En las últimas semanas una palabra ha comenzado a repetirse en redes sociales, aulas y conversaciones familiares: Therians. Muchos adultos la escuchan por primera vez y reaccionan con desconcierto.
El término therian se utiliza para describir a personas que sienten una profunda conexión o identificación con un animal no humano. No se trata simplemente de que les gusten los animales.
Algunos adolescentes afirman «sentirse» lobo, gato o zorro en un plano identitario. Pero ¿estamos ante una moda pasajera o ante una nueva forma de identidad que terminará siendo comprendida y aceptada?
La reacción social suele oscilar entre la burla y la alarma.Y aquí conviene hacer una pausa histórica. No hace tantas décadas la homosexualidad era considerada una enfermedad mental. Estuvo incluída en manuales diagnósticos hasta 1990, que fue excluida de la clasificación internacional de enfermedades gracias a la OMS.
Aquello que hoy entendemos como diversidad, en otro tiempo fue etiquetado como patología y resultaba igual de preocupante. Por eso la pregunta es incómoda, pero necesaria ¿Estamos ante algo que dentro de treinta años miraremos con naturalidad? ¿O ante un fenómeno cultural propio de la generación digital que se diluirá con el tiempo?
Ahora bien, muchos educadores y psicólogos interpretan el fenómeno desde otro ángulo. La adolescencia es una etapa de construcción de identidad. Erik Erikson, describía este periodo como la crisis o difusión de identidad frente a la confusión de roles.
El adolescente necesita probar, explorar, diferenciarse. A veces lo hace a través de estética, grupos urbanos o etiquetas.
En este contexto, algunos profesionales consideran que identificarse como therian puede ser una forma simbólica de expresar malestar, desconexión o sensación de no encajar.
Las redes sociales amplifican este proceso reforzando la idea de que si el mundo no te entiende es porque no perteneces a él, lo que implica literalmente no ser humano, sino de «otro mundo».
Aquí aparece una línea muy delicada, la frontera entre el juego simbólico y el riesgo psicológico. Jugar a ser animal, llevar una cola en casa o adoptar comportamientos lúdicos forma parte de la imaginación.
El problema surge cuando la identidad se rigidiza y se convierte en evitación, dejando de afrontar conflictos reales y refugiándose en una identidad alternativa.
Hablamos de un mecanismo de evitación ante el sufrimiento. Si ser humano implica sentirse incomprendido, inseguro o rechazado, convertirse o ser un animal puede ofrecer una narrativa más soportable.
Quizá, frente a la complejidad social humana, la fantasía animal simplifica. El animal representa instinto, libertad y pertenencia a una manada. No hay expectativas académicas, juicio social ni presión por definir quién eres.
Si detrás de la etiqueta hay una crisis de identidad, lo urgente no es discutir la cola o la máscara, sino escuchar el miedo que puede haber debajo.
Puede que en unos años recordemos este fenómeno como una etapa cultural o puede que quizá evolucione hacia nuevas formas de entender la identidad. Sin embargo, lo que sí es seguro es que la adolescencia siempre será vulnerable y moldeable por el contexto.




