Introducción: La esquizofrenia nacional
España amanecía esta mañana de mediados de febrero con una sensación de irrealidad compartida, ahora validada por los datos oficiales. Mientras las brigadas de limpieza continúan retirando lodo en las zonas cero y el Consorcio de Compensación de Seguros tramita una avalancha histórica de expedientes, los informes meteorológicos confirman lo que la intuición ya sospechaba: el país ha roto sus costuras pluviométricas.
Según el pormenorizado análisis de precipitaciones del periodista Jaime Gutiérrez para DatosRTVE (En España ha llovido más de lo normal, publicado el 13 de febrero), basado en la red climática de AEMET, en dos tercios de España ya ha llovido el doble o más de lo normal desde que comenzó el año. No estamos ante un invierno húmedo estándar; estamos ante una anomalía estadística de primer orden. La sucesión de quince borrascas y danas desde el pasado octubre —nueve de ellas solo en lo que va de 2026— ha generado un escenario de esquizofrenia nacional.
Somos, simultáneamente, un país herido en su infraestructura física y una potencia energética rebosante de recursos. Este informe disecciona el balance entre la destrucción visible (pueblos evacuados, carreteras hundidas, trenes parados) y la riqueza invisible (reservas hídricas récord). La conclusión es incómoda: España ha canjeado temporalmente su estabilidad geológica por su supervivencia energética.
1. La batería nacional: 16.184 GWh de riqueza líquida
Para comprender la magnitud del evento, debemos abandonar la métrica tradicional y medir el agua en su unidad económica del siglo veintiuno: el Gigavatio-hora (GWh).
A fecha de hoy, el sistema eléctrico español monitoriza una Reserva de Energía Hidroeléctrica que roza los 16.184 GWh. Esta cifra, que supera el 140 por ciento de la media de la última década, no es casualidad. Es el resultado directo de récords históricos de precipitación en las cabeceras de las cuencas hidroeléctricas clave, tal y como detallan los datos recopilados por Gutiérrez en RTVE:
Galicia y el Noroeste: En Pontevedra capital se han recogido 660 litros por metro cuadrado (l/m²), un récord imbatido desde 1988. En Beariz (Ourense), la estación roza los 1.000 l/m², cifras propias de finales de mayo alcanzadas a mitad de febrero.
El Centro y Oeste: En el Valle del Ambroz (Cáceres), se han superado los 570 l/m², lo que suele llover hasta agosto. En Candeleda (Ávila), han caído 570 l/m², equivalente a la lluvia de enero a octubre en un año normal.
La mecánica del «dumping» hidráulico
Esta abundancia altera las reglas del mercado eléctrico. Los embalses están tan llenos que el agua ha pasado de ser un activo a ser un problema de seguridad. Las presas deben aliviar carga urgentemente ante el deshielo.
Oferta por liquidación: Las compañías generadoras ofertarán energía a precios cercanos a cero para asegurarse el vaciado técnico.
Desplazamiento del gas: Esta entrada masiva de energía hidráulica expulsa a los ciclos combinados de gas del mix.
El impacto en el bolsillo: Primavera de precios cero
La consecuencia directa para la economía doméstica e industrial es inmediata. Se avecina una primavera con precios de la electricidad históricamente bajos. Sumando la obligación de turbinar agua, los vientos de marzo y la radiación solar de abril, veremos semanas con precios irrisorios o negativos.
Sin embargo, aquí entra la paradoja fiscal: este desplome activará, casi con total seguridad, la cláusula automática que devuelve el IVA de la luz al 21 por ciento al bajar el precio del MWh de los 45 euros. Aún así, el ahorro neto será masivo.
Si España se desconectara hoy del mundo, esta reserva podría mantener la actividad del país durante 23 a 25 días. Es un colchón de seguridad soberana que vale miles de millones de euros, pagados con el diluvio que ha asolado el oeste peninsular.
2. El cáncer estructural: La fatiga por persistencia
Si la energía es la cara amable, la ingeniería civil es la cruz. El dato crítico que aporta la investigación de RTVE no es solo la cantidad récord, sino la persistencia.
En zonas como As Pontes (A Coruña), no ha dejado de llover ni un solo día desde el 1 de enero. En A Estrada (Pontevedra), se han registrado 38 días seguidos de lluvia, y en municipios de Burgos y Córdoba, los vecinos han soportado un mes completo de precipitaciones ininterrumpidas. Esta lluvia constante, sin pausas para el drenaje, provoca una «fatiga de materiales» letal en nuestras infraestructuras:
Carreteras: El enemigo bajo el asfalto
El suelo nunca se seca. Esto maximiza el Efecto de Bombeo (Pumping). Con el firme saturado al 100 por ciento durante 40 días, el paso de vehículos pesados expulsa el agua a presión desde la base, erosionando el soporte de la carretera. Lo que vemos como baches son, en realidad, síntomas de una base licuada.
Geotecnia: La saturación crónica
Más de quinientas estaciones de AEMET han registrado al menos una semana seguida de lluvias. Esto significa que los taludes y laderas mantienen una presión de poros crítica constante. El agua actúa como lubricante en las fallas geológicas del terreno, provocando deslizamientos que no ocurren durante la tormenta, sino días después, por puro agotamiento del material. Estamos pasando de un modelo de inversión nueva (CAPEX) a uno de mantenimiento de guerra (OPEX).
3. Estudio de caso A: Grazalema, la zona cero del colapso
El paradigma de esta crisis no está en las grandes ciudades, sino en la Sierra de Cádiz. Grazalema se ha convertido en el símbolo mundial de la «violencia pluviométrica» de 2026.
El dato bíblico
Los registros oficiales son difíciles de procesar: en Grazalema han caído más de 2700 litros por metro cuadrado en lo que va de año. Para entender la magnitud: en solo veintidós días, ha llovido más que en todo un año normal. Es una cantidad de agua que desafía cualquier infraestructura de drenaje diseñada por el ser humano.
El colapso geológico y la evacuación
Aquí es donde la «molestia» se convierte en tragedia estructural. Tal y como revela el informe publicado por Jaime Gutiérrez, el peor escenario se ha cumplido: el acuífero sobre el que se asienta el pueblo dejó de soportar más agua hace una semana. La presión hidrostática ha sido tal que el suelo ha cedido, obligando a la evacuación de todos sus habitantes por riesgo de derrumbe.
Ya no hablamos de cortes de luz o carreteras con baches. Hablamos de un pueblo entero, famoso por ser el «grifo» que llena los embalses de Cádiz y garantiza el turismo, que ha tenido que ser desalojado porque la montaña se ha disuelto bajo sus pies. Es la definición última de «Zona de Sacrificio»: Grazalema ha capturado el agua que salva la economía de Andalucía occidental, pero a cambio ha perdido su estabilidad física y su población ha tenido que huir.
El contexto regional
No es un caso aislado en el sur. En Ceuta, con 750 l/m², también se ha superado la lluvia de un año entero. En puntos de Málaga como la estación de Alpandeire, rozan los 980 l/m². El sur de España ha recibido en 43 días el agua de doce a dieciocho meses, un estrés sísmico para el territorio.
4. Estudio de caso B: Cataluña y la paradoja del «Norte seco»
El análisis de los datos revela una España invertida. Mientras el sur y el oeste se ahogan, el Cantábrico oriental (Cantabria, Asturias, País Vasco) está teniendo un inicio de año más seco de lo habitual.
Sin embargo, Cataluña —que venía de una sequía atroz— ha entrado de lleno en el régimen de superávit.
El Dato: En cuatro de cada cinco municipios de Barcelona ha llovido el doble de lo normal.
El Impacto en Rodalies: A diferencia de la roca caliza de Grazalema que se disuelve, el problema en Cataluña es la arcilla y la arena.
Línea R1 (Maresme): La combinación de temporales marítimos y rieras desbordadas por este «doble de lluvia» socava las vías costeras.
Líneas de Interior: Los suelos arcillosos, tras años de sequía, se han hidratado de golpe, provocando la inestabilidad de trincheras en las líneas R3 y R4.
El balance en Cataluña es agridulce: se ha salvado el sistema Ter-Llobregat y evitado el colapso industrial por falta de agua, pero a costa de infartar la movilidad diaria de millones de personas en una red de cercanías que no soporta este régimen tropical de lluvias.
5. Conclusión: El nuevo contrato con la naturaleza
Al cerrar este análisis de febrero de 2026, la imagen que emerge es la de un país en transición forzosa. Los temporales nos han dejado una lección clara: el agua ya no es solo un recurso a capturar; es una fuerza de desgaste a gestionar.
Económicamente, el saldo de la tormenta es positivo para el Estado:
El Haber: Ahorro masivo en factura energética (independencia garantizada por casi 16.000 GWh), seguridad de riego para la agricultura de exportación (nuestro «petróleo verde»), recarga de acuíferos y cancelación total del riesgo de restricciones en verano.
El Debe: Un deterioro acelerado del capital fijo (carreteras, vías, puentes) y un coste social local inasumible —ejemplificado en el desalojo de Grazalema y el récord de inundaciones en 38 estaciones de AEMET— que obligará a reescribir los Presupuestos Generales del Estado.
El saldo final (El veredicto): Desde una perspectiva fríamente macroeconómica y de supervivencia estratégica, el balance es rotundamente POSITIVO. Es un triunfo contable nacional construido, eso sí, sobre el lodo y el sufrimiento local. La matemática del Estado es brutal: podemos emitir deuda pública para comprar asfalto, estabilizar taludes o rediseñar vías de tren, pero no podemos fabricar lluvia. El coste de perder la soberanía alimentaria y energética por una sequía crónica es un «agujero negro» económico infinitamente mayor que la factura de Fomento para reparar infraestructuras. En definitiva, España sale ganando, porque siempre será preferible ser un país con las carreteras destrozadas y los pantanos llenos, que un país con autopistas perfectas por las que solo circulan camiones cisterna hacia pueblos sedientos.
España ha salido de esta crisis más rica en recursos naturales, pero más vieja en sus infraestructuras. Hemos llenado la despensa, pero se nos han agrietado las estanterías. El reto de los próximos años no será construir más presas ni más autovías, sino adaptar lo que ya tenemos para que soporte la violencia de un clima que ha dejado de ser «mediterráneo suave» para convertirse en algo mucho más hostil y energético.
La próxima vez que vea una factura de la luz inusualmente baja esta primavera, recuerde que ese descuento lo estamos pagando, en parte, con el asfalto de nuestras carreteras, la paciencia de nuestros viajeros de tren y la oscuridad de un acuífero reventado en la sierra de Cádiz.




