La nueva Estrategia de Seguridad Nacional, hecha pública por la Casa Blanca en noviembre de 2025, que guiará la acción exterior y de seguridad de Estados Unidos durante el segundo mandato de Donald Trump, supone una ruptura explícita con el multilateralismo liberal de las últimas décadas y consagra una visión abiertamente nacionalista, basada en la primacía del poder militar, económico y tecnológico estadounidense.
El texto conecta de forma directa con decisiones recientes, como la intervención militar en Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro; y perfila un mapa de países y regiones definidos como objetivos prioritarios de presión o confrontación.
Una estrategia ideológica bajo el lema «America First»
Desde su introducción, firmada personalmente por Donald Trump, la Estrategia de Seguridad Nacional se presenta como una «corrección necesaria» frente a lo que el presidente define como décadas de extravío estratégico de las élites estadounidenses.
El documento rechaza de plano la idea de un liderazgo global basado en instituciones multilaterales, reglas compartidas o valores universales, y sitúa en el centro una concepción clásica del poder estatal: soberanía, fuerza y capacidad de disuasión.
Trump afirma que «en todo lo que hacemos, ponemos a Estados Unidos primero», una frase que vertebra las más de treinta páginas del texto y que se traduce en una redefinición restrictiva del interés nacional.
Según la Casa Blanca, la política exterior solo debe atender aquellos escenarios que afecten de forma directa a la seguridad, la economía o el modo de vida estadounidense.
El documento denuncia el «globalismo», los acuerdos comerciales multilaterales, la cesión de soberanía a organismos internacionales y lo que denomina «ideologías transnacionales» como factores que habrían debilitado a Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría.
En ese marco, la estrategia legitima el uso de aranceles, sanciones, presión diplomática y, llegado el caso, la fuerza militar como herramientas normales de política exterior.
Seguridad, fronteras y militarización como ejes centrales
Uno de los pilares de la nueva estrategia es la identificación de la seguridad interior con la política exterior. El control de fronteras, la lucha contra la migración irregular y la criminalización de los flujos migratorios aparecen como prioridades absolutas.
El texto sostiene que «la era de la migración masiva ha terminado» y vincula de manera directa la movilidad humana con el crimen organizado, el terrorismo y la desestabilización social.
En coherencia con esa visión, la Estrategia de Seguridad Nacional otorga un papel central a las Fuerzas Armadas y a los cuerpos de seguridad en tareas tradicionalmente civiles. Se plantea una ampliación de la presencia militar en el hemisferio occidental, con especial atención al control marítimo, la vigilancia de rutas comerciales y la lucha contra los cárteles de la droga, definidos como «organizaciones terroristas extranjeras».
La apuesta por el rearme es explícita. El documento defiende un incremento sostenido del gasto militar, la modernización del arsenal nuclear, el desarrollo de sistemas avanzados de defensa antimisiles —incluido un escudo para el territorio continental— y una revitalización del complejo industrial-militar estadounidense.
Economía, energía y tecnología como armas geopolíticas
La Estrategia de Seguridad Nacional redefine la economía como un campo central de confrontación. Trump y su equipo asumen sin ambigüedades que el comercio, las finanzas y la tecnología constituyen instrumentos de poder al mismo nivel que la diplomacia o la fuerza militar.
El texto aboga por una política de reindustrialización, con el retorno de cadenas de producción estratégicas a territorio estadounidense, el uso sistemático de aranceles y la ruptura de dependencias consideradas peligrosas. China aparece como el principal adversario económico y tecnológico, acusado de prácticas «depredadoras», robo de propiedad intelectual y uso geopolítico de las cadenas de suministro.
La energía ocupa un lugar destacado. La Casa Blanca defiende la «dominancia energética» de Estados Unidos mediante la expansión de la producción de petróleo, gas, carbón y energía nuclear, y rechaza de forma explícita las políticas climáticas internacionales y los compromisos de reducción de emisiones, a los que califica de «ideologías del cero neto» que perjudican a Occidente y benefician a sus adversarios.
En paralelo, la estrategia sitúa la inteligencia artificial, la biotecnología y la computación cuántica como campos clave de competencia global. El objetivo declarado es garantizar que los estándares tecnológicos del siglo veintiuno sean definidos por Estados Unidos y sus aliados, y no por potencias rivales.
El hemisferio occidental y el «corolario Trump» a la Doctrina Monroe
El apartado dedicado a América Latina y el Caribe resulta especialmente revelador. La Estrategia de Seguridad Nacional proclama sin matices la reactivación de la Doctrina Monroe, actualizada bajo lo que el propio documento denomina el «corolario Trump». La premisa es clara: ninguna potencia extrarregional debe tener presencia militar, control de infraestructuras estratégicas o influencia decisiva en el hemisferio occidental.
China y Rusia son señaladas de forma explícita como actores cuya presencia en América Latina debe ser «contenida y revertida». Para ello, Estados Unidos se reserva el derecho a utilizar presión económica, diplomática y militar, y condiciona cualquier tipo de cooperación o ayuda al alineamiento político de los gobiernos de la región.
El texto plantea una combinación de incentivos y coerción: acuerdos comerciales preferentes para países alineados, y sanciones, aislamiento o intervención para aquellos considerados hostiles. Esta lógica conecta con análisis ya publicados sobre el giro de Washington en la región, como los difundidos en Aquí Madrid y Periodistas en Español sobre el retorno de una política de bloques y zonas de influencia.
Venezuela como ejemplo operativo de la nueva estrategia
La Estrategia de Seguridad Nacional encuentra en Venezuela su traducción más inmediata y contundente. El documento dedica un apartado específico al hemisferio occidental que sirve de marco doctrinal para la intervención militar que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, un episodio ya analizado en profundidad Aquí Madrid.
Desde la lógica de la Casa Blanca, Venezuela encarna todos los elementos que justifican la acción directa: alianzas con potencias rivales, control de recursos energéticos estratégicos, influencia sobre flujos migratorios y resistencia a la hegemonía estadounidense.
La Estrategia de Seguridad Nacional no habla de «cambio de régimen» en términos explícitos, pero sí legitima acciones destinadas a «restaurar la estabilidad» y a impedir que gobiernos considerados hostiles consoliden su poder.
La conexión entre doctrina y práctica resulta evidente. La operación en Venezuela se inscribe en una estrategia que asume la intervención como herramienta legítima cuando están en juego los intereses definidos por Washington, incluso a costa del derecho internacional y de la soberanía de los Estados afectados.
Países señalados y escenarios de tensión futura
Más allá de Venezuela, el documento perfila una lista de países y regiones considerados focos de riesgo o potenciales objetivos de presión.
China ocupa el primer lugar, tanto en el plano económico como en el militar, con especial atención a Taiwán y al control del mar de China Meridional.
Rusia aparece como un actor a contener en Europa, aunque el texto combina la disuasión con la posibilidad de acuerdos bilaterales que reduzcan la implicación estadounidense directa, siempre que los aliados europeos asuman mayores cargas militares y financieras.
Irán es descrito como el principal factor de inestabilidad en Oriente Próximo, mientras que África se contempla desde una óptica instrumental, centrada en recursos naturales, minerales estratégicos y competencia con China.
En todos los casos, la estrategia comparte un rasgo común: la subordinación de cualquier principio normativo a la lógica del interés nacional estadounidense, definido de forma unilateral.
Un cambio de paradigma con consecuencias globales
La Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump no es un documento técnico más. Se trata de una declaración política e ideológica que redefine el papel de Estados Unidos en el mundo y normaliza una política de poder desnudo, sin los contrapesos discursivos del multilateralismo liberal.
Para Europa, América Latina y el resto del mundo, el texto anticipa un escenario de mayor confrontación, presión bilateral y debilitamiento de los marcos colectivos de gobernanza global. En el caso de Venezuela, la estrategia ya ha pasado del papel a los hechos, convirtiéndose en un precedente que preocupa a gobiernos, organizaciones sociales y defensores del derecho internacional.
Como han advertido diversos análisis, el retorno a una política de esferas de influencia y cambio de regímenes marca un retroceso histórico cuyas consecuencias aún están por desplegarse.
Metadescripción optimizada
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump redefine la política exterior de EEUU y conecta con la intervención en Venezuela y la Doctrina Monroe.




