Uno de los documentos más valiosos de la exposición dedicada a Ignacio Aldecoa es el manuscrito de una novela que el escritor envió a la censura para obtener los correspondientes permisos para su publicación y de la que nunca más se supo, porque ni el autor ni los editores de Planeta, que iba a publicarla, pasaron a recogerla.
Se titula «El gran mercado» y fue el profesor Alex Alonso Nogueira quien la descubrió (junto a otra también inédita titulada «Ciudad de tarde») durante un trabajo de investigación en la Sección de Censura del Archivo General de la Administración.
En esta exposición se han reunido, además, materiales que ilustran la vida de Ignacio Aldecoa desde sus antecedentes familiares y sus etapas de formación en Salamanca y Madrid, hasta su consolidación como escritor en los años 1950 y 1960.
Hay fotografías e imágenes de las diferentes etapas de su vida, primeras ediciones de sus libros y números de las revistas en los que publicó sus cuentos, así como manuscritos de algunos de ellos.
La exposición dedicada a Carmen Martín-Gaite muestra también fotografías, manuscritos de sus novelas, cuadernos, cartas, traducciones de sus obras, libros de su biblioteca y objetos personales. Aquí hay ejemplares de la «Revista Española» en la que colaboró junto a Sánchez Ferlosio y el grupo de escritores con los que se relacionó a partir de los años cincuenta del pasado siglo.
Es un recorrido por su vida, desde su infancia y su juventud salmantinas, su paso por la Universidad de Salamanca hasta su asentamiento en Madrid. Se trata de una amplia mirada a la heterogeneidad de sus escritos (ensayo, novela, cuento, poesía) que combinan investigación histórica con creatividad literaria.
Literatura de interiores
En los ambientes literarios del Madrid de la transición se veía con frecuencia a una mujer madura, tocada su cabeza con una boina que dejaba al descubierto parte de una cabellera muy blanca que ella decía lavar con jabón Lagarto. También la veía escribir en la biblioteca del Ateneo, siempre con pluma estilográfica («soy muy sensual con la escritura» ) y a veces se enclaustraba en una habitación del Ritz buscando tranquilidad.
Se llamaba Carmen Martín Gaite, murió el año 2000 y fue una de las mejores escritoras españolas del siglo veinte. El 8 de diciembre 205 se cumplieron cien años de su nacimiento.
La primera novela que leí de Carmen Martin Gaite fue «El cuarto de atrás». Lo hice atraído por una reseña de Pedro Altares publicada en El País (16-7-1978) cuyo recorte conservo entre las páginas de aquel ejemplar, en la que se decía: «Hay en esta novela una profunda meditación sobre el sentido de la literatura, entremezclado con el bagage irrenunciable y disperso de los recuerdos». Es lo que yo buscaba entonces en las novelas.
Martín Gaite reconocía en este principio el sentido de su obra: «Un enigma a desentrañar es dónde está la frontera entre lo que llamamos vida y lo que llamamos literatura», dijo en una entrevista, y por eso concedía mucha importancia al recuerdo como motor de argumentos literarios, por lo que en su obra se puede rastrear también parte de su biografía: «El cuento de nunca acabar», un texto sobre las narraciones orales, es en realidad una extraordinaria autobiografía intelectual en cuya escritura invirtió nueve años de su vida.
En otras, como «Fragmentos de interior», radiografía un momento de la vida de una familia en crisis, que bien pudiera ser la suya. Ese aspecto también se reconoce en cuentos como «El otoño de Poughkeepsie», una experiencia de su estancia en un campus universitario norteamericano, donde vuelca de alguna manera el fracaso de su matrimonio y el dolor por la muerte de su hija Marta a causa del sida en 1985. También definía sus novelas como «literatura de interiores», porque «es como ver desde dentro lo que pasa fuera».
Para cuando yo leí «El cuarto de atrás» (que fue Premio Nacional de Narrativa aquel año) Martín Gaite ya había ganado el premio Café Gijón en 1954 con «El balneario», la más inquietante y enigmática de sus narraciones, una obra maestra que pese al tiempo transcurrido mantiene toda la fuerza y el misterio de su mejor literatura.
Después, en 1957 ganó el premio Nadal con «Entre visillos», donde documenta la vida rutinaria y convencional en una ciudad de provincias y apunta los materiales con los que iba a construir su literatura: la atmósfera opresiva y asfixiante de la postguerra española y la lucha por la libertad de la mujer, centrada en esta novela en el problema de la soltería para las jóvenes de la posguerra.
Además, había publicado tres ensayos de Historia, un libro de relatos y decenas de artículos en la prensa. Los ensayos los había dedicado a los «Usos amorosos del siglo XVIII en España» (su tesis doctoral), donde analizaba «el cortejo», una moda importada que consistía en que las señoras casadas, sujetas hasta entonces a un estricto código de honor matrimonial, podían tener un amigo cuya función era la de asistir a su tocador, acompañarlas al teatro y a la iglesia, traerles regalos y conversar con ellas.
Otro de sus ensayos fue sobre Melchor Rafael de Macanaz (1670-1760), ministro de Felipe V, a quien enfrentarse a la Inquisición le costó 45 años de persecuciones, padecimientos y destierros. Martín Gaite se la dedicó in memoriam a su suegro Rafael Sánchez Mazas «que tantas cosas sabía de conflictos entre la Iglesia y el Estado». Con «Usos amorosos en la posguerra española», ganó el premio Anagrama en 1987.
Carmen Martín Gaite nació en Salamanca, hija de un notario liberal que tenía una gran biblioteca. Señorita de provincias, universitaria en una época en que pocas mujeres lo eran, estudió Filología Románica en la Universidad de Salamanca y llegó a Madrid para doctorarse en Filosofía y Letras con la intención de convertirse en profesora de instituto.
Le cambió la vida conocer a Ignacio Aldecoa, que le inoculó el virus de la literatura y la introdujo en el grupo de la generación del medio siglo, en el que estaban también Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre, Juan García Hortelano y Sánchez Ferlosio (con quien se casó en 1953 y se separó en 1970), que escribían artículos en la Revista Española del republicano Antonio Rodríguez Moñino, donde también publicaban Luis Martín-Santos y Juan Benet.
Gracias a aquel encuentro se dedicó a escribir, «un oficio ni necesario ni obligatorio que con frecuencia escandaliza porque divierte y estimula». De origen gallego por la familia de su madre, reconoce deber gran parte de su inspiración literaria a los paisajes de su infancia y adolescencia ourensanas en la aldea de San Lorenzo de Piñor, de donde dice haber tomado «todas mis alusiones a paisajes abruptos y montuosos».
De Galicia, además, reconoce la influencia del matriarcado, el culto a los muertos y las cantigas. En sus primeros artículos en la revista universitaria Trabajos y días firmaba como ‘Carmiña’.
A partir de «Entre visillos» Carmen Martín Gaite iba a recorrer un largo camino hasta un posmodernismo literario en el que incorporó los recursos de la ficción a la propia ficción, en la línea experimental vigente en la literatura fin de siglo.
Para hacer este camino, después de publicar en 1962 «Ritmo lento» tardó doce años en escribir su siguiente novela, «Retahilas», que con «Fragmentos de interior» (1976) y «El cuarto de atrás» (1978) conforma una trilogía intelectual y emocional con la que indaga en los problemas de la soledad y la incomunicación.
Otro largo silencio habita los años que van desde «El cuarto de atrás» hasta «Caperucita en Manhattan» (1990), sólo interrumpido por dos relatos cortos, «El castillo de las tres murallas» (1981) y «El pastel del diablo» (1985).
Tras su muerte en 2000 se publicaron sus agendas, dietarios, cuadernos de notas y otros escritos en «Cuadernos de todo» (2002), «Pido la palabra» (2000) y «Tirando del hilo» (2006). También se recuperó su novela «Libro de la fiebre» (2007) y su inacabada «Los parentescos» (2001).
En 1988 compartió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras con el poeta Ángel Valente.




Homenaje a Ignacio Aldecoa
Se les llamó la Generación del medio siglo, por coincidir las primeras obras de todos ellos alrededor de la década de los cincuenta del veinte. Casi todos comenzaron a escribir en publicaciones como «Índice» y «Revista española», independientes, y también en «La Hora», «Juventud» o «Acento cultural», vinculadas al SEU.
Esta característica hizo que se especializasen en narraciones cortas, aunque más tarde publicasen también grandes novelas. Fueron Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan García Hortelano, Alfonso Sastre y también Ignacio Aldecoa, de quien Biblioteca Castro ha publicado todas sus novelas en un solo volumen, precedidas de una extensa e ilustrativa introducción de Hipólito Esteban Soler.
Todos ellos compartían los mismos presupuestos ideológicos y participaban de las mismas preocupaciones temáticas y formales y pretendían convertir la literatura en un revulsivo político que informase de las realidades que los medios de comunicación ocultaban a los españoles tras la guerra civil.
La crítica lo llamó realismo social. Todos bebían de las fuentes del neorrealismo italiano y del nouveau roman francés, coincidían en las mismas tertulias (La Granja, El Gijón) y mantenían estrechas relaciones de amistad y camaradería.
Aldecoa se casó con Josefina Rodríguez (quien publicó sus obras como Josefina Aldecoa), identificada también con la generación.



Las novelas de un escritor ejemplar
En 1954 Ignacio Aldecoa publicó su primera novela, «El fulgor y la sangre», en la que están presentes los presupuestos de la narrativa anterior de sus cuentos, encarnados en las esposas de cinco guardias civiles que, ante la noticia del asesinato de uno de ellos en un tiroteo con un delincuente huido, esperan dramáticamente que se les comunique la identidad del fallecido.
Todas se muestran incómodas con la vida en una casa cuartel fría y desangelada, sueñan con salir del aislamiento y desean para sus hijos una vida mejor que la suya. Cada una cuenta también su historia personal de decepciones y fracasos. La atmósfera de la posguerra aletea sobre todos los personajes de la novela en los siete fragmentos temporales en que se divide.
«Con el viento solano», publicada dos años más tarde, puede considerarse como una continuación de la anterior, ahora adoptando el punto de vista del asesino, el gitano Sebastián Vázquez, de quien el autor reconstruye sus miedos y sus miserias en la dura vida que le tocó vivir, así como su comportamiento al margen de la sociedad considerada normal.
En 1957 Aldecoa publicó «Gran Sol», la gran novela dedicada a los trabajadores de la pesca de altura, Premio de la Crítica de ese año, donde los pescadores que arriesgan su vida en los caladeros del Gran Sol anhelan el regreso a sus casas y la reunión con sus familias. Son los tripulantes de dos pesqueros en las circunstancias de su trabajo diario y también de su tiempo de ocio, en el que consumen novelas rosa y se dejan seducir por recuerdos felices de su pasado.
El drama de la muerte en alta mar interrumpe la monotonía e introduce en sus vidas el pálpito de la tragedia. Aldecoa sabe de lo que habla, pues para documentar esta novela y vivir las dificultades de los marineros se embarcó una marea en un pesquero cántabro.
En «Parte de una historia», su última novela, que tardó diez años en publicar desde la anterior, el misterio rodea al protagonista, un escritor que tiene que refugiarse en las islas Canarias (el lugar ha sido identificado como La Graciosa, un islote próximo a Lanzarote) sin que se lleguen a saber realmente los motivos de su confinamiento.
En el décimo aniversario de la muerte de Aldecoa, su coetáneo de generación Jesús Fernández Santos escribió (El País, 30-octubre-1979): «Ignacio está en todos sus personajes, en el desvalimiento histórico y existencial de la gente de España, pero más que en ninguna parte, en su última historia, que nos habla de sus crisis como escritor y hombre».
En sus novelas Ignacio Aldecoa persiguió desenmascarar la falsa imagen que el régimen franquista trasladaba a la sociedad a la que maltrataba y reprimía, tratando de mostrar la verdadera cara del país y de sus indefensos habitantes, manteniendo una actitud de escritor irreductible e insobornable.
En estas narraciones profundiza en la soledad y la incomunicación de sus personajes, sujetos frágiles y desvalidos, pobres, débiles y vulnerables, de los que se sirve para denunciar la desigualdad social y las injusticias del sistema. Son, también, personas con defectos y contradicciones, con vicios y actitudes condenables.
Un narrador excepcional
Como muchos escritores (recordemos al Cela de «Pisando la dudosa luz del día» o al Baroja de «Canciones del suburbio»), Ignacio Aldecoa comenzó escribiendo poemas («Todavía la vida», «Libro de las algas»), con una fuerte influencia del postismo de Carlos Edmundo de Ory.
Aunque la abandonó muy pronto, su poesía, como dijo Caballero Bonald, quedó filtrada en su prosa narrativa. Se dedicó a escribir relatos cortos que publicaba en diversas revistas, en los que mostraba su inconformismo con la vida política, social y cultural del país a través de temas como la muerte, la soledad y la incomunicación. Los reunió en 1955 en los volúmenes «Vísperas del silencio» y «Espera de tercera clase», y más tarde, en 1961, en «Caballo de pica» y «Arqueología», donde además rememora la España de su infancia y adolescencia.
En las prosas poéticas de «Neutral corner» (1962), ilustradas con fotografías de Ramón Masats, recoge sus narraciones centradas en el mundo del boxeo. Continuó en los sesenta con «Pájaros y espantapájaros» y «Los pájaros de Baden-Baden», donde los protagonistas pertenecen a la clase media acomodada, a la que Aldecoa reprocha su adhesión a los convencionalismos de la sociedad burguesa.
En 1973 Alianza publicó sus «Cuentos completos». No estaría de más recuperarlos también a estas alturas. Escribió relatos de viajes para la revista «Clavileño», reunidos en «Cuadernos de godo» y «El país vasco».
Ignacio Aldecoa, quien nació en Vitoria el 24 de julio de 1925, hace cien años, y estudió Filosofía y Letras en Salamanca y Madrid, murió en 1969, a los 44 años, en un momento de excepcional madurez creadora.
La relectura de su obra nos recuerda a un narrador que escribió sobre la vida que le tocó en una de las Españas más difíciles y que denunció las desigualdades y las injusticias con un comportamiento ejemplarmente ético y estético, al hacerlo con un estilo literario acorde con el realismo que describía en sus relatos.
- TÍTULO
Ignacio Aldecoa. El oficio de escribir
Carmen Martín Gaite. Un paradigma de mujer de letras - LUGAR. Biblioteca Nacional. Madrid
- FECHAS. Hasta el 14 de Junio de 2026




