De «nos quedamos» a la acampada de la Puerta del Sol: la consigna que el Sindicato de Inquilinas lanzó en 2018 llena hoy la plaza mientras el decreto de vivienda se negocia contrarreloj. Un lema nacido como táctica de negociación casa a casa es hoy el grito de miles de personas en el centro de Madrid.

Crónica de una tarde en Sol, con el Consejo de Ministros a las puertas, de los sucesos que han ido cargando de vagones el tren y de los miles de jóvenes que echaba en falta en la plaza.

«Nos quedamos». Lo oí esta tarde en la Puerta del Sol, primero como consigna y después como algo más parecido a una respiración colectiva, repetida por miles de personas. Fui testigo.

El lema tiene un doble filo que conviene no perder de vista: quedarse en la casa de alquiler y quedarse en la plaza. «No nos vamos, nos quedamos», coreaban los acampados al caer la noche. Lo gritan porque no ven avances significativos en la negociación del real decreto-ley que el Gobierno pretende aprobar este martes 29 en el Consejo de Ministros, un texto que ha cambiado sustancialmente en cuestión de horas. Todo cambia, y todos estamos a favor de que cambie, y de que cambie a bien.

Y la consigna no nació en Sol. El Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid la lanzó como campaña en diciembre de 2018, hace casi ocho años, para plantar cara al «desahucio invisible»: el que no necesita sentencia, solo que llegue el fin del contrato. Entonces era una estrategia de negociación colectiva, casa a casa. Esta noche es una plaza entera.

En mayo de 2011, unas decenas de personas decidieron acampar en la Puerta del Sol hasta las elecciones del domingo siguiente. Un momento, un lugar y una gente bastaron para que saliera un tren que arrastró a millones de personas. Esta noche he ido a la plaza para ser testigo de otra posible salida.

Hoy hemos sido testigos de sucesos y manifestaciones de muy diversa índole que, sin quererlo, dan más energía de carga al tren. La máquina puede cada vez con más vagones.

El primero es el más triste. Al mediodía llegó a la plaza un comunicador de ultraderecha, Bertrand Ndongo, quien llevaba un bote de gas pimienta; lo vimos en las imágenes de televisión, hasta que una de las personas congregadas se lo quitó en un descuido del agitador. Acabó expulsado de la plaza.

El segundo llega desde el aire. A bordo del avión papal de regreso a Roma, el papa León XIV, preguntado por el desahucio de Maricarmen, afirmó que hay que exigir a los líderes políticos que busquen una solución al problema de la vivienda, un problema que, dijo, va en aumento en muchos países. Son las Maricarmen de todo el mundo.

El tercero es el de siempre. Ya el segundo día de acampada, el Ayuntamiento de Madrid acusaba a la Delegación del Gobierno de «dejación de funciones»; hoy Almeida suspende su agenda para reunir a su gabinete y abre la puerta a intervenir para disolver la acampada si la Delegación no actúa, mientras el consejero regional de Vivienda, Jorge Rodrigo, urge a desmantelarla por vías pacíficas.

Poner palos en las ruedas el segundo día anticipa cuál es su opción: limpiar la plaza. Acusar a otro de dejación de funciones es admitir que uno tomaría otras medidas o, peor aún, que quiere que el garrote lo saque otro. A mí me da risa. Ayuso, por su parte, acusó al Gobierno y a la Delegación de actuar «de manera ilegal» por permitir la acampada e ironizó con «Que me avisen a partir de qué edad dejo de pagar a mis caseros».

El cuarto sí abre una puerta. Los representantes de Maricarmen y Urbagestión, propietaria del piso, han alcanzado este lunes, tras más de cuatro horas de negociación con mediación de la EMVS, un acuerdo para que regrese a la casa de siempre, aún pendiente de que ella, que sigue ingresada, lo dé por bueno. Quedarse en casa. Y, aun así, la plaza no se levanta.

El quinto es la plaza misma, con lo que se oyó este lunes 28: «¡Viva la lucha de la clase obrera!», «Es insuficiente lo que se está negociando dentro del Gobierno», «¡Aquí están los antifascistas!», «¡Hijos de puta, especuladores!». La juventud madrileña no se ha aletargado.

Y el tren ya tiene otras estaciones. En Barcelona, miles de personas se concentraron ante el Palau de Congressos durante la visita de Sánchez para exigirle que apruebe el «decreto Maricarmen» de forma íntegra, con un lema que lo resume: «No queremos migas». Entre sus reclamaciones, los contratos de alquiler indefinidos. Y en Sevilla empiezan a acampar, en Vigo centenares de personas protestan y en Málaga la Policía intenta evitar la acampada.

Queda el martes. Todo apunta a que el Consejo de Ministros se quedará corto con lo que piden los acampados. El sindicato presiona para que se apruebe íntegro y con los contratos indefinidos como medida indispensable, mientras que el último borrador que ha trascendido suspende los desahucios de personas vulnerables hasta finales de 2028 y permite prorrogar determinados alquileres, y no incluye la renovación automática. La portavoz del sindicato, Rufina Parra, ya ha avisado de que no aceptarán un decreto que consideren falso y de que las movilizaciones continuarán.

En esas mismas tertulias he visto defender el capitalismo, y el Estado de derecho con él, como si esa defensa pesara más que la de la Constitución y los derechos humanos. Pero la Constitución no es neutral en esto: su artículo 47 reconoce a todos los españoles el derecho a una vivienda digna y adecuada y manda a los poderes públicos regular el uso del suelo para impedir la especulación.

El corsé no es una ocurrencia de la plaza: está escrito desde 1978. O le ponemos un corsé ético y jurídico al capitalismo codicioso, o nos echará de casa a todos nosotros. Uno de cada cinco hogares españoles vive de alquiler, según la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, y a casi cuatro millones de personas les vence el contrato antes de mediados de 2028, según los cálculos del Ejecutivo que recoge Moncloa.com.

Falta el maquinista. Retórico, claro: en la plaza nadie lleva gorra de ferroviario. Estos dos días he visto en televisión al tertuliano José Miguel Villarroya lanzar un «ojo con los pastores», aludiendo al protagonismo de algunas caras y advirtiendo de que esos liderazgos no conducen necesariamente a las ovejas, a la ciudadanía, hacia una opción viable ni aportan soluciones viables.

Villarroya es solo una voz entre las muchas horas de tertulia que han llenado platós y radios, y el caso ha ocupado también las portadas.

Yo, esta tarde, no he contado pastores ni ovejas. He visto miles de jóvenes que echaba en falta en la plaza. Y he pensado que acababa de ver partir un nuevo tren.

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