Despedir a Maricarmen duele de una forma particular porque su ausencia no es fruto del azar ni del curso plácido de los años. A Maricarmen la quebró la violencia estructural de un sistema que permite la tortura a cámara lenta. Reducir lo ocurrido a un episodio más de edadismo sería cerrar los ojos ante la raíz del problema: fue el acoso premeditado, metódico y despiadado de quienes conciben los hogares no como lugares para vivir y envejecer, sino como meros activos financieros que exprimir hasta la última gota.

Nadie sale indemne de siete años de asedio. Siete años de burofaxes intimidatorios, de incertidumbre al acostarse y al despertar, de presión psicológica constante para arrancarle la llave de su propia vida. Es una guerra de desgaste diseñada en despachos lejanos para agotar el cuerpo y la mente de quienes no cuentan con ejércitos de abogados. Y frente a esto, la herida se vuelve más sangrante ante la evidencia: un marco legal y unas instituciones que actúan con celosa diligencia para blindar la rentabilidad de fondos buitre sin rostro, mientras dejan desamparadas a las personas más vulnerables en su derecho más elemental a la paz y al cobijo.

A esa violencia burocrática se sumó el dolor cotidiano de ver cómo su propio portal se desfiguraba día a día. Maricarmen convivió con el ruido incesante del rodar de maletas ajenas: el ir y venir de turistas que ocupaban los pisos vaciados por la especulación, convirtiendo su comunidad en un hotel de paso despersonalizado. Mientras el negocio turístico fluía por la escalera, a ella la atormentaba un horror íntimo y devastador: la angustia de tener que decidir qué partes de su hogar cabrían en una maleta si finalmente la expulsaban. Pero una vida entera no se embala en un equipaje; no existen maletas en el mundo capaces de contener las raíces, los afectos y los recuerdos sembrados durante décadas entre cuatro paredes

Pero la historia de Maricarmen no termina en la intemperie ni en la soledad. Si algo amortiguó el golpe, si algo le devolvió el calor que la frialdad corporativa le negaba, fue encontrar en su camino a quienes decidieron no dejarla caer.

Por eso, a la misma vez que lloramos su partida, miramos con esperanza a la vida a través del Sindicato de Inquilinas. En medio de un modelo que aísla y desmenuza a las vecinas una por una, la organización colectiva se erige como el verdadero escudo humano. El sindicato fue para Maricarmen trinchera, familia y abrazo; la demostración viva de que la solidaridad de barrio y el apoyo mutuo son capaces de plantar cara a los gigantes del capital inmobiliario. Frente al desaliento de las leyes cómplices, la resistencia compartida devuelve el sentido de la dignidad y demuestra que nadie está sola mientras haya una comunidad dispuesta a poner el cuerpo.

Maricarmen resistió hasta el final con el orgullo intacto. Despedirla exige dolor y memoria, pero también una lección política inapelable para quienes tienen la responsabilidad de legislar y gobernar.

El capitalismo y el libre mercado no son doctrinas intocables ni leyes de la naturaleza; la sociedad civil, y los partidos en particular, tienen la obligación moral de imponer un corsé ético y jurídico a la especulación y a la codicia desmedida. No estamos alimentando a una simple serpiente: estamos cebando a un dragón mitológico que acumulará toda la riqueza en su feudo privado, dispuesto a quemar y esquilmar cada recurso, cada barrio y cada vida a su paso.

Que la rabia por la pérdida de Maricarmen y la luz de quienes la arroparon sirvan para sostener la lucha colectiva. Cada casa defendida, cada desahucio parado y cada vecina acompañada serán, a partir de hoy, la forma más digna de mantener viva su memoria.

Trasladamos nuestras más sentidas y sinceras condolencias a toda su familia, a sus amigas y a las compañeras de lucha que sostuvieron su mano durante estos años difíciles.

Que la tierra te sea leve, Maricarmen. Descansa en paz.

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