Vulnerabilidades camufladas por el discurso político

El discurso político en la Argentina suele restarle importancia a las graves carencias estructurales que los ciudadanos conocemos y, resulta imposible ocultarlas. Con fines distractivos se promueve la confrontación ideológica, de bajo nivel, y con etiquetas, insultos, agravios, y la incivilizada «batalla cultural», pretenden sofocar demandas urgentes y necesidades vitales que son prioridad en la agenda de los problemas sociales, que hacen a la dignidad humana.

Estos insensibles hasta deslegitiman la asistencia social, solventada por los contribuyentes pero que debe estar bien encaminada, sin abusos ni corrupción.

Existe una larga lista de temas pendientes que merecen ser resueltos, mucho antes que las prioridades que le interesan al ombliguismo del poder de turno.

Como ser: alimentación asegurada o seguridad alimentaria, salud y educación públicas, indigencia y pobreza estructural (de generación en generación), desempleo y empleo informal, jubilaciones esquilmadas, viviendas precarias sin servicios sanitarios, transporte público deficiente, poblaciones olvidadas, derechos de las minorías, entre otros temas.

Según una encuesta, casi la mitad de la gente que hoy concurre a las iglesias (católicas, evangélicas), más allá de sus necesidades espirituales, lo hace para recibir ayuda económica, alimentaria o laboral. En efecto, gente que necesita medicamentos, ropa, alimentos, trabajo, y que además emocionalmente debe ser contenida… Estas comunidades religiosas actúan a nivel barrial, convocan a las familias y suelen responder de inmediato, aunque no pueden sustituir las políticas públicas, y en algunos casos instrumentan capacitaciones, ayudan en las adicciones, ofrecen atención médica. Una actitud solidaria invisibilizada.

En Argentina son innumerables las acciones solidarias a nivel individual y colectivo, ya que muchos brindan su colaboración de distinta manera, pero con empatía y con lo que pueden. Pues bien, esa es la Argentina generosa, anónima, oculta, a diferencia de la de grandes empresarios que se promocionan como altruistas, tienen montado un «marketing beneficentista», y lo sostienen con dinero ajeno o evadiendo impuestos. Mi padre siempre decía que había que ayudar al prójimo, hacer el bien y callar, sin esperar recibir nada a cambio, y esa es la verdadera beneficencia.

Desde ya que hay quienes piensan lo contrario, están en su derecho. Ayn Rand, filósofa referente del egoísmo ético y citada por la ultraderecha, sostenía que debíamos rechazar el altruismo moral si pretendíamos que sobreviva la civilización…

Estamos de acuerdo que toda persona busca su propia felicidad y que no se puede exigir que renuncie a ello, pero el altruismo en sí es voluntario, no exigible coactivamente. La libertad de vender no se contrapone con la libertad de donar, ya sea bienes tangibles, tiempo, acompañamiento, ayuda en situaciones de emergencia, asesoramiento profesional. No creo que por enseñar gratuitamente en una escuela o taller, donar sangre, ayudar en un comedor comunitario, cuidar la biodiversidad del planeta o contribuir económicamente con una causa humanitaria, signifique destruir la propia libertad y negar la dignidad.

García Márquez decía que, «Un hombre solo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo cuando ha de ayudarle a levantarse». Y es habitual que cuando se tratan estos temas de manera controversial, surjan casos anecdóticos, se argumente con situaciones extremas, para lograr alimentar el pensamiento binario que no permite ver el bosque, que reniega de cualquier moderación, equilibrio lógico o simplemente no admite los matices, tan necesarios en la vida.

El que motu proprio rehúsa colaborar con el prójimo está en su derecho, nadie puede obligarlo a hacer el bien, pero sí está obligado a no hacer el mal, y éste es el gran problema… Por otra parte, no creo que nadie pretenda que sigamos los ejemplos de Francisco de Asís, León Tolstoi o Simone Weill, pues, fueron seres humanos excepcionales. Claro que, si las elites y las dirigencias no cultivan de manera ejemplificadora la empatía, la humildad, la solidaridad humana, sin por ello olvidar el sentido de equidad y justicia, será difícil hallar la salida del laberinto en que vivimos.

Como ser, si consideramos la educación, las falencias son preocupantes en los tres niveles de enseñanza, en un país donde la educación pública y gratuita constituye una fuerte marca de identidad, pese a que sectores reaccionarios lo nieguen.

La educación es una prioridad insoslayable. Cerca del setenta por ciento de los chicos que entran en la adolescencia usan las redes sociales y son los que menos leen, allí existe un problema en el desarrollo cognitivo. Casi la mitad de los que tienen entre dieciocho y veintinueve años vive en la vulnerabilidad, y muchos ya fueron vulnerados, porque detrás de los que no estudian ni trabajan existen graves problemas estructurales, como pobreza, exclusión, desigualdad, falta de oportunidades, desorientación. En el mercado laboral, las empresas se quejan de que la mayoría de los jóvenes no cubren los perfiles técnicos que necesitan, carecen de habilidades básicas, estudio o formación específica.

Para el discurso político de nuestros días, la única prioridad es la «macroeconomía», que por sí sola logrará atraer inversiones y solucionará mágicamente todos los problemas sociales… Y comprar este dogma en un «mundo trumpista» es caer en una trampa, porque al final del túnel nos aguarda el abismo.

Los pueblos no se alimentan con estadísticas (además manipuladas), ni el futuro de los jóvenes está en un adoctrinamiento envenenado que los denigra, ni los jubilados pueden esperar cubrir sus necesidades básicas en el más allá… En efecto, la dirigencia no tiene conciencia de realidad, mucho menos sentido del deber, y la ciudadanía exige terminar con la desinformación, las medidas drásticas e impopulares, y la incitación contra supuestos enemigos. Está claro que los argentinos necesitamos preservar la paz social y la propia dignidad.

Cuando las dirigencias no cumplen con los mandatos de la ciudadanía, ya sea por falta de capacidad, intereses ocultos o ambas cosas, deben tener la madurez suficiente para dar un paso al costado, evitando insistir con una estrategia que profundiza la crisis y afecta el bien común. Como todos sabemos, los estadistas son los que piensan en las próximas generaciones, a diferencia de los políticos cuya preocupación está en la próxima elección.

Roberto Cataldi
Roberto M. Cataldi Amatriain es Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Complutense de Madrid, académico, catedrático de medicina interna en universidades de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), ensayista, humanista, bioeticista, en suma, un exponente de Las Dos Culturas, también un intelectual, con varios libros publicados y artículos de interés general.

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