En la Argentina, como en tantos otros lugares, las interpretaciones anacrónicas y la patología del poder están a la orden del día, y se han convertido en un declive moral.
Para la ciencia las enfermedades mentales no son contagiosas, aunque en ciertos casos, confieso, me asalta la duda…
Y no haré diagnósticos de enfermedades mentales, pues se lo dejo a mis colegas psiquiatras, solo mencionaré ciertas desviaciones de conducta verificables en líderes, que asientan, en una impunidad absoluta y falta de respeto a las leyes (sin conciencia de límite), ausencia de empatía al ignorar las necesidades de la gente (indiferencia social), obsesión por controlar todo y mandar caprichosamente (baja autoestima), apoltronarse en el cargo e implementar miedo, manipulando así la información y dominando a las personas.
En fin, quien presenta estas características, convengamos en que se distancia bastante de la psicología normal.
Vivian Green, autora del libro La locura del poder (1993), sostiene que, «Es terrible que aún hoy, igual que en la Roma clásica, los pueblos estén dispuestos a aceptar y aplaudir las promesas superficiales que les presentan sus dirigentes». Calígula creía en su naturaleza divina y, «vivía en un mundo de fantasía con manifestaciones estrafalarias». En efecto, el poder absoluto permitió a Tiberio y Nerón actuar como tiranos, mientras a Calígula, Cómodo y Heliogábalo proclamarse dioses.
Hitler, Mussolini y Stalin, tuvieron adolescencias traumáticas, fueron humillados, de ahí el resentimiento y, por eso, ya dictadores, proyectaron su baja estima en el abuso de poder. El periodista italiano Leo Longanese, autor del eslogan «Mussolini siempre tiene razón», advirtió: «Nada se defiende con tanto calor como las ideas en que no se cree». Y desde Calígula hasta nuestros días, en varios de los presidentes y otras autoridades, asoman claramente estas desviaciones.
Churchill, quien durante la guerra mantuvo correspondencia epistolar secreta con Mussolini, tenía ciertas toxicofílias, como consumo de habanos, quizás exceso de alcohol y opio (para algunos son mitos); tuvo momentos de lentitud mental, dificultad de concentración, inquietud, pero logró superar la depresión. Luego de la guerra sufrió tres accidentes cerebrovasculares que dejaron secuelas en el rostro, el habla y la comprensión, las que se ocultaron al público. Cuando habló en el congreso de su partido, sus allegados le solicitaron que dimitiese por los intereses de la nación y presentó su renuncia como primer ministro.
En la década de lo años noventa, a Abdalá Bucaram (su consultor en economía era Domingo Cavallo), el Congreso Nacional de Ecuador, a los seis meses de asumir lo destituyó por incapacidad mental, y en Argentina, Guido Di Tella, canciller de Menem, fue declarado inimputable por médicos forenses en la causa de venta de armas a Ecuador y Croacia debido a su deterioro mental; falleció por un accidente cerebrovascular.
En cuanto al anacronismo, error muy habitual por juzgar el pasado con ojos del presente, constituye un serio problema. Como ser, soy contrario a la esclavitud, pero no puedo interpretar la tesitura al respecto de los filósofos griegos, su entorno y conceptos de época, con la mirada de nuestros días.
Pues bien, sin el conocimiento de la historia y sin conciencia de situación epocal, podemos distorsionar el pasado, emitir juicios injustos, revelar falta de rigor histórico, y precisamente es lo que acontece hoy con aquellas elites que deberían dar el ejemplo, iluminando nuestra historia, con sus grandezas y miserias, sus luces y sombras, en vez de camuflarla para adoctrinar vilmente.
A la juventud argentina se le enseña una historia donde el ocultamiento de hechos trascendentes resulta patético, porque ésta debe acomodarse a la conveniencia de quienes detentan el poder. La historia oficial venera con el nombre de calles, plazas, y demás honras, a personajes que para nada fueron héroes, incluso algunos traicionaron a la patria por sus intereses personales, y de ello sobran evidencias.
Estimo que es hora de cambiar la mirada sobre el drama histórico que ha determinado la manera de pensar la política. Cada generación vive la realidad de manera diferente, tiene su propia cosmovisión, y actúa en consecuencia.
Siendo joven me enseñaron que al poder hay que cuidarlo, pero también que hay que cuidarse del poder. En efecto, el ejercicio prolongado o indefinido del mismo, suele desconectarnos de la realidad y generar conductas abusivas.
Los dirigentes honestos que quisieron corregir estos vicios fracasaron, no tuvieron apoyo popular, y mucho menos de los dueños del país. Por eso hemos desarrollado una enfermedad crónica, ya naturalizada, por conveniencia o agotamiento.
Sin embargo, existe un sector social con principios, valores y capacidad de trabajo que no claudica frente al miedo o la extorsión. Hoy la sociedad se sabe engañada y explotada, frente a lo que padecemos no hay cabida para más relatos. El ciudadano de a pie pretende una vida normal, con sus necesidades básicas resueltas.
Las peleas destempladas entre los líderes de diferentes países son mal vistas, pues no solo se saltan la diplomacia que está más alicaída que nunca, sino que caen en lo más bajo de los epítetos con la intención de actuar para la tribuna y, estar siempre en los medios.
Vivimos una política de bajos fondos. Y algunos en vez de dedicarse a la tarea de gobernar, se pasan horas y horas en las redes sociales, eludiendo la responsabilidad y la misión para la que fueron votados.
En fin, todo populismo (de izquierda o derecha) usa como fuerza de choque a los jóvenes, tienen un líder megalómano que niega lo evidente, arma su relato, reescribe la historia, no admite críticas que afecten su autoestima, elimina al que le hace sombra y, escoge un enemigo para polarizar. Estrategia y tácticas anteriores a nuestra era.
Lo cierto es que el mesianismo tiene miles de millones de muertos… Y lo trágico es que a veces los pueblos eligen, tal vez sin darse cuenta o presos del engaño, a quienes serán sus verdugos…




