Tengo que reconocer que estaba nervioso. Desde que nos enteramos que el fenómeno astrofísico se vería en todo su esplendor en la franja donde tenemos nuestra casa en un pueblo de Segovia teníamos claro que de ninguna manera podríamos dejar pasar la ocasión de contemplarlo.
Las estrellas, los planetas, sus satélites, las galaxias, todo el universo está en nuestro imaginario más profundo y lejano. Hemos viajado miles de veces por toda nuestra galaxia en naves prestadas por los libros o por las películas de ciencia ficción. Hemos sido tripulantes en el Enterprise y hemos ido hasta el infinito y más allá. Nuestra imaginación vuela con cada amanecer o atardecer, con el cielo estrellado, con las auroras boreales o australes.
Y este 12 de agosto de 2026 nos ha traído uno de los mayores espectáculos naturales a la puerta de casa, con un cielo completamente despejado y el Sol en un punto perfecto del horizonte vespertino.
Según todo lo que había leído las expectativas eran muy altas, los científicos casi nos estaban rogando que si nos encontrábamos cerca de la zona del eclipse total no dejáramos de ir a verlo, que no era lo mismo un 99,98 que un 100 por cien, que la diferencia parecía mínima pero que esa era la gran diferencia.
Entretuvimos el día con un buen paseo, una buena comida y una buena siesta para tener la mente y los ojos, benditos ojos, completamente despejados. Y a eso de las siete llegó el momento de partir hacia nuestra cita con los astros que nos acompañan eternamente. Como hemos dicho estaba despejado y hacía, lamentablemente, muchísimo calor.
Eran las siete y media de la tarde, por el camino del Redondo, a unos dos kilómetros de casa, se encontraba el lugar elegido para la observación.
Pero nos costó llegar, casi con riego de una insolación, pero antes del Cordel de los Arrieros encontramos refugio en una pequeña arbolada que nos dio la sombra suficiente para recuperarnos y vigilar a nuestro anfitrión.
Quedaban pocos minutos para que comenzara el espectáculo.
La Luna, cuando es noche y está visible, es la absoluta reina del cielo, pero si está el Sol la cosa cambia radicalmente, puede estar muy cerca y ser completamente invisible a nuestros ojos. Pero hoy estaba ahí al lado, acechando el momento justo de acercarse por la derecha en un movimiento lento pero inexorable. Las gafas que necesariamente teníamos que ponernos empezaron a ser útiles.
Ya eran casi las ocho de la tarde, y nuestro satélite había conquistado la mitad del Sol.
Sin embargo, éste, tan potente, tan inmenso, tan enérgico parecía no inmutarse, seguía su declinar hacia el horizonte sin importarle que le pudieran estar robando protagonismo.
A nuestro alrededor la luz iba cambiando, el brillo de los trigales se iba atenuando, el cielo a nuestras espaldas comenzaba tornarse gris. Parecía que se pudiera estar fraguando una tormenta en retaguardia.
Entre las ocho y diez y las ocho y media la ocupación lunar de la superficie solar iba en aumento pero a simple vista seguimos sin poder mirar al sol, su fuerza seguía siendo extraordinaria, pero algo estaba cambiando…
Los pájaros se acercaban a los árboles, el calor asfixiante dejaba paso a una ligera bajada de la temperatura, una suave brisa se estaba levantando y nos refrescaba nuestros cuerpos sudorosos.
Las sombras que se proyectaban hacia el este adquirían un color con unas tonalidades hasta ahora desconocidas.
A las 20,31 ocurrió. Todo cambió y la tarde se convirtió de pronto en una noche desconocida. Habíamos estado observando cómo la Luna iba cerrando su cerco sobre el Sol, pudimos contemplar el Anillo de diamantes y a continuación casi cerrando el círculo la Perlas de Baily. Hasta ahí el 99,9 por ciento, algo extraordinario y bellísimo, pero en ese uno por ciento que faltaba estaba escondido el mayor espectáculo que se puede apreciar a simple vista.
Era el momento de quitarse las gafas, disponíamos de tan sólo treinta segundos, en nuestro lugar de observación, para el éxtasis, estábamos contemplando la Corona solar, las llamaradas de energía que escapan del Sol para encontrarse, quizás, con nuestra atmósfera.




Apenas podíamos hablar, el vello se nos puso de punta, una extraña oscuridad nos invadió, y la contemplación de esos dos anillos, uno el de la Luna inmensamente negro ocupando todo el área del Sol, que por unos momentos nos permitía ver su inmensa fuerza y belleza sin lastimarnos. No puedo encontrar más palabras para explicar lo que sentimos, pero coincidamos en que había sido lo más maravilloso que nuestros ojos habían contemplado.
Observamos el resto del atardecer, con un sol anaranjado, inmenso sobre el horizonte y la Luna devolviendo poco a poco el terreno ocupado, fuimos deshaciendo nuestro camino con la certeza de haber asistido un hecho extraordinario aunque continuamente repetido en el recorrido de nuestros astros por sus órbitas espaciales. Nos hemos convertido en cazadores de eclipses totales.




