Genealogía de la desigualdad y resistencias feministas: Un análisis estructural, cultural y económico

2. Génesis histórica y cultural del patriarcado

De la humanidad errante a la sociedad agrícola: La creación material del patriarcado

Para desentrañar el origen de la subyugación femenina contemporánea, es imprescindible retroceder en la historia y contrastar el desarrollo de la «humanidad errante» con la aparición de la civilización sedentaria.

La investigación histórica y antropológica feminista, con aportes fundamentales como los de la historiadora Gerda Lerner en su obra La creación del patriarcado, demuestra que la subordinación de la mujer y su confinamiento al ámbito doméstico no responden a un determinismo biológico natural, sino a un constructo cultural estrictamente histórico e institucional.

Durante el extenso periodo de la humanidad errante —las sociedades de cazadores y recolectores del Paleolítico— la organización comunitaria se desenvolvía en marcos considerablemente más igualitarios. Hombres y mujeres experimentaban el mundo y participaban del sustento vital de manera interdependiente; las mujeres no estaban relegadas a los márgenes, sino que ocupaban el centro absoluto de la formación de la sociedad. Su contribución material en la recolección y en el cuidado se valoraba en estricta igualdad de condiciones, siendo indispensable para la supervivencia colectiva del grupo.

Sin embargo, el punto de inflexión se sitúa en la transición hacia la humanidad agrícola, urbana e industrial a partir de la Revolución Neolítica. El sedentarismo, la agricultura intensiva y la consolidación de los primeros Estados primitivos trajeron consigo una imperiosa necesidad de mano de obra constante para trabajar la tierra y expandir militarmente los territorios.

En este paradigma emergente, la sexualidad y la capacidad reproductiva de las mujeres fueron abruptamente cosificadas, controladas y tratadas como un recurso estratégico vital para «producir» futuros trabajadores y garantizar herederos legítimos de la recién instaurada propiedad privada.

De acuerdo con Lerner, esta apropiación y comercialización de la función reproductiva femenina (la «esclavitud de las mujeres») precedió históricamente a la opresión general de clases en la sociedad. De hecho, las incipientes diferencias de clase y las jerarquías sociales se estructuraron en sus orígenes sobre las bases de las relaciones patriarcales.

A medida que avanzó la sociedad urbana e industrial, esta fractura fundacional cristalizó el rígido marco de género moderno: el espacio de la «producción» (trabajo asalariado, política y mercado) se asignó casi en exclusiva a los hombres, mientras que la «reproducción» (cuidados, crianza y labores domésticas invisibilizadas) se impuso como el destino ineludible de las mujeres.

El mito del héroe y la dicotomía de «la espada y la flecha» frente a «peinar y coser»

Las profundas asimetrías originadas en la revolución agrícola requirieron de un poderoso constructo cultural que las justificara psicológicamente. Es en este contexto de exclusión donde emergen las estructuras narrativas fundacionales de la civilización occidental, de las cuales el arquetipo del «Viaje del Héroe» (o monomito) es la expresión simbólica más acabada.

Desde la teoría del inconsciente colectivo-formulada por Carl Jung y la morfología del héroe, se evidencia que la idealización del heroísmo requiere la contraparte inamovible de una mujer pasiva, sumisa y perpetuamente anclada al ámbito doméstico.

El esquema universal del monomito relata la aventura de un individuo que abandona el mundo ordinario, enfrenta pruebas mortales y cruza el «umbral de retorno» portando un nuevo conocimiento. En la cartografía de este modelo, la dicotomía simbólica se establece mediante marcados roles de género: «La espada y la flecha» representan invariablemente el ámbito público, el conflicto bélico, la racionalidad y la conquista de la historia exterior por parte del hombre; frente a los atributos de «peinar y coser» (el huso, la aguja y la rueca), que simbolizan la reclusión doméstica, la pasividad y la sumisión femenina.

El caso literario paradigmático de este arquetipo es el mito de Odiseo (Ulises) y Penélope en La Odisea. Penélope encarna de forma absoluta el ideal patriarcal de la fidelidad virtuosa y la pureza doméstica. Mientras el hombre se expone al peligro y ejerce su voluntad transformadora empuñando la espada sobre el mundo, la existencia de la mujer queda reducida al mantenimiento estático del hogar, tejiendo de día y destejiendo de noche para salvaguardar astutamente el patrimonio del marido ausente.

Esta figura mitológica es utilizada para ilustrar al «sujeto que no migra» como el acompañamiento necesario del «sujeto aventurero», un modelo moral que premia a la mujer que aguarda dócilmente y castiga con severidad la autonomía o infidelidad.

La narrativa clásica establece una dicotomía estricta: por una parte, la «mujer angelical», virtuosa y confinada al espacio interior desde la antigüedad ; y por otra, la «mujer demoníaca» (como las Sirenas o hechiceras como Circe), configuradas narrativamente como la trampa que el héroe civilizador debe derrotar.

Este modelo sigue impregnando la literatura, la cinematografía (películas de acción, cómics) y los medios de comunicación contemporáneos, donde el guerrero o ejecutivo exitoso asume roles activos y racionales, mientras su contraparte femenina existe de forma vicaria esperando ser rescatada.

Por consiguiente, los arquetipos de «peinar y coser» no emanan de una vocación pacífica y natural, sino que han servido históricamente como dispositivos culturales para convencer a la mujer de que su mayor aporte heroico es la renuncia a su propio viaje vital, justificando así el sistema socioeconómico gestado tras la revolución agrícola.

La transferencia del patriarcado religioso a la cultura laica contemporánea

La pervivencia de la subordinación y la relegación de las mujeres a un segundo plano en el pleno siglo veintiuno no puede comprenderse en su totalidad sin rastrear la metástasis del patriarcado religioso en las normativas, costumbres y legislaciones de las sociedades que hoy se autodenominan democracias laicas.

La religión institucionalizada, a lo largo de milenios de hegemonía, ha proporcionado la matriz ideológica, el lenguaje simbólico y el aparataje ontológico necesario para justificar teológicamente la superioridad masculina y la reducción de la mujer a un estatus de servidumbre doméstica y obediencia moral.

El núcleo fundacional de este contagio cultural reside en la premisa dogmática y biologicista de que el cuerpo femenino no pertenece de manera autónoma a la mujer, sino que es un mero instrumento depositario de la voluntad divina y, por delegación terrenal y conyugal, del varón.

La concepción de la mujer como «vasija» o vehículo reproductivo sin agencia —plasmada históricamente en mandatos eclesiásticos coercitivos como «Ten todos los hijos que Dios te mande»— sentó las bases antropológicas para la expropiación milenaria de la autonomía corporal femenina.

Aunque las democracias occidentales modernas han avanzado formalmente hacia constituciones laicas y separación de la Iglesia y el Estado, los ecos de este patriarcado religioso están profundamente enquistados en el imaginario colectivo y en el propio diseño institucional, operando a menudo desde la invisibilidad de la costumbre.

Esta transferencia transversal de los valores teocráticos al espacio secular se manifiesta de forma palpable en diversos frentes estructurales de la sociedad del siglo veintiuno:

Ámbito sociopolíticoManifestación de la herencia religiosa en la cultura secular del siglo veintiuno
Derechos sexuales, reproductivos y abortoLa constante amenaza, judicialización y criminalización del derecho al aborto revela la profunda injerencia de las jerarquías religiosas católicas y conservadoras en los Códigos Penales de Estados laicos. Sectores eclesiásticos paralizan reformas de salud pública apelando a argumentarios morales de salvación de almas, imponiendo el dogma de que desde la concepción el embrión tiene plena autonomía, reduciendo el cuerpo de la ciudadana a un instrumento desechable y anulando su derecho a decidir.
La doble moral sexual y el juicio socialLa herencia de los severos dogmas religiosos de virginidad, pureza y castidad femenina sobrevive intacta en la cultura secular a través de la sanción social y el slut-shaming. La sexualidad libre y prolífica en el hombre es premiada y codificada socialmente como un rasgo de virilidad y mérito; sin embargo, en la mujer es rigurosamente castigada, señalándola como defectuosa, impura o moralmente desviada, justificando incluso la violencia correctiva contra ella.
La sublimación del rol de cuidadoraLa idealización teológica de la mujer como pilar silencioso, sufriente y sacrificado de la familia (inspirado en el modelo mariano) ha sido secularizada. Esta «cárcel de cristal» espiritual se traduce en la expectativa social laica de que la mujer, por inercia «natural», debe asumir los cuidados de dependientes e hijos, censurando y castigando con sentimiento de culpa a aquellas que priorizan su ambición profesional, política o personal sobre el bienestar de terceros.
Segregación educativa y universitariaLa interiorización cultural del mito de que las mujeres poseen una naturaleza intrínsecamente pasiva, empática, asistencial y orientada al cuidado (herencia directa de su supuesta función biológico-divina) sigue canalizando la elección de carreras universitarias en Estados laicos. Datos de instituciones como la UNAM demuestran la persistencia de una altísima presencia femenina en Trabajo Social, Enfermería y Pedagogía, contrastando con una infrarrepresentación severa en Ingeniería Mecánica o ciencias duras, replicando la división entre el mundo terrenal/técnico (masculino) y el mundo del cuidado del prójimo (femenino).

La autoridad moral que ostentaron las instituciones religiosas, especialmente en contextos latinoamericanos y en naciones del sur de Europa (como Chile o España) durante y después de largos periodos dictatoriales en el siglo veinte, permitió que sus posturas ultraconservadoras sobre la moralidad sexual y la estructura familiar se transformaran en consensos políticos intocables durante las posteriores transiciones democráticas.

En consecuencia, el patriarcado laico del siglo veintiuno opera con el «software» ético del dogma religioso: la estigmatización moral implacable de las mujeres que no cumplen con los rígidos roles de obediencia, reproducción y sacrificio familiar.

Se requiere, según voces de teología feminista, recuperar espacios de espiritualidad genuina que no mutilen a la mujer relegándola al espacio privado, sino que la reconozcan como sujeto de pleno derecho en el diseño de su experiencia vital.

El legado de la caza de brujas: Acumulación originaria y la represión histórica de la subjetividad femenina

Si el arquetipo narrativo grecolatino y el dogma religioso medieval sentaron las bases simbólicas, culturales y teológicas para la pasividad femenina, fue el uso monopolizado y planificado de la violencia institucional durante los siglos de la transición al capitalismo lo que erradicó material y físicamente la resistencia organizativa de las mujeres.

El análisis riguroso del feminismo materialista y colonial contemporáneo, encumbrado a nivel mundial por la teórica italiana Silvia Federici en su obra capital Calibán y la Bruja, revela que la caza de brujas en la Europa de los siglos dieciséis y diecisiete no fue, en absoluto, una mera explosión irracional de superstición campesina o un delirio religioso producto de la ignorancia de la baja Edad Media. Lejos de ello, constituyó un proyecto político calculadamente orquestado por las élites dominantes para posibilitar el nacimiento y afianzamiento del incipiente sistema capitalista.

Federici demuestra que la persecución sistemática y la quema masiva de cientos de miles de mujeres operó de manera estructuralmente análoga a la «acumulación originaria» descrita por Karl Marx, o a los célebres procesos de cercamientos (enclosures) que expropiaron las tierras comunales al campesinado para forzarlo a vender su fuerza de trabajo.

En este caso de violencia específica de género, el Estado emergente, en profunda complicidad y alianza con las jerarquías eclesiásticas católicas y protestantes, ejecutó lo que debe entenderse como la «expropiación y cercamiento del cuerpo femenino».

Antes del advenimiento del capitalismo y la modernidad, en el seno de la sociedad feudal y de las comunidades campesinas en declive, un número significativo de mujeres de clase baja ejercían liderazgos locales fundamentales, poseían amplios saberes empíricos transmitidos Inter generacionalmente sobre botánica, medicina, prácticas de contracepción, asistencia al parto, control de la natalidad y aborto, y disfrutaban de un grado considerable de autonomía social y vinculación comunitaria.

Este poder social de las mujeres y su control sobre la demografía representaba un obstáculo formidable, inaceptable y antagónico para la incipiente burguesía capitalista, cuya prioridad económica máxima era revertir el colapso poblacional de la época y garantizar una explosión demográfica disciplinada para proveer al capital de una mano de obra abundante, dócil y precaria.

La caza de brujas, documentada profusamente, constituyó por tanto un rito fundacional de terror de masas destinado a destruir implacablemente el poder social de la mujer autónoma, desvalorizarla como sujeto de conocimiento y mecanizar su cuerpo en beneficio exclusivo del Estado.

De acuerdo con el análisis estructural de Federici, este auténtico genocidio de género perseguía varios objetivos interconectados que reverberan con fuerza hasta nuestros días:

  1. Aniquilación del autocontrol reproductivo y mecanización: Al demonizar, torturar y ejecutar a las curanderas, sabias y parteras, el Estado se apropió por la fuerza del control del proceso de la natalidad. El cuerpo femenino fue «liberado» violentamente de cualquier obstáculo o saber tradicional que impidiera su reducción a una máquina biológica, destinada exclusivamente a la producción y reproducción incesante de la nueva mano de obra exigida por el capitalismo.
  2. Destrucción del poder social femenino: El terror público e hiper-espectacularizado de las quemas en las plazas instauró una profunda «enajenación psíquica y moral popular» que domesticó brutalmente el espíritu femenino. Las mujeres asimilaron rápidamente, a costa de su vida, que la asertividad pública, la independencia económica, el conocimiento esotérico o científico, la rebeldía o la simple excentricidad eran crímenes que se castigaban con la tortura atroz y la muerte en la hoguera.
  3. Imposición del Diablo como amo masculino hegemónico: Paradójicamente, las actas inquisitoriales de la época, elaboradas por los demonólogos, describen sistemáticamente la supuesta relación íntima y el pacto de la bruja con el Diablo bajo el estricto modelo secular de dominación amo-esclavo y marido-mujer. El Diablo, concebido como un maestro masculino individual al que la mujer se entregaba en cuerpo y alma, instauraba simbólicamente la idea de que ninguna mujer, ni siquiera en el reino de la herejía, escapaba a la hegemonía de la autoridad masculina. El pacto diabólico operaba como un perverso preámbulo teológico al itinerario de sumisión matrimonial moderno.

El legado devastador de este trauma histórico intergeneracional trasciende los siglos de la modernidad y ha cristalizado en el inconsciente cultural contemporáneo. La cacería de brujas sobrevive simbólicamente en la actualidad como el rito originario y aleccionador mediante el cual se «veló» y reprimió sistemáticamente la personalidad y la fuerza espiritual de la mujer, mutilando su ambición natural e instruyéndola en las artes de la autocensura.

Para no ser percibidas como amenazas existenciales, elementos desobedientes, competidoras desleales o «malas mujeres» —los epítetos modernos, morales o laborales, que sustituyen asépticamente a la antigua acusación letal de brujería— las ciudadanas asimilan desde la infancia el mandato patriarcal de la sumisión, la docilidad, el silencio y la modestia.

Hoy en día, el sistema capitalista sostiene de manera institucionalizada la misma «doble opresión» forjada en sangre durante los siglos dieciséis y diecisiete: por un lado, se perpetúa el dominio directo del hombre sobre la mujer en la intimidad de la esfera familiar; y por otro, el sometimiento macroeconómico del cuerpo femenino a las impersonales dinámicas de acumulación del capital y de precarización sistémica de la vida.

Desentrañar la memoria histórica y económica de la caza de brujas, como propone el movimiento feminista, no es meramente un ejercicio académico de revisionismo del pasado. Constituye una acción heurística imprescindible para comprender que la degradación contemporánea de la mujer, su precarización y su subordinación no obedecen a un mandato divino, ni a un determinismo biológico natural.

Son, de manera incontrovertible, el resultado exitoso de un proceso de disciplinamiento violento, diseñado y ejecutado específicamente para neutralizar a la población femenina y transformarla de un sujeto de plenos derechos en un instrumento dócil, asegurando así que jamás volviera a representar un obstáculo político o económico a los intereses de la civilización patriarcal capitalista.

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