Aceite de colza: cuarenta años de una tragedia asesina

Un escribano en la Corte

El primero de mayo de este año se cumplieron cuarenta años del primer envenenamiento mortal causado por el aceite de colza desnaturalizado, que fuera conocido como síndrome tóxico.

La primera víctima fue un niño de ocho años que vivía en el pueblo madrileño de Torrejón de Ardoz. Se llamaba Jaime Vaquero García, y por esas cosas del destino, y de la profesión, me hice eco del tema cuando ejercía como periodista en el ayuntamiento de dicha localidad. 

Cuando han transcurrido cuarenta años de la tragedia, de aquel envenenamiento colectivo que asoló España y dejó en la cuneta a miles de muertos más otros muchos miles de personas con secuelas físicas para el resto de sus vidas, conviene recordar que el origen tuvo lugar por la ingestión de dicho aceite desnaturalizado no apto para el consumo humano, que contenía una sustancia tóxica llamada anilina. Una vez más, el negocio de algunos miserables provocó la tragedia.

El origen estuvo en que algunos empresarios miserables, ya que no tienen otro nombre, se valieron de aquel fraude y engaño para engordar sus ganancias y beneficios atentando contra la vida de la gente que, como siempre, fueron los más vulnerables, los de menor poder adquisitivo.

Y ello porque dicho aceite se vendía en los mercadillos en los puestos ambulantes de los pueblos en garrafas de plástico de manera fraudulenta. Todo ello en los principios de unos años ochenta en los que la necesidad llamaba a la puerta de millones de hogares y había que intentar salir adelante como fuera.  

Los máximos responsables de aquella tragedia fueron los empresarios aceiteros catalanes Enric Salomó y Ramón Alabert, que serían condenados a cerca de cuarenta años de cárcel. Para sonrojo de cualquier persona con un mínimo de dignidad, el 26 de julio de 1994 aparecía una noticia en el diario madrileño El País cuyo titular decía: «Dos de los principales culpables de la colza salen de la cárcel en régimen abierto».Se trataba de los dos empresarios en cuestión, que empezaban a gozar de parcelas de libertad…

Con un nudo en la garganta, y como director que era del Boletín Municipal del Ayuntamiento de Torrejón de Ardoz, recibí en mi despacho al padre del niño Jaime en el año 1983. Solo portaba una foto de su hijo, muerto, y envuelto el hombre en un mar de lágrimas me rogaba que por favor publicásemos en la revista oficial del pueblo una foto de su hijo, para que fuera recordado por sus amigos, compañeros del colegio y su familia. Cuando han pasado cuatro décadas de aquella tragedia, reproduzco ahora, tal cual, el texto que escribí atendiendo al ruego del padre, junto a la foto que el mismo me entregó:

«Hasta siempre, Jaime
Se cumplen ahora dos años de la muerte del primer afectado del síndrome tóxico, el niño Jaime Vaquero García. Aquel 30 de abril de 1981 el pequeño Jaime, de ocho años de edad y estudiante de segundo de EGB en el Juan Ramón Jiménez, fue al colegio como todos los días. También como tenía por costumbre le hizo a su madre un pequeño regalo: un pequeño florero, que hoy solo sostiene ilusiones marchitas. Jaime ya estaba condenado por la colza asesina de unos insensatos traficantes, y solo le quedaban unas horas de vida: a las cinco de la tarde, al salir del cole se sintió mal, y aquello fue el principio del fin, porque a las ocho de la mañana del día primero de mayo ingresaba cadáver en un centro hospitalario. Fue el primero de la lista por la que ya han desfilado 340 afectados del síndrome tóxico en toda España. Desde aquí, Jaime, queremos que sepas que estamos contigo, y que tu pueblo, tu gente, compañeros y amigos no te olvidan. Hasta siempre, pequeño paisano».

Cuarenta años después sigo pensando en aquel niño al que le truncaron la vida, un niño que hoy rondaría los cincuenta años. Su único delito fue ser un niño pobre, hijo de una familia pobre que tenía que comprar el aceite –aceite asesina- en un mercadillo ambulante, porque la vida no daba para más. Como tantos otros que le siguieron en el camino… 

Conrado Granado
@conradogranado. Periodista. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. He trabajado en la Secretaría de Comunicación e Imagen de UGT-Confederal. He colaborado en diversos medios de comunicación, como El País Semanal, Tiempo, Unión, Interviú, Sal y Pimienta, Madriz, Hoy, Diario 16 y otros. Tengo escritos hasta la fecha siete libros: «Memorias de un internado», «Todo sobre el tabaco: de Cristóbal Colón a Terenci Moix», «Lenguaje y comunicación», «Y los españoles emigraron», «Carne de casting: la vida de los otros actores», «Memoria Histórica. Para que no se olvide» y «Una Transición de risa». Soy actor. Pertenezco a la Unión de Actores y Actrices de Madrid, así como a AISGE (Actores, Intérpretes, Sociedad de Gestión).

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