutían de inmigración, Ucrania o el canciller Friedrich Merz, Eralp preguntaba una sola cosa —si quien trabaja en Berlín puede seguir pagando un piso en Berlín— en una ciudad donde el alquiler ha subido casi un 70 por ciento en diez años y donde, según los datos que manejó el propio partido, más de medio millón de hogares destina más del 30 por ciento de sus ingresos a la renta.
El programa, aprobado en el congreso regional del 25 de abril, no era retórico: un nuevo tope de alquileres, un alto a los desahucios, la construcción de 75.000 viviendas municipales en diez años y el billete social de transporte a nueve euros. La pieza más reconocible —y la más discutida— es la expropiación: retomar el referéndum de 2021, en el que una mayoría votó socializar las carteras de los grandes tenedores, y llevar a manos públicas unas 220.000 viviendas. Eralp defendió que Berlín no se arregla solo construyendo más, sino recortando la capacidad de los grandes propietarios para fijar el precio.
3. El método de Nueva York: la campaña que empieza en el portal
Lo que de verdad explica el resultado no es el programa, sino el método. Un año antes de la cita, cuadros del partido viajaron a Nueva York para aprender de la campaña con la que Zohran Mamdani había conquistado la alcaldía: concentrarse en pocos frentes que tocan a mucha gente —alquiler, transporte, basuras—, mantenerse cercano y arrimar el hombro. La prensa alemana describió abiertamente la campaña neoyorquina como el modelo de la operación berlinesa, y a Nueva York llegaron delegaciones de la izquierda europea a estudiarla sobre el terreno.
De ahí el puerta a puerta como columna vertebral, no como adorno: el plan de campaña fijaba conversaciones en más de 350.000 portales, sostenidas por una metodología de organización vecinal que ha cambiado al propio partido. Las cantinas de barrio —comida a tres euros en un patio de Kreuzberg, delantal con el lema «Eat the rich»— y las asambleas de inquilinos eran la cara visible de esa maquinaria.
Y la maquinaria existe. En el año electoral, Die Linke se convirtió en el partido con más afiliados de Berlín: unos 18.000, un 12,7 por ciento más en un año, con veinte altas diarias de media, desbancando a Verdes y socialdemócratas. Ese censo es el combustible del timbre: sin cuerpos no se llaman 350.000 puertas. El telón de fondo es nacional: en las elecciones federales de febrero de 2025 el partido resucitó con el 8,8 por ciento, resultado que su entonces copresidente atribuyó a una campaña social consecuente y a un exitoso puerta a puerta.
4. Por qué salió: la anatomía del voto
El dato que sostiene el análisis: Die Linke no ganó arrebatando votos al centro, sino movilizando a quienes no votaban y a quienes votaban por primera vez, muchos demasiado jóvenes para hacerlo en 2023. Por perfil, obtuvo sus mejores marcas entre el voto joven —donde rozó la mayoría absoluta—, entre las mujeres y entre los votantes con bachillerato. Es una coalición urbana, joven y formada, no interclasista.
Y el rival llegó tocado, lo que no conviene omitir. El Senado saliente de CDU y SPD estaba desgastado; el alcalde Kai Wegner ni siquiera se presentaba a la reelección, y el cabeza de lista socialdemócrata afrontó la recta final con registros de la fiscalía por una sospecha de cohecho. Parte del 25,7 por ciento es mérito propio; parte, el vacío que dejaron los demás.
5. El perfil: quién es Elif Eralp
Eralp es hija de la propia historia que cuenta. Nació en Múnich el 14 de enero de 1981, mientras sus padres —socialistas y sindicalistas— tramitaban el asilo tras huir del golpe militar de 1980; su madre llegó embarazada de ocho meses y la familia, lejos de la emigración obrera clásica, era de origen universitario —el padre ejerció de médico—. Creció entre Múnich, Dortmund y Hamburgo-Altona, estudió Derecho en Hamburgo y orientó su carrera al derecho de extranjería y asilo, con prácticas en el ACNUR de Berlín, en la embajada alemana en Ottawa y en un despacho de migración. Se afilió a Die Linke en 2017 y, entre 2010 y 2021, fue asesora de política jurídica del grupo de La Izquierda en el Bundestag. Es diputada regional desde noviembre de 2021 y, dentro del partido, vicepresidenta del grupo en 2024 y vicepresidenta regional en mayo de 2025. No llega, por tanto, con un cargo ejecutivo previo ni una ley emblemática a sus espaldas: su trayectoria es la de una jurista de los márgenes convertida en la cara de la renovación de su partido.
Y ahí está la clave de por qué ha funcionado: su biografía no ilustra el mensaje, es el mensaje. Cuando habla de familias expulsadas de la ciudad o de quien no encuentra piso, habla de los suyos, y el votante lo percibe; «gente como tú y como yo no suele llegar a alcaldesa» abría uno de sus vídeos de campaña. Vive en Kreuzberg con su marido y sus dos hijos en un piso de alquiler —unos noventa metros, contrato antiguo, novecientos cincuenta euros al mes—, y convirtió esa condición de inquilina en argumento: llevaba al cuello una cadena con la palabra «Mietendeckel» —tope de alquileres— que lucía también en sus carteles. Esa autenticidad, sumada a una presencia constante y multilingüe en las redes, conectó con el electorado joven y urbano que acabó dándole la victoria.
El fondo, con todo, era combativo: «si La Izquierda gobierna, se socializará», resumió tras la victoria. Y su método personal acompañó al del partido: frente al avance de la AfD —en torno al 18 % en Berlín—, buscó deliberadamente la conversación con sus votantes y pisó sus feudos, sin asumir por ello sus consignas. Esa misma cercanía tiene, no obstante, su reverso: su perfil propalestino y el episodio de Neukölln la obligaron a maniobrar en el terreno del antisemitismo, y respondió con un plan de cinco puntos para proteger la vida judía en Berlín. El personaje que la ha llevado al umbral del Ayuntamiento Rojo es, a la vez, su mayor activo y el flanco por el que sus futuros socios la presionarán.
6. Nota biográfica: qué es Die Linke
Die Linke —literalmente, «La Izquierda»— nació el 16 de junio de 2007 de la fusión de dos troncos: el PDS, heredero del SED, el partido único que gobernó la República Democrática Alemana, y la WASG, una escisión sindical y socialdemócrata del oeste surgida contra las reformas sociales de la era Schröder. De ahí su doble alma: fuerte en los länder del este, minoritaria y activista en el oeste. Se define como socialista democrática, antimilitarista y a la izquierda de la socialdemocracia; su color oficial es el rojo, aunque la casa viste de morado.
La formación estuvo cerca de desaparecer. La ruptura de Sahra Wagenknecht en 2023-2024, quien se llevó a parte de sus cuadros para fundar su propio proyecto (el BSW), la dejó descabezada y menguante. La resurrección llegó en las federales de febrero de 2025: con un discurso de vivienda y coste de la vida y un puerta a puerta masivo, superó con holgura la barrera del 5 por ciento —el 8,8 por ciento— y volvió al Bundestag, donde hoy tiene 64 de 630 escaños. Desde entonces vive un auge de afiliación que la ha llevado a rondar los 131.500 miembros en todo el país.
Su dirección la comparten, desde junio de 2026, Ines Schwerdtner —periodista, exdirectora de la edición alemana de Jacobin— y Luigi Pantisano, quien relevó a Jan van Aken cuando este renunció por motivos de salud; en el Bundestag manda el tándem de Heidi Reichinnek —rostro del partido en las redes y ariete del voto joven— y Sören Pellmann. El ascenso, con todo, no es uniforme: el mismo año en que triunfaba en Berlín, la formación se quedaba fuera de los parlamentos de Baden-Wurtemberg y Renania-Palatinado. Eralp es, en ese cuadro, la cara más visible de una recuperación que todavía se juega su alcance.
7. El techo del triunfo · La investigación pendiente
Ganar la elección no es gobernar. La aritmética cómoda es la coalición «rojo-rojo-verde» —Die Linke, Verdes y SPD suman con holgura, y Eralp reclamó el Ayuntamiento Rojo la misma noche electoral—, pero el precio de entrada es la joya de la campaña. La expropiación es una trampa que la propia izquierda berlinesa temía por su potencial para dividirla: sigue siendo un mandato no vinculante y su coste oscila —según quién lo calcule— entre los nueve mil millones de euros de la campaña y los treinta y seis mil del propio Senado, una horquilla que ningún número redondo puede disimular.
Añádase el flanco que la cobertura más amable silencia: un acto de campaña en Neukölln, en agosto, en el que se corearon consignas contra el Ejército israelí, del que Eralp tuvo que distanciarse y que reabrió el debate sobre la aptitud de la Linke berlinesa para gobernar. No es color: es exactamente la munición con la que socialdemócratas y Verdes le marcarán líneas rojas en la negociación. La vivienda que la ha llevado hasta aquí será también, si consigue gobernar, el terreno donde tendrá que demostrar hasta dónde llega su proyecto.
Para «El Madrid de los ocho millones», el caso berlinés funciona como contramodelo limpio: ante la misma crisis de alquiler, Berlín aprieta la demanda y la tenencia —tope, congelación, socialización—, mientras el modelo madrileño responde ampliando la oferta y el perímetro. Dos maneras opuestas de contestar a la misma pregunta —quién puede seguir viviendo en la ciudad— y dos facturas que, cada una a su modo, todavía nadie ha terminado de sumar.




