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La revolución juvenil de los billares

Jovenes-en-salas-de-billar @123RF

José María Patiño[1]

En aquel local grande lleno de mesas de billar y máquinas de «pinball», el sonido de las carambolas y del golpeteo de las bolas contras las setas que hacían subir el marcador y, con suerte y habilidad, desencadenaban los «clacs» de las partidas extra, solo se veía interrumpido por los acordes de un «rif» de guitarra.

Salía de una máquina de discos estratégicamente situada a la entrada y en torno a la que nos agrupábamos los chavales de catorce, quince y dieciséis años a los que la paga semanal no nos daba para unas partidas pero si para, entre unos cuantos, escuchar con éxtasis las canciones que nos hacían sentir que estábamos vivos: «La Grange» de ZZ Top, «Killer Queen» de Queen, «Break The Rules» de Status Quo o «The Ripper» de Judas Priest.

Los billares eran unos lugares de iniciación a la vida en aquellos barrios fronterizos que se iban agrandando a golpe de viviendas sociales y mano de obra emigrada de los pueblos de media España. Vestíamos pantalones campana, camisas ajustadas de cuello grande y chupas vaqueras. Cinturones con las monedas de dos reales remachadas a lo largo de la tablilla por si acaso había pelea y, los más agresivos, escondían unos «luchacos» en las botas de media caña. Fumábamos cigarrillos sin filtro y, aunque algunos añadían algo de grifa al tabaco, ninguno imaginaba que el caballo nos iba a patear las entrañas unos pocos años más tarde.

Eran los estertores del franquismo y a pesar de ello seguíamos manteniendo en la cabeza las consignas que desde pequeños nos habían inculcado nuestras madres -«no se te ocurra decir que tu abuelo era comunista»- o las que habíamos ido absorbiendo en la televisión, la radio y el cine que supervisaba el régimen. Las canciones en inglés nos hablaban de lugares, seres, situaciones y anhelos que nos eran ajenos y que imaginábamos en colores frente al blanco y negro predominante en nuestra existencia de adolescentes en un barrio obrero. «Ojalá estuvieras aquí», nos susurraban los Pink Floyd en los guateques de persianas a media asta y calenturas en la entrepierna que nos llevaban al cielo por la escalera de los Zeppelin.

En aquellos billares de sabor amargo a humo y cerveza, en la «jukebox» de la entrada, empezaron a sonar temas rockeros con letras en español que describían lo que pasaba en aquellos territorios de aluvión situados en las zonas fronterizas de la ciudad en expansión hacia los descampados poblados de bolsas de plástico y residuos en los que los especuladores inmobiliarios veían su futuro.

Algo estaba cambiando en nuestras vidas, en la vida del país entero a ritmo de guitarras afiladas, bajos contundentes y baterías que te golpeaban en la boca del estómago. Comenzamos a ser conscientes de que en «este Madrid» solo teníamos «libertad para mirar escaparates» o acudir a «el rastro» donde nos podían considerar «social peligrosidad». Esas letras nos decían «escapa», «ya está bien», «a tu marcha»… Estábamos «aprendiendo a escuchar» y a comprender que, muerto el dictador, podíamos elegir cómo queríamos que fuera aquella España que bullía casi cuarenta años después de la contienda fratricida.

En la radio, en aquellas emisoras que paradójicamente aún formaban parte de la «Cadena del Movimiento»: Radio Centro, Radio Juventud… los «pinchadiscos», con voces envueltas en rever, nos descubrían nuevos sonidos que venían de Londres, de Los Ángeles, de Nueva York… pero también de Carabanchel, de San Blas y de Vallecas.

Madrid seguía siendo el centro de aquella «grande y libre» pero los pucheros del cambio se cocían por todas partes: en Sevilla con Smash, Bloque y después Triana; en Barcelona con la Compañía Eléctrica Darma; en Burgos, con aquel festival imposible en su plaza de toros que se bautizó como «el festival de la cochambre» y en cada uno de los pueblos en los que se abrían discotecas al estilo M&M y sonaban el «Locomotiv breath» de Jethro Tull, el «Smoke on The Walter» de Deep Purple o alguno de los muchos temas legendarios de los Rolling.

Los jóvenes empujaban la transición con sus golpes de cabeza y sus «air guitar» en las pistas de baile y en el 78, de repente, tenían una Constitución que la mayoría no podía votar porque aún regía la mayoría de edad a los veintiún años. Si querían salir del país deberían tener el consentimiento paterno. En especial, las chicas que sólo podían ir a Londres a hurtadillas -y si su familia tenía dinero- para abortar como única respuesta a la recuperada libertad sexual. Franco había muerto ya, pero su legado aún permanecía anclado en el inmovilismo del que habían hecho su forma de vida.

Y en esto, un grupo de rock con una década de canciones arrastradas por locales, salas de baile y garitos de medio pelo nos preguntaba desde las radios comerciales: «¿qué hace una chica como tu en un sitio como este?» En aquel momento, aquellos chavales de los billares sentimos que la máquina de discos se había amplificado a través de las ondas; que, de alguna manera, las ansias de libertad habían roto los muros de aquellos locales de mesas de billar y máquinas del millón.

Podíamos acudir en masa a los primeros conciertos a la luz del día patrocinados por los primeros ayuntamientos democráticos. Ahí estábamos, en Móstoles, escuchando a otro chaval de barrio con la cara pintada proclamando que era «el rey del pollo frito» y teloneando a otros que invocaban al Capitán Trueno para que de una vez por todas «gane el bueno».

Porque el malo seguía acechando como comprobamos aquella misma noche cuando la Guardia Civil paró el autobús abarrotado por los que no habíamos pagado el billete. La mayoría se deshizo como pudo de las «chinas» o de las octavillas de la CNT que se habían repartido a la salida. Los agentes aligeraron el pasaje, hicieron la vista gorda y la camioneta siguió su camino en medio de la euforia de los que sentíamos que «la revolución de los billares» había triunfado.

Luego, ya vendrían otras «movidas». En especial, aquella que surgió en barrios más acomodados y entre jóvenes más preocupados por las libertades individuales que colectivas, que apostaron por una postura más estética que ética y que supieron conectar con unas corrientes creativas como el punk y la New Wave que nos equiparaban a esa modernidad que recorrían una Europa a la que aspirábamos.

Aquellos billares se llenaron de máquinas de marcianitos y acabaron por desaparecer pero el rock sigue latiendo en aquellos barrios fronterizos donde la lucha por la libertad era una cuestión de supervivencia.

  1. José María Patiño es periodista, excorresponsal de la Cadena Ser en Bruselas y París.

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