Las Islas Malvinas y otro despojo imperial de la piratería inglesa

Desde el partido de fútbol en que la Selección Argentina, entonces campeona del mundo, derrotó a los ingleses, dos fenómenos sociales surgieron, una campaña antiargentina en las redes sociales y medios alrededor del mundo (con cierta anuencia local por conveniencia u oportunismo político ante graves problemas), y la reivindicación de unas islas cuya existencia muchos desconocen.

En varias oportunidades intenté escribir sobre las Islas Malvinas, pero sentí que estaba con el paso cambiado, no era el momento, y no imaginé que un partido de fútbol reivindicase lo que había sido dejado de lado por la política, exprofeso y en contra de los intereses de la Nación. Consideré que más allá del corpus legal, de los incuestionables derechos sobre este territorio usurpado por la piratería inglesa, se habían perdido muchas vidas inocentes en una aventura bélica traicionada por los cuatro costados, comenzando por nuestra propia casa y vecinos allende la cordillera.

Recuerdo haber enviado a los periódicos algunas notas, jamás fueron publicadas. Y desde ese partido épico, emergió un fenómeno social que me recuerda en cierta medida al cisne negro del libanés Taleb.

Más allá de la disputa acerca de quien divisó primero las islas y la controversia de la soberanía entre Francia, España y Gran Bretaña, el primer mapa pertenece a la expedición de Magallanes (1520). Hubo distintas ocupaciones del territorio, pero no hay duda de su dependencia del Virreinato del Río de la Plata, hasta que en 1810 nos independizamos de España y, la Argentina las ocupó con población de aquí e incluso tuvo gobernadores como Luis Vernet. Pero en 1833 fue usurpada por las armas británicas, no sin el visto bueno de los Estados Unidos, que heredó la vocación imperialista británica y estuvo detrás del conflicto, incluso empleando la doble vara.

Las islas, a tan solo 550 Kilómetros de la costa patagónica, están en un archipiélago que asienta sobre la plataforma submarina continental de Argentina, evidencia de la continuidad natural del territorio nacional. Si bien España permitía la navegación por los mares de franceses e ingleses, esto no significaba que con carta de corso hicieran asentamientos, llevaran colonos, saquearan y se apropiaran de sus recursos.

Generaciones de historiadores han investigado y son innumerables los libros que se han escrito dando argumentos sólidos al reclamo argentino. Lo cierto es que la queja promueve una grieta profunda entre el pueblo y parte de su dirigencia, que siempre privilegió sus propios intereses.

Desde que fueron invadidas, Argentina jamás dejó de reclamarlas, con momentos de mayor y menor tensión, según el gobierno de turno. Creo que es difícil interpretar emocionalmente nuestra posición sin ser argentino, pues, desde la infancia existe la tradición de enseñar su historia, y las maestras nos enseñaron que no debíamos claudicar en su reclamo.

Los que vivimos los sucesos de 1982, tenemos presente el contubernio entre Reagan, Thatcher y Pinochet. La prueba reciente es que según los medios, con información filtrada del Pentágono, Trump enojado por la falta de apoyo militar de sus aliados de la OTAN contra sus aventuras en Medio Oriente, dejaba entrever que podría «reconsiderar» el respaldo diplomático a la soberanía británica sobre Malvinas…

La Argentina está colmada de pactos secretos, funcionarios cipayos, acuerdos a espaldas de la población, en una suerte de subestimación del ciudadano de a pie, en la convicción de que a éste se le puede engatusar sobre cualquier tema, pero en el de Malvinas, cuidado, la totalidad de la población está de acuerdo en su recuperación, claro que ya no «a sangre y fuego», como sostenían en sus campañas políticos de opereta.

La explotación y depredación en torno al mar que surca las islas está fuera de todo control. Su proximidad al Estrecho de Magallanes (unas 300 millas náuticas) ya no tiene el interés geopolítico que tuvo cuando no existía el Canal de Panamá (1914).

Está claro que la soberanía exige, además de defender y proteger el territorio y las propias fronteras, evitar perder autonomía por dejar de controlar los recursos naturales, infraestructuras y tecnologías que permiten el desarrollo de un país. No se puede abandonar el control de lo que hace a la libertad de decisión de una nación. Y aquí no hay visión estratégica.

En efecto, con proyección de futuro no se integra la ciencia, la tecnología, los recursos medioambientales y la biodiversidad (agua, energía, minería, pesca, agricultura, ganadería), así como la infraestructura, capacidad defensiva, política exterior y desarrollo económico (macro y micro), cual política de Estado, sin importar el gobierno de turno. Las prioridades son las de los políticos y las corporaciones empresariales que hacen negocios con el Estado y del que se enriquecen a su costa.

Gran Bretaña, Estados Unidos, la ONU, saben que las islas pertenecen a la Argentina, pero simulan estudiar el conflicto como si estuviesen abordando un laberinto cognitivo.

Un pequeño detalle, cuando la Junta Militar decidió ir a la guerra, además de enviar a la primera línea a chicos de dieciocho años para poner el cuerpo («los chicos de la guerra»), cuidó con celo los negocios e intereses económicos y financieros de Gran Bretaña, y fue reconocido en plena guerra por Margaret Thatcher. Es curioso, porque la lógica de la guerra suele ser que ésta se plantee en todos los frentes y, el talón de Aquiles de los ingleses fue, ha sido y es ese, lo demuestran las relaciones bilaterales a lo largo de la historia, por eso constituye el único tema que podía obligarlos a negociar.

Desde el gobierno del general Bignone que inició la transición, en adelante, la política fue de «desmalvinización», es decir, el olvido debía borrar los hechos y consecuencias, como si los sentimientos nacionales pudiesen manejarse por decreto y, aquí nada pasó…. Pues bien, se equivocaron, creo que ha llegado la hora de implementar con inteligencia y firmeza la «remalvinización».

Roberto Cataldi
Roberto M. Cataldi Amatriain es Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Complutense de Madrid, académico, catedrático de medicina interna en universidades de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), ensayista, humanista, bioeticista, en suma, un exponente de Las Dos Culturas, también un intelectual, con varios libros publicados y artículos de interés general.

DEJA UNA RESPUESTA

Escribe un comentario
Escribe aquí tu nombre