El anuncio hecho la semana pasada por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sobre el control y la posible prohibición del acceso a redes sociales antes de los dieciséis años, pone palabras a una preocupación que lleva tiempo instalada en muchas familias y entornos educativos.

No se trata de una ocurrencia aislada, sino de una respuesta política a un problemática real, creciente y todavía infravalorada. La exposición temprana a redes sociales no es un asunto menor, pues afecta a la construcción de la identidad, a la autoestima, a la regulación emocional y a la manera en la que los adolescentes se relacionan.

En ese sentido, la iniciativa parece no solo oportuna, sino necesaria, ante un problema cuya magnitud aún no alcanzamos a ver.

A menudo subestimamos el impacto que tienen las redes sociales en cerebros que todavía están en pleno desarrollo. La infancia y la adolescencia temprana son etapas especialmente sensibles a la validación externa, comparación constante y a la búsqueda de pertenencia.

Diversos organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, o asociaciones de pediatría y psicología evolutiva, llevan tiempo alertando sobre el aumento de ansiedad, problemas de sueño y malestar emocional asociados al uso intensivo de plataformas digitales como, Instagram o Tik Tok, entre otras.

Desde este punto de vista, regular el acceso no es censurar, sino reconocer que no todo entorno es adecuado para todas las edades.

La implicación real de las familias

Ahora bien, por acertada que sea la iniciativa, hay un elemento imprescindible sin el cual difícilmente tendrá recorrido, que las familias se impliquen realmente.

Ninguna ley puede sustituir el papel cotidiano de madres y padres, los controles técnicos existen, pero limitados si no van acompañados de conversaciones, coherencia y presencia adulta. Pensar que la prohibición por sí sola resolverá el problema es delegar en exceso una responsabilidad que es compartida.

El cerebro infantil no aprende desde la prohibición

Aunque esté de acuerdo con la medida, hay un matiz fundamental que no podemos pasar por alto. El cerebro de un niño/a no funciona bien desde la lógica de la prohibición pura.

Las prohibiciones rígidas suelen vivirse como un reto, un pulso o un enfrentamiento. Lejos de proteger, pueden aumentar el deseo, la curiosidad o la desobediencia, especialmente en etapas donde la identidad se constituye precisamente poniendo límites a prueba.

Por eso, más que vetar sin explicación, el verdadero cambio aparece cuando hablamos de acompañamiento, educación digital y construcción con criterio. Enseñar a poner límites internos y a entender por qué algo no es adecuado todavía resulta mucho más efectivo a largo plazo.

La propuesta anunciada reconoce que las redes sociales no son neutras y que la infancia necesita protección; sin embargo, también nos recuerda que ninguna medida funcionará sin un cambio cultural y familiar profundo.

Si de verdad queremos cuidar a los niños y niñas y adolescentes, el foco debe estar en acompañar, educar y responsabilizarnos como adultos del mundo que les estamos ofreciendo.

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