
Lola Albiac[1]
De las dictaduras a las democracias
La primera Cumbre Iberoamericana, en 1991 en la mexicana ciudad de Guadalajara, se celebró para acompañar la incipiente democratización de media América tras décadas de dictaduras militares, guerras y conflictos, por el impulso de países sin esa reciente experiencia -como México y Venezuela-, y también de una España y Portugal que estrenaban la democracia del otro lado del Atlántico, recién incorporados a la entonces Comunidad Económica Europea –hoy Unión-.
Nació con tres pretensiones: ser un foro informal de dialogo igualitario y sin exclusiones, que permitiera a la región coordinar sus intereses comunes, ganar peso en un mundo que – ya caído el Muro de Berlín- aspiraba a una gobernabilidad global, aunque la palabra ni existía como tampoco internet o los móviles.
También que, por medio de Portugal y España, una Europa integrada cinco décadas por su propia voluntad pacífica y democrática, mirara más hacia Latinoamérica y el Caribe –hasta entonces focalizada en el Mediterráneo, una África en descolonización y Asia-, aunque el punto de vista siguiera siendo el del Norte rico hacia un Sur en desarrollo.
Con todo, en esos inicios de los años noventa, la mayoría de los países latinoamericanos llevaban solo un lustro de gobiernos civiles y aún había inercias: mientras en Chile el general Pinochet estaba todavía al frente del ejército, Argentina juzgaba a sus altos mandos por crímenes de Lesa Humanidad, y solo un golpe de estado terminaba en 1989 con la dictadura paraguaya del general Stroessner.
También, con el fin de la guerra de los «Contras» en la frontera Hondureña, Nicaragua vivió sus primeras elecciones libres; y tras el final negociado de la guerra civil salvadoreña, Guatemala aún tardó cuatro años en firmar la paz –conflictos centroamericanos que sumaron trescientos mil muertos-, pero los intentos de reconciliación en Colombia terminarían en un baño de sangre.
Alianzas y bloques económicos
Para retomar la iniciativa con su continente, el flamante nuevo presidente demócrata Bill Clinton promovió, en 1994, la Cumbre de las Américas, con el claro objetivo de alcanzar un «Área de Libre Comercio» (ALCA). Además de abrir su mercado y promover sus empresas, era también la forma de pasar página a la amarga experiencia del «Irán-Contra» de Ronald Reagan, o la invasión de Panamá por George H. W. Bush en 1989.
Durante una década, el impulso político del ALCA no cristalizó en un mínimo acuerdo comercial continental, así que ese encuentro anual se enfocó en lo más factible: un acuerdo con sus dos vecinos del norte, México y Canadá (TLC 1994), y posibles acuerdos bilaterales con otros, además de la proliferación de zonas francas y cuotas en el mercado estadounidense.
La iniciativa de Clinton coincidió con las recientes alianzas económicas creadas tres años antes por los propios latinoamericanos: el Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay), dos de las tres principales economías Latinoamericanas que ya comerciaban más con Europa que con EEUU. También Centroamérica constituyó su propio Sistema de Integración (SICA); y los países Andinos: Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú revivieron su Comunidad (CAN).
El recorrido de cada alianza económica fue desigual y muy dependiente de la mayor o menor sintonía de los presidentes –hubo hasta una breve guerra entre Ecuador y Perú-. También afectó a la más potente y sólida Mercosur, la única que logró crear un mercado regional con auténtico intercambio y aranceles comunes, aunque las oscilaciones monetarias provocaron no pocas sacudidas (como cuando Argentina adoptó el dólar al final de la década, que luego abandonó tras la crisis de impagos en 2001).
Las alianzas ideológicas
Con la bonanza de la globalización y la revolución tecnológica, el cambio de siglo trajo una mayor ambición global, a la que Latinoamérica se apuntó: desde lograr universalizar un mínimo bienestar (agenda 2015 entonces, hoy 2030) hasta asumir acuerdos mundiales en los principales desafíos, como el control y desarme nuclear, o la reedición de un nuevo y más concreto acuerdo ambiental.
Aunque en EEUU el recién elegido George W. Bush hijo prometió centrarse más en su continente (tras la transición democrática de Europa del Este y las guerras Balcánicas), los atentados del 11/S en 2001 en Estados Unidos volcaron su Administración en una guerra contra el terror en el distante Oriente Medio.
Junto a la bonanza y la consolidación democrática de la primera década y media del siglo, el liderazgo latinoamericano se tornó más heterogéneo y parecido a sus propias sociedades, no sin vaivenes:
El partido-estado que gobernó México siete décadas perdió unos comicios de los que surgió el primer gobierno de concertación con Vicente Fox; o llegó por las urnas a la presidencia de Venezuela el teniente coronel Hugo Chávez, como lo había logrado antes en Bolivia, el coronel Hugo Banzer; mientras se terminaba en Perú una nueva forma autocrática: la de un civil que da un autogolpe, clausura las instituciones y gestiona el poder a través de las fuerzas armadas, como hizo Alberto Fujimori por una década.
La izquierda, que ya gobernaba las capitales de algunos países, llegó a la Presidencia de Chile en el 2000, en Brasil tres años más tarde, y en 2006 en Uruguay o Perú, un año después en Ecuador, El Salvador o Nicaragua. Ese mismo año, con Evo Morales llegó a la Presidencia de Bolivia el primer indígena en la región, al que siguió Álvaro Colom en Guatemala.
Los cambios de liderazgo, años de crecimiento y la interdependencia de la globalización propició una mayor coordinación de la región e incidencia en los asuntos globales cuando, de hecho, las Cumbres Iberoamericanas se dotaron de una mínima estructura permanente, la SEGIB con sede en Madrid y presidencia Latinoamericana, para coordinar y dinamizar los diferentes acuerdos sectoriales y espacios de diálogo que se iban creando (como los encuentros de ciudades capitales hasta cumbres de ministros de las diferentes temáticas, pasando por foros y convenios en asuntos tan variados como lo digital o la discapacidad).
Pero también surgió en 2004 el primer mecanismo de alineamiento ideológico propiciado «a golpe de chequera» por Hugo Chávez, fundador de la «Alianza de los Pueblos Bolivarianos de Nuestra América» (ALBA), que reunió a cinco países continentales y siete del Caribe, que, bajo el formato del encuentro anual de mandatarios, se centró en pronunciamientos políticos y decayó con el fallecimiento de Chávez.
Un intento de retomar una integración menos ideológica y más apegada a los convulsos cambios que ya se producían -como la irrupción de China como principal socio comercial-, fue la Unión de los países del Sur (UNASUR), alentada por Brasil en 2008, que llegó a reunir a doce naciones pero que fue luego absorbida por la creación de un mecanismo menos ambicioso pero de toda la región, para superar esa proliferación o «sopa de letras»: la Comunidad de Estados Latinoamericanos (CELAC 2011), que tiene presidencia rotatoria, y que hoy recae en el mandatario de Uruguay, Yamadú Orsi.
Y en esas, llegó Trump y mando parar
Ya en su primer mandato, el presidente de EEUU, Donald Trump, mostró su desinterés por la gobernabilidad global. Incluso en 2018 suspendió de repente su asistencia a la octava Cumbre de las Américas en Lima (Perú), que también era su primer viaje a la región, con una visita a Colombia –en pleno desafío de la pacificación-. Al estrenar en 2025 su segundo mandato, sentó ya las bases de relación con el continente en su primer discurso, al mencionar la recuperación del Canal de Panamá, o la invitación a Canadá a convertirse en un nuevo estado de EEUU.
Junto a considerar a los hispanos como blanco principal de la «cacería» de emigrantes sin papeles, y suprimir los mecanismos de protección y residencia temporal a todos, lo definió este año con la nueva estrategia de seguridad nacional, donde retoma la doctrina Monroe. Todo con el antecedente de un muy amplio despliegue militar en el Caribe en septiembre del año pasado para combatir «el narcoterrorismo» – que deja un saldo de un centenar de lanchas bombardeadas y unos 150 muertos, pero que culminó en enero con el secuestro y detención del entonces presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.
Tras amenazas y chantajes con imponer elevados aranceles, la gran oferta de Trump a la región fue, en marzo de este 2026, el «Escudo de las Américas», una alianza militar y de seguridad que, sin periodicidad clara ni tratado alguno, reúne diecisiete países cuando la Casa Blanca lo convoca, la última vez aprovechando el plenario de Naciones Unidas.
Poco después, en la gira del secretario de estado, Marco Rubio, EEUU y Colombia firmaron un «Acuerdo de Barranquilla», por el que se establece una base regional del escudo en ese país.
Conclusión: Al cumplir tres décadas, esta trigésima Cumbre Iberoamericana sigue siendo uno de los pocos foros igualitarios y estables para el diálogo regional, que ha propiciado una decena de espacios específicos o temáticos del interés de ambos lados del Atlántico y que, de paso, sirve para estrechar vínculos con una Unión Europea, pues además de la presencia de España y Portugal, desde 2014 alterna su participación bienal.
Y todo, en momentos en que, a pesar de la conflictividad y los abundantes retos globales, escasean o pierden fuerza los demás organismos multilaterales.
- Lola Albiac Murillo es una experimentada periodista y analista internacional, reconocida por su labor como corresponsal de Cambiio 16 y RTVE en América Central y el Caribe. Actualmente dirige el programa «Somos cooperación» y colabora de forma continua en «Hora América» de RNE, especializándose en geopolítica latinoamericana, políticas migratorias y cooperación al desarrollo.



