Jorge Luis Borges, solía iniciar una conversación con sus alumnos preguntándoles su nombre y de allí surgía un relato borgiano. Como fui alumna de este gran maestro, lo recordé al preguntarme: ¿Por qué se llaman: «Islas Vírgenes»?

Los que allí viven, africanos llegados como esclavos que son hoy dueños de las tierras, ingleses, turistas, y algunos latinos y asiáticos, se ríen ante la pregunta o se encogen de hombros.

El gran navegante, (que me perdonen los que quieren cambiar la historia) el almirante Cristóbal Colon, atisbó las islas y las bautizó en 1493: «Santa Úrsula y las once mil Vírgenes», recordando la leyenda medieval de Santa Úrsula, quien se convirtió al Cristianismo pero que, al regresar a Alemania junto con once doncellas, fueron martirizadas y asesinadas por los barbaros por resistirse. En ese lugar se construyó una basílica dedicada a las vírgenes, que en realidad fueron once, pero por un error de escritura, quedó en el documento: «once mil vírgenes».

Imagino a Colón exclamando: ¡Santa Úrsula y las once mil vírgenes! mientras navegaba el Caribe, en el laberinto de las salvajes islas.

Las Islas Vírgenes se dividen entre las Islas Vírgenes Británicas y las Americanas, mucho más turísticas. Las británicas forman un conjunto de más de setenta islas y cayos, al este de Puerto Rico y al norte de la Islas Vírgenes de Estados Unidos.

Es Territorio Británico de Ultramar. Solo unas dieciséis islas están habitadas, las más grandes: Tórtola, Virgen Gorda, Anegada, Jost Van Dyke y otras.

Lo que mas me entusiasma es encontrarme con el espíritu de mi amado Robert Luis Stevenson y recorrer Norman, descrita en «La isla del tesoro». O que nos guíe el almirante Francis Drake, emisario de la Reina de Inglaterra, pero bucanero terrible para los españoles ya que perseguía sus galeones y los hundía.

Las islas estuvieron habitadas por pueblos amerindios, hasta que los indios Caribes se fueron afincando. Al llegar Colón, las islas fueron reclamadas por España, que ya había obtenido Puerto Rico y Culebra, pero los neerlandeses se instalaron en 1648 en la Tórtola, la isla más grande. En 1672, llegaron los ingleses que fueron tomando las islas y bajo su dominio se explotó la caña de azúcar, trayendo africanos para los trabajos.

Al decaer la industria azucarera en el siglo diecinueve, la economía local se fue diversificando y se formaron las Colonias de las Islas Vírgenes Británicas-BVI, dependiendo de Gran Bretaña, enfocándose en la agricultura de subsistencia, el turismo y los servicios financieros, los famosos paraísos fiscales. Se supone que hay, actualmente, alrededor de ochocientas mil empresas extranjeras registradas, lo que ubica a estas islas con la mayor renta per cápita del Caribe.

Es todo caro porque llega del continente y por el sistema económico interno. Han aceptado el dólar como forma de pago y los autos no tienen el volante a la inglesa, adaptaciones a la vida caribeña.

Las BVI (Británicas Vírgenes Islas) aunque son frecuentadas por turistas especialmente americanos y europeos, se rigen por el gobierno de Inglaterra. Mantienen la naturaleza salvaje, con una geografía accidentada, playas maravillosas de arenas suaves y jejenes picadores, montes verdes, atolones sorprendentes, parques con reservas de animales, barreras coralinas y murmullo incesante de olas.

Es el paraíso de la náutica deportiva, pequeños veleros y catamaranes. No hay casi puertos, pero hay bahías que esperan a los marinos, donde se puede anclar al garete bajo la luz de la luna.

Existen marinas para alquilar catamaranes, incluso con su capitán y servicios para aprovisionamiento y mantenimiento náutico. Para el mundo a vela es un lugar seguro y bien equipado.

Las islas no tienen índice de criminalidad. «Todos nos conocemos, vamos de una isla a la otras, es como una gran familia, nos ayudamos entre nosotros», me dice Calvin, el taxista que me lleva a la marina.

«Aquí el problema no es la seguridad, sino el agua, el suelo es roca volcánica, difícil para la agricultura y la construcción», y agrega, «el agua hay que recogerla en tiempos de lluvia y la gente que tiene casa en las laderas de las montañas, la reciben en cisternas».

La política turística parece preferir el turismo de alta gama, no hay grandes hoteles sino resort con cabañas y un turismo controlado durante todo el año, logra el objetivo con algunos cruceros y las regatas: Regata de primavera y Festival de la vela, se añaden los amantes de la náutica que llegan con sus barcos o los alquilan en el lugar. El turismo aporta el 45 por ciento de la renta nacional. El lema es: naturaleza, mar y tranquilidad.

En el camino veo algunas casas destruidas por los huracanes Irma y María que hicieron estragos de los cuales no se han recuperado.

La isla da prioridad a los oriundos, por ejemplo, casi no hay transporte público y los taxis solo pueden ser conducidos por los lugareños. Se dan visas de trabajo, pero no se naturaliza fácilmente a extranjeros.

«Vengo de Filipinas -me dice la joven que atiene la cafetería- hay una pequeña comunidad asiática y también latina, venimos por el trabajo. Es agradable la vida aquí».

Manolo es cubano y vive en Tórtola; «Fue muy dura mi vida, después de perder todo con el comunismo y estar preso en Cuba ocho años, aquí encontré paz y tranquilidad». Lo buscan los parroquianos para jugar al domino, mientras me indica donde está el supermercado.

Nanny Bay, es una marina de Tórtola, que provee lo necesario, duchas calientes, restaurante con piscina y una playa agradable.

«Quiere un Daiquiri o prefiere Piña colada»

Son los cocteles preferidos del Caribe, ofrecidos por lugareños de color que hablan con acento y cortesía inglesa. El Daiquiri era el coctel preferido de Hemingway, amante del Caribe, de navegar y pescar. Según su receta, se prepara con ron, jugo de lima, un toque de sirope, una hoja de menta o una guinda. Es reconfortante tomarlo, junto al mar, para festejar la llegada, viendo el atardecer.

Hay varios tour y opciones, nosotros decidimos conocer la divertida isla de Jost Van Dyke, con bellos resorts, con buenos SPA, bares y varios deportes acuáticos, entre ellos: Kitesurfing, E-Foling muy de moda en estas playas, wing-foling, sup boarding y siempre las canoas y la posibilidad de hacer scuba diving, o submarinismo. Otros prefieren nadar o hacer senderismo. La isla es la preferida de los jóvenes por su ambiente festivo y deportivo.

Decidimos hacer el itinerario de las islas por el Canal de Francis Drake: Peter nos ofrece calma y una playa casi privada. Navegando, pasamos por las Siete Islas: Cooper, Salt, Ginger y otras menores hasta llegar a Isla Virgen Gorda, la tercera isla más grande después de Tórtola y Anegada, su pueblo principal se llama «Spanish town».

Colón la bautizó Virgen Gorda por su forma, tiene una inusual configuración geológica llamada Los Baños, muy visitada, porque muestra vestigios volcánicos, raras cuevas y voluminosas rocas. En el centro de la isla hay un parque nacional que preserva la fauna y flora local: iguanas, flamencos, tortugas y pájaros variados.

El capitán da ordenes: viento a favor con vela mayor y spinnaker, enfilamos a la joya de las BIV: Anegada.

Anegada es la isla más apartada del archipiélago, está rodeada por Horseshoe Reef, la cadena de arrecifes, famosa por la pesca de langosta.

Para conocer la isla es conveniente alquilar un todoterreno o un auto. Y allá vamos, al atravesarla descubrimos el área protegida de los esteros donde conviven flamencos, pájaros y la famosa iguana regional.

Pasamos por Anegada Beach Club que ofrece tour para snorkel, y renta de equipos submarinos, porque los arrecifes son especiales para observación de la fauna marina.

En la playa Big Bamboo nos acoge doña Diana, quien me cuenta: «Mi marido murió del corazón, pero yo sigo su tarea, este es un lugar especial, nos conocemos entre los lugareños y nos ayudamos. Mi restaurante ofrece comida sana, fresca y la famosa langosta. Trabajo todo el año. Tratamos de que todo el mundo disfrute».

La gastronomía de la isla se basa en la langosta y sus diferentes versiones, pero también hay comida típica como el fungi, una especie de hongo, con harina de maíz hervida y cocida, se come acompañado de pescado y en familia, al son de la música de bongo, tambor de origen africano que acompaña las reuniones.

El restaurante tiene en su pared fotos familiares y cuadros de artistas locales. Los manglares nos rodean con sombra y las hamacas invitan a la siesta tropical después del almuerzo.

Sin duda, disfrutamos la playa, una de las más largas de la región, de aguas cristalinas y arenas casi blancas, el mar nos invita a bañarnos, sintiendo el murmullo de la rompiente, en los arrecifes.

Seguimos nuestro recorrido hacia otra playa, más solitaria con canteros de caracoles. Allí, don Louis me cuenta que él mismo se zambullía a encontrar los caracoles y que la colección que tiene le llevó años conseguirla. Con estas conchas marinas ha decorado los senderos de su restaurante y el lugar de descanso.

El tiempo nos acompaña para acercarnos a la Tortola e ir al día siguiente a la Misa de Navidad, en Road Town, la capital de la Isla. El puerto recibe trasatlánticos y está cerca del desembarcadero que conduce al mercado popular, a los edificios oficiales y a la pequeña iglesia católica.

Aunque la mayoría de la población es protestante, esta iglesia recibe a los parroquianos y a los turistas como nosotros, que deseamos festejar la Navidad, con un coro de voces de gente de color, guitarras y el famoso tambor africano. La alegría colma la iglesia en un luminoso día caribeño, celebrando el nacimiento del niño Jesús.

Road Town conserva casas de maderas coloreadas y de piedra, antiguos vestigios históricos, una plazoleta con estatuas sobre lideres locales, la calle central, boutiques y el mercado popular, además de los edificios gubernamentales.

Su población de apenas 23.908 habitantes según informan las guías turísticas, vive dispersa sobre la montaña. Me recomiendan visitar el Parque Nacional Montana Sage, y las bahías del otro lado de la Isla. Por su ubicación y siendo una isla montañosa y volcánica situada cerca de una falla, suele tener pequeños temblores. Colón la bautizó Tórtola por la gran cantidad de estas aves. Según la leyenda popular, cuando una tórtola visita a alguien es para dar aliento a la persona o para recordar que nuestros seres queridos siempre nos cuidan. Este pájaro, según la Biblia, simboliza la paz, el amor, la esperanza y la fidelidad, un puente entre el mundo físico y el espiritual.

La tórtola, nos protegió de lluvias y nos dejó gozar de la navegación, del paisaje y de las playas de este archipiélago donde la vida parece rodar como las ondas del extenso mar, bajo la luz diamantina del sol tropical.

Estas islas tal vez guardaran tesoros que los piratas supieron esconder… Para nosotros, el mayor tesoro, es la vida, la vida y la posibilidad de vivir la magia de este lugar único en nuestro planeta, donde la naturaleza se ofrece en montañas verdes, playas doradas y el mar insólito del Caribe.

¡Las Islas Virgenes son un tesoro!

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