Torrelodones, uno de los municipios de mayor renta de la Comunidad de Madrid, está prácticamente colmatado. Encajado entre dos parques regionales y partido por la A-6, crece hacia dentro —modificación a modificación— en lugar de abrir nuevos frentes sobre el monte. Su recurso escaso no es el megavatio, sino el bosque, el río Guadarrama y el paisaje; sus riesgos reales son el fuego, el radón y una depuradora que vierte directamente a un río protegido. Durante doce años su máquina de crecer estuvo contenida; un cambio de gobierno y una reforma autonómica ponen ahora a prueba si esa contención se sostiene.

1 · Un municipio colmatado

La primera singularidad de Torrelodones25.433 habitantes según el padrón— es que casi no le queda suelo por estrenar. Su planeamiento general vigente son unas Normas Subsidiarias aprobadas en 1997, sucesoras de las de 1986, sobre las que se han acumulado más de cincuenta modificaciones puntuales en apenas una década, un historial que Ecologistas en Acción llegó a calificar de «caos urbanístico».

Hacia 2015, en torno al noventa por ciento de lo previsto en aquellas normas estaba ya consolidado. El intento de sustituirlas por un Plan General llegó a la fase de avance y exposición pública, pero no se aprobó: el municipio sigue rigiéndose por el mosaico de 1997. Así, cuando Torrelodones crece, no abre un ensanche exterior, sino que remata piezas residuales —el Área Homogénea Sur, con nuevo plan parcial en 2022, o el sector del arroyo de la Torre— y reordena usos por modificación puntual. Es lo contrario del modelo que domina buena parte de la sierra, donde el crecimiento pasa por convertir suelo rústico en urbanizable.

2 · El delta que no existe

En la contabilidad del corredor metropolitano —esa carrera por sumar viviendas, naves y centros de datos—, Torrelodones apenas puntúa. No hay suelo logístico ni digital de escala, ni un solo gran consumidor eléctrico que tensione la red: la demanda es residencial y de baja densidad, la propia de una villa de parcela grande.

El delta de suelo nuevo es, por tanto, residual, y el crecimiento previsible es de relleno. La consecuencia es que el municipio no se juega su futuro en la disponibilidad de agua o de megavatios, sino en la evaluación ambiental de cada pieza y en el marco que decide cómo se tramita. Y ahí asoma el cambio de fondo: la reforma del suelo y la Ley de Impulso y Desarrollo Económico Regional desplazan el peso de la decisión desde la participación y el defecto formal hacia la materialidad del plan, justamente las palancas con las que, en el pasado, el municipio frenó operaciones.

3 · El agua que va al Guadarrama

El abastecimiento depende por completo del Canal de Isabel II; no hay captación municipal que dé un margen propio. El saneamiento se resuelve en la EDAR de Galapagar-Torrelodones, en el margen derecho del río Guadarrama, inaugurada en 1988 y ampliada en 2015, que depura las aguas de parte de Galapagar, Torrelodones y Hoyo de Manzanares; el núcleo de Los Peñascales drena, en cambio, a la depuradora de Las Matas-Peñascales. El dato relevante es adónde va lo depurado: al propio río Guadarrama —afluente del Tajo— y dentro de un espacio de la Red Natura 2000, lo que somete cualquier nuevo vertido a un estándar exigente.

A escala de la sierra, el recurso que de verdad se comparte no es el megavatio ni el metro cúbico industrial, sino el monte, el agua del Guadarrama y la capacidad de la A-6; y no consta ningún instrumento que sume esa presión conjunta. El caudal y el margen reales de la depuradora, eso sí, están pendientes de confirmación con la ficha técnica del gestor.

4 · Fuego y granito

Los riesgos serios de Torrelodones no vienen de la gran industria, sino del territorio. El municipio está catalogado como Zona de Alto Riesgo de incendio forestal en el plan autonómico —el INFOMA—, con amplias áreas de interfaz urbano-forestal, viviendas dispersas entre encinar y pinar, que obligan a un plan local específico y a un bando anual de prevención.

A ello se añade el granito de la sierra: Torrelodones se sitúa en la Zona II del mapa de radón, la de mayor potencial, lo que exige medidas reforzadas en obra nueva y rehabilitación; un escalón por encima de municipios del corredor como Alcobendas, en Zona I. Y por su término discurren la A-6 y el ferrocarril, vías de transporte de mercancías peligrosas. Con todo, y pese a superar los veinte mil habitantes, la extinción no recae en un cuerpo propio: son los bomberos de la Comunidad y los forestales quienes cubren la zona.

5 · El contramodelo del corredor

La pregunta que vertebra esta serie —si un municipio puede cargar con lo que recalifica— se responde en Torrelodones casi por descarte: apenas recalifica. Su historia no es la de un ayuntamiento pequeño desbordado por una macrooperación, sino la de una villa colmatada y de alta renta que, durante doce años, contuvo su propio crecimiento.

Esa contención tuvo una dimensión política —un giro de gobierno en 2023 devolvió la alcaldía al Partido Popular— y otra de fondo, normativa, que ahora la somete a prueba: un marco que rebaja el papel de la participación en el urbanismo.

El verbo que mejor describe a Torrelodones no es «crece» ni «recalifica», sino que se contiene. Y la incógnita abierta no es si el municipio seguirá creciendo, que lo hará a pequeña escala, sino si conservará aquello que lo hizo distinto: tratar el monte, el río y el paisaje como límites, y no como suelo en espera.

Enlace con la ficha sobre urbanismo de Torrelodones

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