Mitos y realidades sobre los jóvenes

En nuestros días la problemática juvenil, más allá de los cambios de época, tiene una complejidad muy diferente de la que se vivía unos años atrás. En Argentina, como en otros países de la región, los jóvenes atraviesan momentos difíciles. Y estas dificultades a menudo se observan en aquellos que provienen de distintos ambientes socioculturales y económicos, no son privativas de los estratos más vulnerables que obviamente son los más afectados.

Situaciones existenciales que se relacionan con diversos factores y dan lugar a una pluralidad de diagnósticos. No en vano cada vez se habla más de los problemas de salud mental de la población general, que habrían aumentado, y de los jóvenes en particular por ser el sector de mayor fragilidad, tomando como bisagra la última pandemia, que actuó como acelerador de lo que solapadamente venía gestándose.

Esto afectaría la capacidad de muchos jóvenes para desenvolverse en la vida cotidiana, y se revela como una situación más compleja de lo que sucedía con las generaciones de sus padres y abuelos, y el problema se irá agravando.

En efecto, en los países de occidente suele relacionarse la meritocracia con la vida de la llamada generación boomer (nacidos entre 1945 y 1980), por haber conocido un contexto de oportunidades, de crecimiento económico e inversión estatal, una narrativa generacional que es cuestionada por la realidad del siglo veintiuno.

No hace mucho, un experto en estos temas decía que en la Argentina con casi la mitad de los jóvenes en villas de emergencia y barrios populares, que abandonaron la escuela, no hay imaginación de un futuro… Pues bien, dos ámbitos claves son la familia y la escuela, ambas en crisis crónica.

Los temas de la meritocracia, las desigualdades, la generación «ni- ni» (ni estudian ni trabajan), el consumo de drogas cada vez más naturalizado, el suicidio de niños y adolescentes (silenciado en todas partes), entre otras situaciones distópicas, exigen un compromiso de la sociedad y de las instituciones del Estado, que hoy no se vislumbra.

A menudo las dirigencias los debaten con absoluta liviandad, quizá porque en lo personal no los afecte, pero nos interpelan cotidianamente como sociedad.

La brecha entre generaciones resulta inevitable, sin embargo, creo que el diálogo es un buen comienzo. Los que ya somos veteranos no podemos rescatar atmósferas, costumbres y vivencias de un mundo que se ha ido definitivamente, aunque nos ha dejado no pocas enseñanzas.

El efecto de Internet, las redes sociales, los algoritmos, la IA y toda esa parafernalia que se ha impuesto de manera intrusiva, como algo ineludible y fundamental en la vida, sin que ello implique renegar de sus innegables ventajas, tiene como único responsable al progreso… El problema es que esconde negocios ocultos, trampas, engaños destinados a colonizar el cerebro del ser humano, comenzando por la juventud que carece de experiencia y como tal no puede ser prudente, como sostenía Aristóteles.

En muchos jóvenes hoy el compañero inseparable es el smartphone, su contacto con lo que sucede en el mundo exterior es a través de la notebook, y su fuente de entretenimiento son los videojuegos: una vida entre pantallas… Y cuando se sienten ansiosos o insatisfechos, consultan a la IA en busca de un diagnóstico que los etiquete.

En mi juventud estaba de moda el «surmenage», información que extraían de los libros o las revistas de actualidad. Ahora hablan de bipolar, borderline, TOC; en fin, lo aconsejable es la consulta con un psiquiatra bien formado y responsable.

La pandemia generó una soledad no buscada que destruyó muchas vidas, también generó separaciones familiares porque sacó a flote conflictos que hasta entonces se gestionaban. Y facilitó el consumo de las herramientas digitales, al principio como una excepción para eludir al virus, y superado el aislamiento, produciendo una dependencia que ha deteriorado los vínculos sociales así como las habilidades para superar los retos cotidianos, adaptarse a los cambios, regular las emociones, funcionar productivamente y, sobre todo, autocuidarse.

Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, sostiene que las condiciones en que les toca crecer a los jóvenes resultan tan importantes como el mérito para progresar, y está claro, siempre sostuve que no es suficiente la igualdad de oportunidades, ya que importa considerar el lugar de donde uno arranca. Acota que, «el origen social condiciona las posibilidades de estudiar, trabajar y construir autonomía».

Hay sectores muy vulnerables que con esfuerzo salen adelante, pero no se puede ignorar el factor suerte, ya que los contactos no nacen por generación espontánea, y las instituciones deberían ser una puerta de acceso a un abanico de posibilidades.

Sin oportunidades muy poco se puede hacer, y éstas no aparecen en la agenda de los empresarios ni del Estado. El medio familiar es fundamental, sobre todo cuando los padres tienen trabajo, algo que no sucede en muchas familias donde abuelos y padres desde hace años están excluidos del trabajo.

Convengamos que la vida sin sentido es muy difícil de ser vivida, y surgen vías de escape que no son recomendables. De ahí la importancia de la familia, la escuela, la sociedad que deberían ser un «puente facilitador».

Lo cierto es que hoy jóvenes y no jóvenes vivimos en soledad comunicacional, aunque interconectados. Los más fuertes se enfocan en el autocuidado, juzgado por algunos como individualismo o quizás egoísmo, en un mundo donde «sálvese quien pueda»; y los jóvenes forman parte de ese mundo.

Me gusta invocar la metáfora de la caída de las máscaras de oxígeno ante la descompresión del avión, pues si uno primero no se coloca la máscara, difícilmente podrá ayudar a los demás. Los jóvenes hoy más que nunca necesitan ejemplos de carne y hueso, no discursos proselitistas; si sucumben por debilidad, seguirán al rebaño.

En la dedicatoria de mi libro, «La Espera de la Esperanza» (2002), escribí: «A los jóvenes argentinos, quienes no saben lo que pueden, pero que tienen todo el derecho a la esperanza».

Roberto Cataldi
Roberto M. Cataldi Amatriain es Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Complutense de Madrid, académico, catedrático de medicina interna en universidades de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), ensayista, humanista, bioeticista, en suma, un exponente de Las Dos Culturas, también un intelectual, con varios libros publicados y artículos de interés general.

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