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El fantasma de Mussolini

Varios libros sobre Mussolini advierten sobre las consecuencias del fascismo en Europa

Mussolini, la providencia de un régimen

El asesinato del líder socialista Giacomo Matteotti por dirigentes del Partido Fascista, entre ellos su secretario Roberto Farinacci, levantó agrias protestas de la oposición y estuvo a punto de hacer fracasar el régimen de Mussolini en Italia. Personalmente afectó a la salud del Duce, a quien provocó serias complicaciones que desembocaron en una úlcera duodenal que casi acabó con su vida.

Con el grave estado de salud de Mussolini comienza «M. El hombre de la Providencia», la segunda parte de la gran biografía novelada del Duce escrita por Antonio Scurati que viene publicando Alfaguara. El volumen abarca los años que van de 1925 a 1931, en los que el fascismo se implantó con fuerza en Italia y liquidó el sistema democrático con el que se gobernaba el país.

Mussolini reaccionó a la crisis política derivada del asesinato de Matteoti con la imposición forzada del totalitarismo fascista desde el Gobierno al que había llegado vulnerando las leyes y haciendo uso de la violencia de las escuadras fascistas: «Ya sabéis lo que pienso sobre la violencia –dijo a sus congresistas el 22 de junio de 1925- Para mí es profundamente moral, más moral que el compromiso y la transacción». 

Ausente del Congreso la oposición democrática en protesta por el asesinato de Matteotti, agrupada en el Aventino (nombre que tomó de la colina Aventina donde, según la historia romana, los plebeyos se retiraban en periodos de conflicto con los patricios), el fascismo se impuso con celeridad desde los primeros momentos.

En un solo día el Congreso aprobó 2376 decretos del Duce. En 48 horas el ministro del Interior cerró 95 círculos políticos, disolvió cientos de grupos y organizaciones de la oposición, controló 611 redes telefónicas, registró  655 domicilios y cerró 4433 lugares públicos.

Simultáneamente se secuestraban los periódicos de la oposición, se prohibía la masonería, se disolvía el Partido Socialista y todas las organizaciones contrarias al fascismo y se retiraba el pasaporte a los disidentes: «En menos de cuatro horas la Cámara de Diputados ha demolido todo lo que quedaba del Estado liberal, ha defenestrado a 124 diputados electos y destruido una conquista civil que le había dado una primacía a Italia en el mundo», escribe Scurati.

Mientras tanto, 250 intelectuales y artistas firmaban un manifiesto de apoyo al fascismo promovido por Giovanni Gentile.

Poco a poco pero sin tregua, se fue fortaleciendo el poder ejecutivo, reduciendo las prerrogativas institucionales de la Corona, prohibiendo las huelgas, creando los sindicatos del Estado fascista. Nacía un sistema totalitario en el que el cuerpo electoral sólo seria llamado para ratificar las decisiones del Gran Consejo del Fascismo.

En el verano de 1928 el consejo de Ministros suprimió todos los órganos electivos de las administraciones públicas («La nación fascista es la nación que no vota, sino que cree, obedece, lucha y, si es necesario, muere», dijo Mussolini). En 1929 el Duce asumió también la titularidad directa de ocho de los ministerios de su Gobierno. En el ámbito simbólico, se impuso la obligación del saludo fascista a los empleados públicos. 

Los fastos del Cuarto Congreso del Partido Fascista recuerdan a los posteriores del nacionalsocialismo de la Alemania de Hitler, un político fascinado por la obra y la figura del Duce desde muchos años antes de su llegada al poder.

Una de las novedades de este volumen es el tratamiento de la guerra que Italia libraba en África. A lo largo de todo el libro, Antonio Scurati aborda la guerra colonial de Italia en Tripolitania y Cirenaica, los territorios en Libia, con un realismo sobrecogedor cuando narra el sufrimiento de los habitantes de aquellos poblados aplastados por la furia del ejército fascista, las deportaciones de poblaciones enteras y las ejecuciones en masa de los guerreros de las tribus rebeldes, fusilados y ahorcados sin contemplación. La victoria del ejército colonial llegaría utilizando bombas de gas mostaza y creando campos de concentración donde los prisioneros eran torturados y vivían en condiciones infrahumanas.

En el ámbito personal, Mussolini colecciona nuevas amantes: Alice de Fonseca, Magda Brard, Angela Lucciati Curti… una tras otra humilladas y abandonadas. Exhibe su figura a la prensa del régimen: torso desnudo fotografiado cuando participa en los trabajos de la siega. Se cuentan con detalle los varios atentados sufridos por Mussolini (algunos inventados por el régimen), de los que salió milagrosamente ileso; la boda fastuosa de su hija Edda con Galeazzo Ciano, conde de Cortellazzo, la firma del Concordato con el Vaticano, convertido al fin en uno de los pilares del régimen (fue el Papa Pio XI quien proclamó que Mussolini era un hombre de la providencia de Dios)…

Resulta patético el retrato que Scurati hace de la caída en desgracia de quienes un día fueron los mejores apoyos de Mussolini, que incluso ocuparon altos cargos con lealtad y sumisión, sobre todo el caso de Augusto Turati, secretario del Partido, doblegado hasta la humillación por inventadas desviaciones sexuales promovidas desde el propio entorno del Duce. Incluso la amante de Mussolini, Margherita Sarfatti, autora de una ditirámbica biografía del Duce, es repudiada finalmente por éste y apartada de los grandes fastos de la cultura y el arte del fascismo, que tanto había contribuido a enaltecer y divulgar.

Más que de un personaje histórico, la biografía escrita por Scurati es el retrato de un régimen totalitario impuesto por la fuerza de la violencia y la manipulación de la política y de los medios, ejemplo para otros regímenes que le sucedieron en el tiempo y el espacio: «No olvides cuando se haga de noche –le dice Mussolini a Quinto Navarra, su ayuda de cámara- de encender la lámpara en mi escritorio y dejarla encendida toda la noche. A la gente no le importa en realidad lo que decido por ellos, les basta con saber que existo». En España también hubo una vez una lucecita en El Pardo.

Mussolini en guerra

Los años en los que Mussolini estuvo en el poder, entre 1924 y 1945, estuvieron marcados por una sucesión de guerras promovidas por las ambiciones colonialistas del fascismo italiano, que guardaba la quimérica intención de restaurar el antiguo imperio romano. El Norte de África, los Balcanes, el Mediterráneo, Turquía, Egipto, Eritrea…  fueron, sucesiva o simultáneamente, los territorios en los que el régimen enterró miles de millones de liras y sacrificó cientos de miles de vidas en aventuras bélicas que fueron desgastando al país y a sus dirigentes.

Gooch Mussolini Esfera libros cubierta

Un libro de John Gooch, «La guerra de Mussolini» (La Esfera de los Libros) estudia minuciosamente los episodios de todas las guerras del fundador del Fascismo.

El norte de África y España

El hecho de que las potencias internacionales no reconocieran suficientemente el sacrificio de sus 650.000 muertos en la Gran Guerra provocó en el pueblo italiano una decepción que estuvo en el origen de los desórdenes y los episodios de violencia registrados en los primeros años de la posguerra.

En una situación de caos y crisis económica, Mussolini tomó las riendas del Ministerio de la Guerra para reconquistar los territorios del Norte de África arrebatados por los turcos durante la contienda y recuperar todos aquellos otros perdidos desde 1896. Estos episodios bélicos se sumaron a las guerras que Italia libraba en Abisinia y Eritrea, utilizadas por el fascismo para despertar los sentimientos de nacionalismo y patriotismo apagados desde 1918. Contaban con el apoyo de la Iglesia, que veía la oportunidad de abrir las puertas de África a la fe católica y a la civilización romana, sin advertir que el nuevo imperio sería una pesada carga para el pueblo italiano.

Además de las interminables guerras de África, Mussolini decidió participar en la guerra civil española apoyando a Franco para luchar contra el comunismo, «la mayor amenaza para la paz y la seguridad en Europa», según el Duce. Italia aportó más de 42.000 soldados y 32.000 milicianos, 46 tanques, 488 cañones, más de mil ametralladoras, dos submarinos, cuatro destructores y decenas de aviones y otros efectivos. Dice John Gooch que «si Italia no hubiera enviado todo aquel armamento, las fuerzas de Franco habrían sido más débiles, y es posible que la Guerra Civil se hubiera prolongado con quién sabe qué consecuencias».

Guerra mundial

En 1936 se anunció la creación del Eje italo-alemán por el que Mussolini se convertía en un socio destacado de Hitler, con el que colaboró en la ocupación de Austria y el desmembramiento de Checoslovaquia. Italia, por su parte, ocupaba y anexionaba Albania con el objetivo de tener una plataforma desde la que invadir Grecia y Yugoslavia.

Cuando Alemania inició  la Segunda Guerra Mundial Mussolini era reticente a participar en la contienda, pero la marcha victoriosa de Hitler le hizo pensar que Italia no podía quedar al margen y ser en el futuro una nación de segundo orden. En 1940, cuatro días antes de que el ejército alemán entrase en París, declaró la guerra a Francia. Para Mussolini la guerra era una oportunidad para culminar el sueño de viejos objetivos: Grecia, Yugoslavia, Egipto, Córcega y Malta, además de algunos territorios del sur de Francia. Su papel fundamental en la guerra sería el de neutralizar a la armada británica en el Mediterráneo. 

Cuando se abrió un nuevo frente en el Este europeo a raíz de la invasión nazi de Rusia, Mussolini vio una nueva oportunidad para luchar contra el comunismo internacional y el bolchevismo de la URSS. 

La campaña de Grecia provocó a los italianos pérdidas más graves de lo que Mussolini había calculado. Los griegos ofrecieron una resistencia que impidió a Mussolini invadir el país, ocupado como estaba en las campañas de África, las rebeliones en Albania y los enfrentamientos con la Royal Navy en el Mediterráneo. Tuvo que ser Alemania la que acudiera en ayuda de los italianos para reanudar las operaciones en Grecia y  Yugoslavia, donde se produjeron algunas de las mayores atrocidades de terror y represión contra la resistencia de los nacionalistas y los comunistas liderados por Tito.

La derrota de las fuerzas del Eje en El Alamein y el desembarco estadounidense  en el Norte de África hicieron fracasar la estrategia de Italia y Alemania en los Balcanes. Las sucesivas derrotas en el frente de Rusia provocaron una desbandada general de las tropas italianas. En enero de 1943 Italia se retiraba con la intención de llegar a un imposible acuerdo bilateral de armisticio con la URSS dejando una estela de miles de muertos y 70.000 prisioneros.

Todas estas guerras, libradas de forma simultánea, provocaron dificultades económicas que afectaron a los suministros de armamento, pertrechos y abastecimientos para las tropas italianas en todos los frentes.

El desarrollo favorable de los Aliados en la guerra alcanzó pronto a los territorios insulares y al continente italiano. El rey Víctor Manuel III esperaba la dimisión de Mussolini cuando el Partido Fascista tomó la iniciativa de destituirlo y detenerlo. Las multitudes, que no hacía mucho tiempo aclamaban el pase altanero y victorioso de Mussolini por las calles de Roma, maldecían ahora al Duce y al Fascismo mientras aclamaban al nuevo presidente del Gobierno, el mariscal Badoglio, quien había sido uno de los militares más destacados de toda la política belicista de Mussolini.   

Profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural Asignaturas: Información Cultural, Comunicación e Información Audiovisual y Fotografía informativa. Autor de "Qué es la fotografía" (Lunwerg), Periodismo Cultural (Síntesis. Madrid 2006), Cultura y TV. Una relación de conflicto (Gedisa. Barcelona, 2003) La mirada en el cristal. La información en TV (Fragua. Madrid, 2003) Perversiones televisivas (IORTV. Madrid, 1997). Investigación “La presencia de la cultura en los telediarios de la televisión pública de ámbito nacional durante el año 2006” (revista Sistema, enero 2008).

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