«AITA MARI: No se puede dejar morir a la gente en el mar, que es lo que se está haciendo»

El 9 de enero de 1866, José María Zubía, un armador-pescador de Zumaia, perdió la vida tras rescatar de una galera a tres pescadores que intentaban llegar a la bahía de La Concha. Recordado como un héroe popular debido a los muchos salvamentos que llevó a cabo, en la zona le llaman por su apodo, Aita Mari…

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«Aita Mari[1]» es ahora un emocionante documental del donostiarra Javi Julio que nos lleva a seguir la magnífica aventura de un grupo de personas que han decidido dedicar parte de su vida a rescatar náufragos en el Mediterráneo. No es lo mismo ver imágenes de salvamento en un telediario que hacer el emocionante viaje junto a la tripulación del un barco que va a pescar vidas de personas que no interesan a nadie.

Gobiernos y administraciones varias miran para otro lado cuando zozobran barcazas cargadas hasta los topes de personas –«no son sacos de arena»-  algunas de las cuales llevan varios años huyendo tras abandonar un país en el que no tenían futuro, y han pasado por experiencias tan terribles como las cárceles libias, donde les maltratan e incluso les violan, y donde la comida consiste en un mendrugo de pan de vez en cuando.

Empecemos por el principio. No es verdad que siempre una imagen valga más que mil palabras pero es cierto que hay imágenes que valen más que muchos millones de palabras. La fotografía del pequeño Aylan, el niño sirio que el mar depositó ahogado en una playa turca, es uno –entre otros muchos- de los motivos que dieron nacimiento a esta historia de hombres y mujeres «normales» –ni superhéroes ni iluminados- que surcan el mar en busca de barcazas de fortuna cargadas con personas que persiguen un sueño: el de un mundo donde al levantarse cada mañana, en una casa donde esté reunida su familia, les espere un trabajo.

El «Stella Maris Berria» era un barco pesquero destinado al desguace en Getaria cuando Iñigo Mijangos e Iñigo Gutiérrez, dos miembros de la ONG vasca Salvamento Marítimo Humanitario (SMH), decidieron conseguir los recursos necesarios para transformarlo en un barco de rescate -y llamarlo Aita Mari- con el que poder salvar a personas que huyen de países en guerra, de lugares donde les persiguen o de situaciones de miseria; personas  destinadas a ahogarse en el Mediterráneo, convertido a estas alturas de la historia en una de las mayores fosas comunes del mundo.

El documental «Aita Mari» narra la odisea de más de dos años desde la reconstrucción del barco hasta la culminación del primer rescate. Es la historia «del esfuerzo colectivo de un conjunto de ciudadanos y ciudadanas anónimas para socorrer a personas que huyen de la guerra y el hambre», de los problemas burocráticos por los que pasaron –algunos protagonizados por políticos que tienen nombre y apellido- hasta conseguir el despacho (permiso) para surcar las aguas del Mediterráneo y asistir a personas que escapan de lugares sin futuro y pretenden alcanzar las costas europeas en embarcaciones precarias.

El relato de cómo, cuando parecía todo perdido, pendiente de ese permiso que nunca llegaba, la aparición de la pandemia y la necesidad de tener que llevar a la zona del Mediterráneo central (Grecia, Italia, Malta…) ayuda humanitaria urgente en grandes cantidades, facilitó las cosas y el «Aita Mari» zarpó con la prohibición expresa de hacer operaciones de salvamento. 

Y es también el seguimiento, detallado y minucioso, de un primer salvamento de ochenta personas –incluidas una embarazada y un niño- que desfallecían en medio del océano en una barcaza de goma a la que había fallado el motor, sin agua, sin comida y sin ropa para abrigarse. Una primera misión en una embarcación con refugiados, que además no era la que buscaban. «Si no llegamos a encontrarlos ni siquiera habrían formado parte de una estadística. Nadie se habría enterado de su muerte en el mar».  

«Aita Mari, la odisea del barco que estaba en el pueblo de al lado» , y que ya lleva rescatadas más de cuatrocientas personas –las últimas 105, entre ellas veintidós menores, el pasado 22 de octubre, que desembarcaron seis días después en Trapani (Sicilia)-, es para su director, Javi Julio, «no un documental sobre la épica del rescate en el mar. Habla de cómo gente sencilla y anónima se transforma y abandona su vida anterior para hacer el trabajo que deberían hacer los estados». 

La asociación Salvamento Marítimo Humanitario (SMH) se creó en 2015 para dar respuesta a la crisis humanitaria que se vive en el Mediterráneo. Comenzó su labor con el auxilio a las decenas de botes que llegaban a diario a la isla griega de Quíos. Tras el conocido como «pacto de la vergüenza», firmado en 2016 por la Unión Europea y Turquía, empezó a colaborar con otras ONG a bordo del barco oceanográfico Lifefiline. Después de cinco misiones, sus miembros decidieron  adquirir su propio barco: el Aita Mari, nombrado así en homenaje José María Zubia, fallecido rescatando a tres pescadores en 1866.

Cuando termino de escribir mis impresiones sobre este impactante documental, veo en los informativos que los gobiernos de Francia y el Reino Unido andan a la gresca para determinar cuál de ellos es el responsable de la muerte de veintisiete personas –migrantes, naturalmente, en busca de asilo- en el naufragio de su embarcación en aguas del Canal de La Mancha. Una vez más, asociaciones humanitarias y personalidades representativas de distintos estratos sociales, se manifiestan pidiendo a los gobierno un cambio en sus políticas de acogida y ayuda a los refugiados.

  1. El largometraje documental «Aita Mari» se estrena en cines este viernes 3 de diciembre de 2021.
Periodista, libertaria, atea y sentimental. Llevo más de medio siglo trabajando en prensa escrita, RNE y TVE; ahora en publicaciones digitales. He sido redactora, corresponsal, enviada especial, guionista, presentadora y hasta ahora, la única mujer que había dirigido un diario de ámbito nacional (Liberación). En lo que se está dando en llamar “los otros protagonistas de la transición” (que se materializará en un congreso en febrero de 2017), es un honor haber participado en el equipo de la revista B.I.C.I.C.L.E.T.A (Boletín informativo del colectivo internacionalista de comunicaciones libertarias y ecologistas de trabajadores anarcosindicalistas). Cenetista, Socia fundadora de la Unió de Periodistes del País Valencià, que presidí hasta 1984, y Socia Honoraria de Reporteros sin Fronteras.

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