No soy afecto a los eufemismos, pues me gusta llamar a las cosas por su nombre y, a «ser viejo», hoy se lo denomina «adulto mayor». En Argentina y a nivel internacional, es toda persona que tiene sesenta años o más, y según he leído, en concordancia con la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, ratificada por Argentina en 2017.

En América Latina, la canción «Mi viejo», se popularizó a partir de finales de los años sesenta. La escuché muchas veces. Un hijo que sufre, al ver sufrir a su padre. Según la IA pertenece al género musical de la trova, balada popular, canción social, es decir, una expresión artística de protesta popular latinoamericana.

La letra: Es un buen tipo, mi viejo/ Que anda solo y esperando/ Tiene la tristeza larga/ De tanto venir andando. Viejo, mi querido viejo/ Ahora ya camina lerdo/ Cómo perdonando el viento/ Yo soy tu sangre, mi viejo/ Soy tu silencio y tu tiempo. El dolor lo lleva dentro/ Y tiene historia sin tiempo…

Lo cierto es que en el mundo existe un conflicto con la edad para jubilarse. Aquí es obligatorio a los 65 años, ya que es la edad de acogerse al «ocio forzoso», considerado merecido por quienes lo instrumentan, aunque no pocas veces es paso previo a la paz de los cementerios.

Sin embargo, no faltan los privilegios, al punto que hay quienes pueden jubilarse cuando les dé la gana, más allá de la obscena suma de dinero que perciben del erario si se la compara con la enorme masa de jubilados con el haber mínimo, totalmente indigno, pero la ley es la ley, y un juez de la Corte Suprema de la Nación se jubiló a los 97 años…

Para quienes el trabajo encierra una ética y una estética definidas, continuamos con nuestra profesión u oficio, reafirmando la capacidad y la autonomía, ya que seguimos siendo útiles, eludiendo ese injusto mandato. Porque el talento no tiene limitaciones etarias. Tenía razón Oscar Wilde cuando sostenía que, «Envejecer no es nada; lo terrible es seguir sintiéndose joven».

Es curioso, Donald Trump tiene ochenta años, Putín 74 y Xi Jinping 73 años. Es evidente que en los Estados Unidos, en Rusia y en China, nadie los obligó a jubilarse, a pesar de que le harían un gran bien a la humanidad.

Claro que, sin caer en anacronismos, ninguno tiene el talento del canciller Bismark, a quien obligaron a dimitir a los 75 años. Y no dudo que hoy, muchos desearían que Ángela Merkel, de 72 años, volviese al poder para poner un poco de sensatez en una época donde las estafas de todo tipo están a la orden del día. Esta es otra prueba de que el principal foco de origen de las desigualdades está en las instituciones, lo demás es retórica vacía.

Si como decía André Maurois, «El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza», pues, en Argentina nos encargamos de quitarle cualquier esperanza.

Recuerdo que hace unos años, la prensa se hizo eco de una tragedia ocurrida en el sur del país. Una pareja de jubilados, agobiada por la grave situación económica, ya que no podía pagar sus deudas, incluyendo el fuerte aumento del alquiler, hizo un «pacto suicida». Este lado doméstico de la vida no está en la agenda política.

Y también recuerdo que, en las redes sociales, no hace mucho, una joven libertaria sostenía que el Estado debía quitarles la jubilación a los viejos y darle ese dinero a los jóvenes que no tenían trabajo… Si bien es cierto que la situación económica castiga a ambos extremos etarios de la población, más allá que tampoco se salva la clase media que se siente diezmada, esta joven es una muestra de la olímpica ignorancia de ciertos sectores juveniles, orgullosos de su propia ignorancia e intoxicados por la ideología.

Hoy necesitamos reivindicar el derecho a pensar por nosotros mismos, desafiar el statu quo, apelar al pensamiento crítico, en un mundo cada vez más caótico y violento, que nos sosiega con «entretenimientos» y otras «estrategias de escape de la realidad».

En lo personal, he comprobado cómo varios familiares que estaban en plena actividad, al ser jubilados, de pronto sus vidas se tornaron oscuras. Es más, mi padre, que era hipertenso, estaba muy preocupado por su próxima jubilación, no imaginaba un futuro, y a los 64 años, tuvo un accidente cerebrovascular y falleció. A veces pienso que tal vez fue lo mejor que podía pasarle, ya que evitó la crueldad de la vejez…

Como médico veo con frecuencia pacientes que la jubilación forzosa los deteriora, son presa de la depresión, y perciben que se convierten en seres descartables. Una situación inhumana. Para peor, algunos canallas que pescan en río revuelto dicen que hay que ayudar a «los abuelos». Y haberse jubilado no significa convertirse automáticamente en abuelo, sobre todo en esta época donde ha disminuido la natalidad y cada vez son más las mujeres que no desean ser madres.

Tengo entendido que, según Unicef, la natalidad en Argentina habría disminuido un 47 por ciento en la última década. Este problema multicausal, globalizado, donde la economía es un factor primordial, para el presidente hay que atribuirlo a los «pañuelos verdes y su locura». En fin, lo cierto es que en Buenos Aires el número de mascotas supera al de niños…

Para Platón, la enfermedad era una vejez prematura, y la vejez una enfermedad permanente. El ateniense tenía una gran capacidad de observación, además de su monumental aporte a la filosofía, y murió a los ochenta años.

No todos pueden tener una vejez digna, más allá de la hipocresía política de que el Estado está presente, cuando en realidad está ausente. Hace unos días, en cartas de lectores, un jubilado recordaba cómo fue recortándose en la práctica el haber jubilatorio con todos los gobiernos, desde la presidencia del general Lanusse (1971-1973), en que se creó el PAMI y entonces era solo una obra social…

El estoico Séneca sostuvo: «Antes de la vejez, procuré vivir bien; en la vejez procuro un morir bien».

Roberto Cataldi
Roberto M. Cataldi Amatriain es Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Complutense de Madrid, académico, catedrático de medicina interna en universidades de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), ensayista, humanista, bioeticista, en suma, un exponente de Las Dos Culturas, también un intelectual, con varios libros publicados y artículos de interés general.

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