Tres años después de la masacre yihadista en Barcelona y Cambrils (Tarragona) que segó la vida de dieciséis personas y dejó heridas a 140, la fiscalía solicita 85 años para los tres detenidos, pero las heridas de las víctimas siguen abiertas.

En Cambrils, el municipio mantiene viva la memoria de la tragedia de 2017 y sigue trabajando a fin de evitar que los discursos de las ideologías del odio puedan encontrar espacios donde desarrollarse.

En este sentido, el ayuntamiento combate la violencia, especialmente desde la vertiente social y educativa incidiendo en las causas del proceso de radicalización. Con este objetivo se han creado nuevos espacios de convivencia, inclusión y cohesión con varios proyectos de dinamización comunitaria para promover la paz y la interrelación vecinal, planes de inclusión, políticas de acogida y programas educativos y acciones en las escuelas e institutos para fomentar la reflexión, el espíritu crítico y valores como la tolerancia o la empatía.

Sin embargo, la asociación de víctimas de los dos actos dicen sentirse decepcionados porque no se les juzgue por asesinato.

17 y 18 de agosto

Cambrils © Kontxaki
Cambrils © Kontxaki

El 17 de agosto de 2017, sobre las cinco de la tarde, los transeúntes de la Rambla barcelonesa sufrieron un atropello masivo a cargo de Younes Abouyaaqoub, quien conducía una furgoneta alquilada. Tras dejar un reguero de personas tendidas a lo largo de ochocientos metros, bajó del vehículo y robó un automóvil, a cuyo joven dueño acuchilló. Su fuga acabó días después, el 21 de agosto, al ser abatido por los mossos en un viñedo del Penedés.

Mientras, otros cinco yihadistas corrían veloces a Tarragona para terminar la matanza. Se equiparon con cuchillos y un hacha. En la madrugada del 18, el paseo marítimo se tiñó de sangre: falleció una persona y otras doce fueron apuñaladas. La rápida intervención de la policía catalana evitó una matanza. Les servía cualquier persona que encontraban a su paso.

Ambas acciones ni siquiera estaban planeadas, fue la desesperación por matar y la rabia de haber visto frustrado el atentado que tenían previsto llevar a cabo en la Sagrada Familia de Barcelona.

Para ello, estaban preparando explosivos caseros en un chalé de la localidad tarraconense de Alcanar. Acumulaban decenas de bombonas de butano y casi quinientos kilos de un explosivo conocido como «madre de Satán». En un momento dado, por el calor, dicen los expertos, todo saltó por los aires: la vivienda quedó destruida y murió Abdelbaki Es Satty, líder espiritual de la célula. Era el imán de la mezquita de Ripoll (Gerona) y había adoctrinado quién sabe a cuanta gente joven y no tan joven.

Querían derrumbar el templo de Gaudí, y llevarse por delante a la gente estuviera por la zona. No pudieron, pero acabaron con la vida no solo de los dieciséis fallecidos, sino de las familias de los 140 heridos que, según los psicólogos, nunca podrán superarlo.

Periodista. Tras más de 30 años en el sector de la construcción en una publicación para profesionales, me dediqué al mundo de la solidaridad a través de un partido político, ocupándome de la comunicación. Esa época determinó el comienzo de un camino dirigido a la defensa de los derechos humanos, a la denuncia. Poco después me instalé en México. Publiqué en un par de periódicos y en una revista literaria, donde edité poesía. A través de Periodistas en Español comencé a relatar lo que sucedía allí. Tras siete años de estancia en el país azteca, en 2018 regresé a España.

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