
¿Por qué ahora?
El expediente de la sarna en las residencias madrileñas llevaba meses en los boletines oficiales sin que nadie reparara en él. Saltó a la conversación pública a finales de julio de 2026 por una puerta lateral: la crisis migratoria de Ceuta. En plena entrada masiva de personas por la frontera, el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, reclamó en una entrevista con Europa Press decretar el confinamiento de la ciudad autónoma por «riesgo sanitario» de sarna y tuberculosis, y matizó después, en un mensaje en redes, que se refería a «portadores de enfermedades infectocontagiosas».
La ministra de Sanidad, Mónica García, replicó que la medida sería «contraproducente»; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, terció acusando a García de «chantajista» por convocar a las comunidades autónomas para abordar la escasez de vacunas.
En ese cruce —la sarna esgrimida como argumento para confinar a migrantes en una frontera— se produjo el contraste que da sentido a este informe: mientras la enfermedad se invocaba contra quienes llegaban a Ceuta, llevaba años instalada, semana tras semana, en las residencias de mayores de la propia Comunidad de Madrid, sin que nadie pidiera confinar nada ni la Administración regional diera explicación alguna.
La epidemióloga María Zunzunegui, experta en envejecimiento, lo formuló sin rodeos: por supuesto que hay que ocuparse de la sarna en Ceuta, pero ¿por qué no se atendió durante años la de las residencias madrileñas? «La sarna está aquí, se concentra en los centros de personas mayores y nadie hace caso». Esa asimetría —ruido cuando sirve de arma migratoria, silencio cuando afecta a los ancianos propios— es la razón por la que este expediente merece abrirse ahora. No hacía falta cruzar el Estrecho para encontrar la enfermedad: bastaba con abrir el informe epidemiológico semanal de la Consejería de Sanidad.
Lo que dicen los papeles oficiales
Conviene empezar por una advertencia metodológica que casi nunca acompaña a las cifras de sarna, y que condiciona todo lo demás: en España la escabiosis no es una enfermedad de declaración obligatoria a título individual.
Solo se vigila cuando aparece en forma de brote —definido como al menos dos casos relacionados en tiempo y lugar—, de modo que las cifras de «casos» proceden de aproximaciones (Atención Primaria, Urgencias, venta de escabicidas) y no de un registro exhaustivo. Cualquier número que se maneje es, por tanto, un suelo, nunca un techo. Quien lea que hay tantos casos debe entender que hay, con seguridad, más.
Hecha la salvedad, la fotografía consolidada —los últimos datos completos, los de 2024, publicados en el Boletín Epidemiológico de diciembre de 2025— es inequívoca. Aquel año se declararon en la Comunidad 56 brotes de sarna, de los cuales 41 se produjeron en residencias de la tercera edad: un 73 por ciento del total. En casos, de los 652 contabilizados, 562 correspondieron a personas mayores que vivían en esos centros, esto es, un 86 por ciento.
Dicho de otro modo: nueve de cada diez personas afectadas por sarna en la Comunidad de Madrid en 2024 eran ancianos residentes. La enfermedad no está repartida por el territorio; está concentrada en un tipo de institución muy concreto y muy vulnerable.
El antecedente refuerza la tendencia. Según el Boletín de febrero de 2024, 2023 marcó el máximo de la serie histórica con 65 brotes, de ellos 44 (el 67,7 por ciento) en residencias de mayores —dieciséis en la capital y veintiocho en el resto de municipios—, con 472 personas afectadas y cerca de 4700 expuestas.
La curva de brotes en residencias, según reconoce el propio documento oficial, es la más elevada de todos los ámbitos vigilados, por la especial vulnerabilidad de estos colectivos y por tratarse de centros cerrados con gran cercanía entre usuarios.
La serie semanal de 2026, semana a semana
Aquí es donde el seguimiento importa, porque permite comparar 2026 con el mismo tramo de 2025 sin esperar al balance anual. Los informes semanales de la Consejería ofrecen el acumulado de brotes de escabiosis en todos los ámbitos y el de casos, año contra año. La lectura, tomada directamente de los PDF oficiales, es la siguiente.
En brotes de escabiosis (acumulado de toda la Comunidad, todos los ámbitos), el año arranca por encima del anterior y no baja: dieciocho brotes hasta la semana 16, veinte hasta la semana 18, veintidós hasta la semana 19 —frente a solo siete en la misma fecha de 2025— y veintisiete hasta la semana 22, por doce un año antes. Es decir, más del doble de brotes que en 2025 en el arranque del año.
En casos, la brecha interanual es todavía más marcada: 124 hasta la semana 19 (frente a 58 en 2025), 141 hasta la semana 22 (por 114) y 278 hasta la semana 33 (por 216). En todos los cortes, 2026 supera a 2025.
Si se aísla lo que ocurre específicamente en residencias de mayores, los informes semanales identifican el ámbito con nombre y apellidos: dos brotes de escabiosis en residencias notificados en la semana 19 —con la actuación estándar de «información sobre medidas higiénicas de control y tratamiento de casos y contactos estrechos»—, tres en la semana 22 y uno en la semana 33. No son cifras de catástrofe; son el goteo constante de una enfermedad que, en la región, tiene una dirección postal preferente.
Nota de verificación sobre la semana 33
El dato de brotes acumulados a la semana 33 queda pendiente a su publicación definitiva, porque circula transpuesto. La serie oficial de 2026 —dieciocho, veinte, veintidós, veintisiete en las semanas 16, 18, 19 y 22— es monótonamente creciente y siempre superior a la de 2025, igual que la serie de casos. Lo coherente con esa progresión es que a la semana 33 correspondan 41 en 2026 y veinticinco en 2025, no al revés. Esta reconstrucción es sólida por consistencia interna, pero conviene cotejarla con el informe final de la semana 33.



