
La comedia es un antiguo género narrativo que pretende entretener, donde el desenlace suele ser positivo. Pero en ocasiones, la comedia se convierte en tragedia, revelando el sufrimiento humano, con final penoso.
Comedia y tragedia surgieron en la Grecia clásica, siendo Aristófanes el padre de la comedia y Esquilo el de la tragedia. Ambos géneros pueden combinarse, dando lugar a la «tragicomedia», muy difundida en nuestros días, al punto de saltar a la vida real, y no precisamente como arte narrativo, sino como estilo de vida, de gobernanza, de manipulación de las masas.
En mi adolescencia practicaba deportes, me gustaba la lucha libre, el boxeo y el levantamiento de pesas. Lamento haber abandonado cuando ingresé a la Universidad. Entonces había un espectáculo televisivo que concitaba multitudes: «titanes en el ring» y, mi profesor era uno de la troupe, de ahí que conocí a algunos musculosos.
No faltaban los outsiders, como el conde Jaime de Mora y Aragón, hermano de la reina Fabiola; el legendario boxeador italiano Primo Carnera, ya deteriorado por su cirrosis hepática; y el japonés Chati Yokouchi, a quien presentaban como ex campeón mundial de judo.
Entre los ídolos, uno se destacaba, «el caballero rojo», con un físico muy trabajado y buena técnica, donde no faltaban las tijeras al cuello ni las patadas voladoras que arrancaban exclamaciones del público. Su caballerosidad con los adversarios era elogiada, aunque todo estaba actuado, y a veces, alguno se olvidaba y se le soltaba la cadena…
Pues bien, este hombre un día desapareció del ring, y tiempo después, con algunos kilos más, apareció en el Congreso de la Nación como diputado. Me enteré que era él por los medios, ya que luchaba enmascarado. Pero ahora su caballerosidad se había esfumado, ideológicamente estaba en las antípodas de los rojos, y sus intervenciones hostiles así como las bravuconadas, daban de comer al periodismo sensacionalista. Cuando se lo comenté a una colega que era mi residente, dijo: «jefe, la gente no cambia, él ahora demuestra quien es».
En 1938, la selección inglesa de fútbol, en el Estadio Olímpico de Berlín debió hacerle a Hitler el saludo nazi por orden del gobierno inglés, aunque previamente en el vestuario los jugadores se negaron, pero les faltó coraje para sostener la rebelión. Y no creo que la desobediencia hubiese producido lo acontecido en 1944, cuando exfutbolistas prisioneros en un campo de concentración de Budapest fueron obligados a jugar contra el equipo nazi para festejar el cumpleaños del Führer y, terminaron ganándole a los alemanes (historia recreada en la película «La disputa»).
En fin, está claro que el deporte fue, ha sido y es un instrumento ideológico de la política y la diplomacia con fines de propaganda, sin embargo, también lo es de la resistencia social.
El ejecutivo argentino, según la prensa, hizo gestiones de alto nivel para que la Selección al regresar concurriese a la Casa Rosada y saliese al balcón a saludar, lo que no sucedió. No es la primera vez que los jugadores rechazan invitaciones del poder y no se prestan a la foto, mostrando así su independencia de criterio y sentido de argentinidad.
En efecto, nuestros muchachos lo han manifestado en reiteradas oportunidades: estamos junto al pueblo, y al parecer es algo que no entiende la clase política ni los dueños del país… Un periodista acota que ante cuestiones emocionales, el presidente suele quedar atrapado entre la realidad y su laberinto discursivo.
Los veteranos de la política argentina, ya no tienen más que ofrecer para el futuro que la comedia de su pasado, y los recién llegados, inexpertos, algunos ignorantes, cuando no insolentes y soberbios, además de carecer de conciencia de límite, desconocen lo que sucede en la calle.
Los libertarios, que idolatran a Trump y Elon Musk como si fuesen deidades del Olimpo, creen que ya están ganando la llamada «batalla cultural»; olvidan que una batalla no es la guerra; frente a obstáculos a sus intereses o caprichos, denigran a las instituciones de la república y la democracia.
Entre los illuminati hay quienes postulan la sustitución del régimen democrático por modelos autoritarios supuestamente eficaces o incluso monárquicos (somos el único país de América que tiene una reina en Europa, Máxima), pero en Latinoamérica, más allá de las obscenidades de los que ejercen el poder, sería un retroceso inadmisible, además de estrambótico, ya que muchos sólo aceptamos las dinastías intelectuales.
Aquí como en todos lados, una parte de la sociedad se arroga el derecho a decidir sobre la vida de los otros, e ignora olímpicamente el derecho que tienen todas las personas al autogobierno, a la autonomía, a la propia dignidad. Y quien públicamente defiende estos principios, es mirado con ojos de comisario.
A partir de mediados del siglo dieciocho, como reacción a la Ilustración, apareció un neologismo, «cacouacs», derivado del griego y el francés (significa malvado), para burlarse de los filósofos de la Enciclopedia, y, a éstos que no les faltaba el humor, decidieron adoptarlo como forma irónica. Pues bien, hoy asistimos en el mundo a un movimiento globalizado que reflota la contrailustración, el oscurantismo, la anticultura…
Recuerdo que en la escuela secundaria solíamos leer las obras de Roberto Payró, un clásico criollo, quien proclamaba la célebre frase, «Se robaron todo», en alusión a los gobernantes locales después de la consolidación de nuestro Estado; asimismo señalaba el desprecio de los políticos por las leyes y, la connivencia de los poderosos con la política y el poder judicial. En fin, los clásicos no pierden actualidad, de allí que conviene releerlos.



