Teresa Cauqui es psicóloga en el centro San Juan de Dios de Ciempozuelos, donde trabaja con varios residentes, todos ellos con alguna discapacidad intelectual, y de un día para otro su rutina y la de los usuarios cambió por la COVID-19.

Antes de que se declarase el estado de alarma en España y de que los telenoticias y la prensa estuviesen inundados por noticias relacionadas con la pandemia, en el centro hospitalario San Juan de Dios cientos de trabajadores atendían a cerca de mil residentes, día tras día, mientras sus familias los visitaban y pasaban un rato con ellos.

Aunque el centro tiene muchas especialidades como geriatría, salud mental, discapacidad intelectual, entre otros, estos se dividen en unidades y a su vez en módulos, con los que se consiguen grupos de alrededor de dieciséis residentes con capacidades similares.

Centro San Juan de Dios en Ciempozuelos

Jornadas educacionales

Estos grupos disfrutaban de talleres educacionales, en los que participaba Teresa, esta joven andaluza que integra el grupo de sanitarios encargados de tres de los talleres.

Teresa trabaja con los usuarios en las jornadas de Derechos, en las que les enseña qué derechos y deberes tienen como ciudadanos. Además, trabaja el taller de habilidades sociales y el de psicosexsualidad y afectividad, porque «es un tema con mucho tabú, pero ellos también tienen necesidades, al fin y al cabo, son personas como nosotros».

La entrada se cerró a los familiares

Pero hubo un cambio de marcha en el centro el 6 de marzo de 2020, esa misma mañana la dirección decidió cerrar y prohibió las visitas de los familiares y amigos.

Teresa afirma que esa decisión llevaba en el aire unos días, pero que el centro al final hizo lo correcto. Después, los sanitarios informaron a los familiares de la nueva orden, y según Teresa la mayoría de ellos lo entendieron porque «tomar esa decisión no era algo descabellado».

En cuanto a los residentes, asegura que muchos «se lo tomaron con sorpresa» y «tuvimos que hacerles entender que el hecho de que sus familiares y amigos no pudiesen venir o que ellos no podían salir no era un castigo, y que todo el mundo estaba en la misma situación».

Cuesta entender algo invisible

Así pues, algo tan común como comprender qué es un virus, cómo funciona y los riesgos que conlleva estar expuestos, precisó de una explicación particular, de hecho, Teresa apunta que «un virus es algo invisible y cuesta más de entender para ellos, pero lo conseguimos con cuentos y pictogramas».

El día a día de los residentes también ha cambiado, incluidos los talleres, pues ahora, algunos de ellos se centran en dar a conocer las pautas de higiene y resolver las dudas que les puedan surgir.

Teresa asegura que «tienen el mismo miedo que el resto del mundo, sobre todo por saber qué va a pasar después», pero garantiza que «para todo ser humano es difícil vivir con incertidumbre».

A pesar de ello, la adaptación de estos residentes ha sorprendido a gran parte de la plantilla, e incluso Teresa destaca que «llevan mejor el confinamiento que nosotros», así pues, puede que la clave de este ejemplo de superación sea que «esto es algo compartido y por eso lo lleven mejor de lo esperado».

Algo mágico

Que los familiares no puedan visitar a los residentes no significa que no hablen con ellos. Después de que una teleoperadora donase decenas de dispositivos portátiles al centro hospitalario, usuarios y familiares han podido verse en pleno confinamiento.

Teresa en una videollamada con los familiares de un residente

Teresa asegura que era la primera vez que se hacían videollamadas con los residentes, y afirma que «muchos nunca antes habían visto una tableta, y cuando empezamos a hacer las videollamadas lo miraban como si fuese algo extraño o mágico, y esto se reflejaba en su cara de asombro y de felicidad».

Detrás de estos dispositivos móviles, están los familiares, quienes según Teresa, están pasando estos momentos con «mayor angustia» que los propios residentes pero las videollamadas resultan algo «tranquilizadoras» para ellos.

Pese a que el contexto es bastante extraño, esta psicóloga cree que entre los trabajadores hay «una fuerte sensación de familia y de unión», y aunque siempre han contado con EPI, gracias a la gestión de la dirección, «hay días mejores y otros peores» como en cualquier otro trabajo.

Teresa remarca que de esta experiencia lo que se lleva es «el proceso de aprendizaje que cada uno de nosotros saca del trato con los residentes y nos da más ganas de vivir».

Intento aprender siempre de lo que leo, veo y escucho. Prestar atención a los problemas de las personas y contarlo de la mejor forma posible es mi objetivo como profesional. Mi otra pasión es el cine.

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