En los últimos meses, una entrevista de Marcos Llorente en El Hormiguero en la plataforma Atresplayer, ha vuelto a despertar un debate que, en realidad, lleva años sobre la mesa. Más allá de sus hábitos de alimentación y su forma de entender el deporte, una de las ideas que más comentarios ha generado ha sido la intención de educar a sus futuras hijas con una presencia muy limitada de pantallas.
Como ocurre siempre que una persona conocida comparte su forma de vivir, las opiniones no han tardado en dividirse. Para algunos resulta una propuesta razonable; para otros, demasiado estricta o incluso poco realista.
Pero quizá el foco no debería ponerse en cómo educar a una familia concreta, y pensar en qué sabemos hoy sobre el desarrollo infantil y qué papel ocupan las pantallas, el juego y la naturaleza en ese crecimiento.
Más allá del debate
Principales organismos especializados en infancia llevan años trasladando un mensaje bastante similar. El problema no es únicamente el tiempo que un menor pasa frente a una pantalla, sino aquello que deja de hacer mientras la utiliza.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda limitar el tiempo sedentario frente a dispositivos electrónicos durante los primeros años de vida y fomentar actividades como el juego activo , el movimiento y el descanso de calidad.
Vivimos en una sociedad digital y aprender a utilizarla será una competencia imprescindible. No consiste en demonizar la tecnología, la reflexión parece cuando las pantallas sustituyen experiencias que ningún dispositivo puede ofrecer.
La infancia necesita tierra
Correr, ensuciarse, trepar, construir una cabaña o simplemente observar un insecto siguen siendo actividades con un enorme valor educativo. No porque sean mejores que la tecnología, sino porque desarrollan capacidades diferentes: autonomía, creatividad, resolución de problemas, motricidad o habilidades sociales.
Metodologías como Bosque Escuela y el aprendizaje en la naturaleza usan el entorno como auténtico escenario de aprendizaje permitiendo que los más pequeños exploren, pregunten y descubran por sí mismos.
La pedagogía lleva tiempo recordándonos que aprender no depende únicamente de los contenidos que aparecen en un libro. El enfoque Reggio Emilia, reconocido internacionalmente, habla del . La distribución del aula, los materiales, la luz natural o espacio como el «tercer maestro» el contacto con el entorno también influyen en la manera de aprender, tal y como piensa Marcos Llorente.
No se trata de prohibir, sino de ofrecer alternativas
Cuando hablamos de reducir pantallas suele aparecer una pregunta inmediata: «¿y entonces qué hacemos?» Quizá la respuesta sea mucho más sencilla de lo que parece.
Ofrecer tiempo para leer juntos, cocinar, jugar en familia, visitar un museo, salir al campo, construir algo con las manos o simplemente pasear sin un destino concreto.
Los niños y niñas no necesitan estar entretenidos constantemente. De hecho, el aburrimiento también puede convertirse en un motor de creatividad cuando encuentran espacio para imaginar, inventar y resolver pequeños retos por sí mismos.
Educar no consiste únicamente en poner límites. También significa crear oportunidades para que aparezcan otras formas de disfrutar. La polémica generada por unas declaraciones televisivas puede desaparecer en unos días, sin embargo, la reflexión educativa permanece.
Quizá los centros escolares puedan seguir recuperando espacios donde el aprendizaje ocurra también fuera del aula: patios más naturales, proyectos en el entorno cercano, excursiones que permitan conocer el barrio o metodologías activas donde el alumnado participe con todo su cuerpo y no únicamente mirando una pantallas.
No se trata de elegir entre innovación tecnológica o naturaleza. Ambas pueden convivir cuando cada una ocupa el lugar que le corresponde.




