Velilla de San Antonio crece por el único resquicio que le queda —el Sector XXIII— dentro de un término minúsculo y encajonado por el Jarama. Pero lo que decide si ese crecimiento es habitable —la carretera, el drenaje, la depuradora que ya sirve a cinco municipios— no depende de Velilla. Y nadie suma la demanda del conjunto antes de aprobar cada pieza.
En el Sector 23 de Velilla de San Antonio, el barrio más nuevo del municipio, la grúa y la queja conviven en la misma calle. A un lado se levantan el aparcamiento y los primeros locales de un complejo comercial de diecisiete millones de euros; al otro, los mismos vecinos que estrenan portal reclaman al Ayuntamiento que la carretera por la que entran y salen no da más de sí, y firman avisos por el olor y el sabor del agua del grifo. El suelo, entretanto, no protesta: se recalifica, se urbaniza y se licencia sin apenas resistencia. Lo que cruje es todo lo demás.
Esa escena resume el caso de Velilla mejor que cualquier estadística, porque contiene la contradicción entera: un municipio que estira su borde urbano por el único sitio donde todavía puede, mientras las infraestructuras que harían ese borde habitable no dependen de él. Y por debajo, la pregunta que atraviesa toda esta serie: quién suma la demanda que todas esas piezas, juntas, vuelcan sobre unas mismas redes.
1. Un término que ya casi no da más de sí
Velilla es pequeño, y lo es de una manera que condiciona todo lo que sigue. Su término apenas alcanza los catorce kilómetros cuadrados y medio, y la mayor parte de esa superficie no es suelo disponible: es vega del Jarama, lagunas y espacios integrados en el Parque Regional del Sureste, protegido por ley desde 1994. El río no bordea el municipio; lo abraza. De modo que, cuando Velilla crece, no crece hacia el campo abierto —no lo tiene—, sino apretándose contra sus propios límites.
En ese marco viven ya 14.467 habitantes, y la población sube deprisa: un 3,28 por ciento en un solo año, muy por encima de la media regional. La densidad, sobre un término tan pequeño y tan protegido, no es un dato neutro: cada vecino nuevo tiene menos sitio donde ir, y el sitio que queda está cada vez más cerca del agua.
2. El sector que estira el borde
Ese resquicio tiene nombre: el Sector 23, la pieza donde se concentra casi todo el crecimiento reciente. Allí se levanta Nova Center Velilla, un complejo de uso mixto con una inversión estimada en unos diecisiete millones de euros que sumará supermercado, un hotel de dos o tres estrellas, nueve locales, un McDonald’s con su aparcamiento de ciento diez plazas y sesenta viviendas protegidas en alquiler accesible. Comercio, terciario y vivienda, todo a la vez, en el borde.
Aquí conviene señalar la única palanca que Velilla sí maneja sin pedir permiso: el planeamiento. Reclasificar, desarrollar un sector, conceder licencias —eso es competencia municipal, y el Ayuntamiento la ejerce—. Para aprobar el Sector 23 no hizo falta la carretera. Para licenciar Nova Center no hizo falta la depuradora. Ahí la autonomía del municipio es real. El problema empieza justo después, cuando esos metros cuadrados construidos empiezan a pedir lo que Velilla no puede darles.
3. La carretera que no es de Velilla
Lo primero que piden es una salida. Y la salida de Velilla es su punto más débil. El municipio no tiene ni Cercanías ni Metro; depende de la M-208 y de su enganche con la R-3, una vía que el propio Ayuntamiento califica de insuficiente y por la que reclama, una y otra vez, un tercer carril, una conexión directa y un bypass para el Sector 23.
Pero esa carretera no es de Velilla. Es de la Comunidad. El Ayuntamiento puede aprobar el barrio; no puede ensanchar la vía por la que ese barrio entra y sale. Puede reunirse con la Dirección General de Carreteras y reclamar —lo ha hecho—, pero la llave está en otra mano. La primera consecuencia del crecimiento recae, así, sobre una infraestructura que el municipio que lo aprueba no controla.
4. La depuradora que ya sirve a cinco
La segunda consecuencia va por debajo, y es la más reveladora. Las aguas residuales de Velilla se tratan en su estación depuradora, en servicio desde 1996 y ampliada en 2008, con una capacidad de diseño de 123.000 habitantes equivalentes y un caudal autorizado de veinte mil metros cúbicos diarios. Pero esa planta no es solo de Velilla. Da servicio a cinco municipios: Velilla de San Antonio, Mejorada del Campo, Loeches, Torres de la Alameda y Villalbilla.
Léase despacio esa lista, porque en ella está el corazón de esta serie. Cinco municipios, cada uno con su propio planeamiento, sus propios sectores en obras y sus propias licencias, vuelcan su crecimiento sobre una misma depuradora que a su vez vierte al Jarama —y, aguas abajo, al Tajo—.
Entre esos cinco está Villalbilla, uno de los municipios del corredor donde se proyectan grandes desarrollos digitales y logísticos. Cada uno aprueba lo suyo mirando su propio término. Ninguno está obligado a mirar la suma.
Y ahí está el hueco. No existe un instrumento que sume, antes de aprobar la siguiente pieza en cualquiera de los cinco, cuánto margen le queda a esa depuradora compartida. La capacidad de diseño es un número fijo; la carga real de 2026 y el margen que reste no se publican.
Cada ayuntamiento decide con su parte del expediente; el conjunto no lo evalúa nadie. La planta reúne el crecimiento de un corredor entero, pero se gobierna municipio a municipio.
5. El río que devuelve la factura
El Jarama, que enmarca el municipio, también le pasa cuenta. En marzo de 2025 el río se desbordó y causó daños, sobre todo en el paraje de las lagunas; el Estado concedió después 111.000 euros para cubrir parte de los gastos extraordinarios.
No fue una anécdota meteorológica: fue el recordatorio de que el mismo río que limita el crecimiento por el sur es también una amenaza cuando ese crecimiento se acerca a las zonas vulnerables.
Cada nuevo ámbito que se urbanice cerca del cauce arrastra, por tanto, una pregunta de drenaje y de inundabilidad que no se resuelve con el planeamiento municipal, sino cruzándola con la cartografía de zonas inundables. Estirar el borde hacia el agua tiene un coste que no aparece en la licencia.
6. Lo que protesta no es el suelo
Conviene volver a la escena del principio, porque el malestar vecinal de Velilla dibuja con precisión dónde aprieta el crecimiento. Se concentra en tres cosas concretas y sostenidas, y las tres son infraestructura compartida, no suelo.
La primera es la movilidad: los atascos de la M-208 son la reclamación más repetida del municipio, elevada por el propio Ayuntamiento a la Comunidad. La segunda es el agua: en abril de 2026, el Sector 23 registró avisos por el olor y el sabor del agua de red; el Canal de Isabel II tomó muestras y purgó tuberías sin llegar a prohibir el consumo, y el episodio dejó además un choque político —el Ayuntamiento reprochó a concejales no adscritos de la corporación que intentaran «generar alarma» y se comprometió a informar solo con datos oficiales—. La tercera es el drenaje, la otra cara de las inundaciones de 2025.
Ninguna de las tres se arregla recalificando ni dejando de recalificar. Las tres remiten a redes y vías que el vecino usa a diario y que el Ayuntamiento no controla del todo. Por eso el resumen del caso es que, en Velilla, lo que protesta no es el suelo: son los accesos, el drenaje y la infraestructura que se comparte con los municipios de al lado.
Y ese malestar tiene cauce. La oposición municipal —el principal grupo y dos concejales no adscritos— lo traslada al pleno en forma de mociones: para instar a la Comunidad a mejorar la M-208, para reforzar el transporte público, para llevar una enfermera a los colegios.
Y los propios vecinos lo expresan por su cuenta: en los presupuestos participativos de 2026, una de las dos únicas propuestas que llegaron a votación pedía más plazas de aparcamiento en el Sector 23. Cuando la ciudadanía dispone de treinta mil euros para decidir en qué mejorar el municipio, los dedica a tapar un agujero del propio crecimiento.
7. El proyecto que sí se paró
No todo lo que se proyecta en Velilla acaba construyéndose, y el contraejemplo es instructivo. En el término —y en el vecino Loeches— se planeó El Espino, un parque solar fotovoltaico de 121,5 megavatios pico que se habría levantado dentro del Parque Regional del Sureste y de la Red Natura 2000. No llegó a hacerse.
Lo detuvo un control material, el mismo que esta serie viene señalando como el único que de verdad decide. Tras las alegaciones e informes de la información pública —que ya habían obligado a recortar la planta en más de diecisiete hectáreas—, la evaluación ambiental del Estado emitió en 2024 una declaración de impacto ambiental desfavorable, al no poder descartar daños significativos sobre los hábitats, la fauna, el paisaje y los espacios protegidos; el promotor acabó desistiendo en 2026. La compuerta, en este caso, estaba antes de la obra. Y funcionó.
8. Nadie suma
Puestas en fila, las piezas cuentan una sola historia. Velilla tiene una palanca propia —el planeamiento— y la usa: aprueba, urbaniza, licencia. Y tiene enfrente una serie de llaves que no son suyas y que decidirán si ese crecimiento se sostiene: la M-208 es de la Comunidad; la depuradora, del Canal, y la comparte con otros cuatro municipios; la respuesta ante una emergencia depende del Cuerpo de Bomberos autonómico, porque con menos de veinte mil habitantes la extinción de incendios ni siquiera es servicio mínimo municipal según la Ley de Bases del Régimen Local; los residuos salen a Loeches a través de la Mancomunidad del Este; y el Jarama es de la cuenca.
El municipio acciona la única palanca que aumenta la demanda y no controla ninguna de las que tendrían que absorberla. No es un reproche de mala fe: es un problema de diseño. Cada administración gestiona su pieza con competencia, pero no hay ningún instrumento que sume el Sector 23 de Velilla con el crecimiento de Mejorada, de Loeches, de Torres de la Alameda y de Villalbilla sobre la depuradora que los cinco comparten, ni con la M-208 que muchos usan, ni con el Jarama al que todos vierten. Se aprueba en paralelo lo que se paga en común.
De ahí la enseñanza que Velilla ofrece al resto del corredor, y que su propia experiencia formula sin querer: la compuerta hay que ponerla antes. El Espino se detuvo precisamente porque una casilla ambiental obligaba a justificar antes de autorizar; la carretera, el saneamiento y el drenaje no tienen una casilla equivalente que sume su carga antes de la licencia.
Alegar «falta de acceso» después de haber urbanizado llega tarde; el momento de comprobar si esas redes aguantan es antes de la licencia, no después de la mudanza. Velilla puede seguir estirando su borde —lo hará—. La única prueba que importa es si la movilidad, el drenaje, la depuración y la protección del Jarama estiran al mismo ritmo. Porque el borde se estira en un plano municipal; la factura, en cambio, la firman cinco términos a la vez, y no la suma nadie.
Enlace a la ficha extendida del municipio




