Durante años, la frase de «me aburro» encendía tanto la imaginación adulta como la imaginación infantil. Hoy, en cambio, suele resolverse con un gesto rápido, una pantalla, videos cortos o aplicaciones que entretienen de inmediato.
El aburrimiento dura poco, casi no tiene espacio. Sin embargo, esa ausencia silenciosa esconde una pérdida mayor, la oportunidad de crear, imaginar y pensar sin estímulos externos.
Vivimos en una sociedad que premia la rapidez, la productividad y la ocupación constante. También la infancia y la adolescencia han sido arrastradas a este ritmo acelerado. Las agendas se llenan de actividades o clases particulares, los tiempos muertos se consideran improductivos y el silencio incomoda.
El aburrimiento, lejos de entenderse como un estado natural, se percibe como un fallo que hay que corregir. Este modelo no solo afecta al descanso, sino también a la forma en la que se construye el pensamiento. Cuando todo está dirigido y animado desde fuera, queda poco margen para la iniciativa personal.
Aburrirse no es perder el tiempo
Contrario a lo que solemos pensar, el aburrimiento no es sinónimo de vacío. Es un espacio mental en el que no ocurre nada externo, pero sí mucho en el interior. En esos momentos surgen preguntas, ideas inesperadas, juegos inventados; y lo más importante, soluciones propias.
Sin estímulos inmediatos, el cerebro busca caminos alternativos. Desde la educación sabemos que la creatividad no aparece cuando todo está dado, sino cuando hay margen para explorar. El aburrimiento ofrece ese margen.
Cuando el entretenimiento llega siempre desde fuera, la mente se acostumbra a recibir en lugar de producir.
Creatividad y autonomía van de la mano
Crear implica decidir, equivocarse, probar y volver a empezar. El aburrimiento es el punto de partida de ese proceso. Un niño/a o un joven que aprende a gestionar esos momentos desarrolla autonomía, capacidad de iniciativa y confianza en sus propias ideas.
En el aula y en casa, ofrecer espacios no dirigidos es una forma de educar. No todo aprendizaje necesita instrucciones constantes. A veces, basta con tiempo y libertad de no saber qué hacer al principio. Ésto implica revisar rutinas, reducir la sobreestimulación y permitir momentos de calma.
Tolerar el «no hacer nada» también es un acto educativo. Resistir a la tentación de llenar cada minuto enseña que el bienestar no siempre depende de estar ocupados.
Recuperar el aburrimiento no es retroceder, sino avanzar a una educación más humana. La creatividad necesita tiempo. Y el aburrimiento, bien entendido, sigue siendo uno de sus mejores aliados.




