Hasta hace unas décadas, en el imaginario argentino, las cosas malas que nos sucedían por cuestiones políticas o de las dirigencias, solo podían suceder aquí, visión distinta de los que a menudo viajábamos por otros países y, observábamos que no pocos problemas eran comunes, quizá por la condición humana.

Estos problemas tenían y tienen sus matices, ligados a las tradiciones, la historia local, la economía, y las instituciones de cada país, que inciden en el imaginario colectivo.

En la Argentina, el golpe cívico-militar de 1930, encabezado por el general Uriburu, quien derrocó al segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen, elegido por el voto de la ciudadanía, inauguró un estilo de interrupción de los gobiernos constitucionales, ya que hasta entonces nunca se había roto el orden constitucional. Este tipo de intervención siempre adujo razones de fuerza mayor, y lo hacía como forzado por las circunstancias para salvar la patria de su derrumbe…

En aquella oportunidad, la proclama habría sido de autoría o inspiración de Leopoldo Lugones, un escritor polifacético, considerado uno de los más grandes poetas de América, fundador de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) y, el «Día del Escritor» aquí se celebra el 13 de junio, fecha de su nacimiento.

Después de este golpe, que actuó como una bisagra en la historia del país, aconteció la «Década Infame», marcada por el «fraude patriótico» (para impedir que el voto de la ciudadanía permitiera el retorno al poder del partido radical), y habría finalizado con otra revolución militar, la de 1943. A partir de esa fecha la historia es más conocida por sus repercusiones, que incluso llegan a nuestros días.

Sin embargo, lo interesantes es que, desde hace unas décadas, tanto en Argentina como en el resto de América Latina, la democracia se convirtió en una nota dominante, que reclaman las sociedades, más allá de la problemática particular de cada región.

Para Andrés Malamud el problema argentino es económico, en consecuencia, la respuesta es económica. Y sostiene que la baja de la inflación le permite al actual presidente ganar imagen, no así cuando se mete con los temas de la «batalla cultural» donde pierde imagen.

Estimo que todos celebramos la baja de la inflación, pero nos preguntamos: ¿cuál es el precio?

Entre los analistas de los resultados electorales, unos opinan que la gente vota con el bolsillo, otros piensan que no solo el bolsillo tiene que ver en la decisión del voto, porque también pesarían otros factores que no pueden ignorarse. En fin, es posible que todo dependa de los tiempos que se viven y de cuáles son las prioridades del votante.

Un tema puntual son las instituciones, ya que ellas nos sobreviven con sus marcos normativos o reglas de juego, y la institucionalidad, estrechamente ligada al cumplimiento. En efecto, la institucionalidad de un país resulta creíble cuando las normas y las leyes se aplican correctamente, con eficiencia, y menos alteraciones en las regulaciones y las resoluciones.

En un estado de derecho los procesos son transparentes, predecibles, comunes a todos los individuos, y a su vez guían la conducta de las personas; características que facilitan las interacciones humanas, previenen no pocos problemas, ayudan a solucionar conflictos, apuntalan la convivencia pacífica en la diversidad, así como el desarrollo económico en un contexto ético y moral.

Ahora bien, existe la impresión de que en nuestra sociedad hay desconfianza en las instituciones, no es algo novedoso, y basta leer las noticias para advertir las muchas irregularidades en la aplicación de estas normas, al punto que hay quienes gozan de recursos al margen… Esto da pie a las denuncias que ya hacia José Hernández en el Martín Fierro (1872) acerca de la aplicación de las leyes.

Daría la impresión que esta desconfianza de la gente en las instituciones se ha convertido en un fenómeno del imaginario político en el mundo, como señala Daniel Innerarity: los partidos quedan reducidos a aparatos, los sindicatos no representan a las mayorías, las universidades se burocratizan, el Parlamento responde al ejecutivo, el poder judicial no actúa como contrapeso.

Innerarity sostiene que las instituciones parecen haber perdido su «poder instituyente» y limitarse al statu quo, y, que cada generación retoma la herencia y la transforma según sus propias exigencias, por eso habría duración institucional. Todo esto el ciudadano argentino parece tenerlo presente, bástenos escuchar los comentarios de la calle o leer las cartas de lectores de los periódicos.

Por otra parte, a menudo los medios dan cuenta de medidas que pretenden aplicarse desde lo alto del poder, e inmediatamente le salen al paso los abogados constitucionalistas, interpretando el espíritu de la Constitución, ya que el cumplimiento de la misma asegura la institucionalidad. Y es evidente que algunos procuran darle la espalda.

El ciudadano de a pie necesita ver con meridiana claridad un proyecto creíble y, la encarnación de una conducta ejemplar en quienes impulsan el proyecto.

La sociedad argentina tiene muchas heridas que necesitan ser reparadas, como ser en materia de salud, educación, trabajo, entre otras áreas que son vitales, y produce el enojo de muchos el comprobar que los problemas que más les afectan no son considerados en los hechos.

El periodismo no tiene la culpa de informar acerca de aquellos temas que perjudican al poder de turno, pues, la información si es de interés público, es una obligación publicarla.

Roberto Cataldi
Roberto M. Cataldi Amatriain es Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Complutense de Madrid, académico, catedrático de medicina interna en universidades de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), ensayista, humanista, bioeticista, en suma, un exponente de Las Dos Culturas, también un intelectual, con varios libros publicados y artículos de interés general.

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