
A la entrada de Cañamero, un alcornoque casi centenario marcaba desde hace décadas la llegada al pueblo para quienes venían de la ermita de Belén o desde Guadalupe.
Ofrecía su sombra protectora sobre el cuidado rinconcillo ajardinado que hay entre la subida de la calle Pizarro (o de la Poca Pringue, como deseen) y la parada del autobús (o saure, si usamos el habla cañamerana). Un árbol casi centenario.
Al otro lado, queda alguno de la misma estirpe y algún gran algarrobo de la misma época. No muchos, entre los que mi padre vio plantar de niño en los márgenes de la carretera, calculo que hacia 1930. Cuando paseábamos, él me lo recordaba de vez en cuando.
En Cañamero, estamos rodeados de matorrales y bosques, de plantas y árboles muy variados. Y no siempre valoramos lo suficiente ese enorme patrimonio natural.
En junio de 1908, Miguel de Unamuno subió por el camino ahora llamado de Isabel la Católica y reflejó su entusiasmo al atravesar «los más espesos y frondosos bosques de los que en mi vida he gozado».
Según escribió: «Jamás ví castaños más gigantescos y más tupidos. Y nogales, álamos, alcornoques, robles, quejigos, encinas, fresnos, almendros, alisos junto al regato, y todo ello embalsamado por el olor de perfumadas matas».
En Extremadura, entre esa floresta espléndida, hay unos sesenta árboles singulares que gozan de una especial protección. Tienen nombre y apellido. De unos cuantos se sabe que tienen cientos de años, de un cierto número de ellos es imposible saber su edad.
Al Roble Grande La Solana (en Barrado, en la provincia de Badajoz) se le calculan trescientos años de edad. Más o menos lo mismo que al llamado Almendro Real de Valverde de Leganés (Badajoz). Los dos castaños singulares de Escondelobo en Casas del Castañar; y otros cinco de su misma especie que hay en Segura de Toro (en el Valle de Ambroz) tienen unos setecientos años cada uno.
A la encina La Terrona de Zarza de Montánchez, se le calculan ocho siglos de vida. Tiene casi diecisiete metros de altura y diez más de máximo de copa.
En Extremadura, también hay tejos, una magnolia y al menos un olivo con especial declaración de singularidad.
Quienes crecimos yendo hacia Guadalupe atravesando el castañar de Mirabel tenemos un sentimiento particular hacia el Castaño del Abuelo, a pesar de su deterioro.
Hay varios castaños señalados como singulares en el cercano pueblo de Castañar de Ibor. En la Lorera de la Trucha (Alía) hay un estimable conjunto de loros (prunus lusitanica), árbol considerado como una reliquia arbórea de los bosques del Terciario.
En Berzocana, están El Mesto de la Dehesa (mesto, híbrido de varias especies de Quercus) y el más famoso Roble de la Nava, con edad estimada de unos cuatrocientos años.
El alcornoque abatido que indiqué al principio tenía una gran historia, y aunque no llegara al nivel de los que acabo de mencionar, sé que acompañó la vida de mi padre. Eso me basta.
En este punto, debo decir que sobre árboles hay para mí dos libros breves y decisivos: L’homme qui plantait des arbres («El hombre que plantaba árboles»), que el autor Jean Giono escribió y publicó justo el año de mi nacimiento, y Arbres («Árboles»), del poeta Jacques Prévert, contemporáneo de Giono.
El primero cuenta la historia de un campesino y pastor, «sin cultura», que planea su vida de aislamiento en los montes manteniendo un empeño moral permanente para plantar árboles en una región en la que los bosques iban perdiéndose por razones distintas, mientras se vaciaban de vida y habitantes las montañosas aldeas cercanas.
En el segundo libro, el poeta Giono sugiere que los árboles saben hablar a los hombres, aunque éstos no lo comprendan siempre, y afirma que saben que morirán como los demás seres vivos.
De modo que creo que el alcornoque sin nombre abatido por el tiempo a la entrada de Cañamero, contenía también –sin que nos diéramos cuenta– vida y sabiduría.
Asumo que su inclinación tras las intensas lluvias del invierno hicieron inevitable su tala. Soy consciente de ello, aunque no puedo olvidar que los árboles son también seres vivos que nos regala la tierra.
El poeta Antonio Machado decía de las encinas (y citaba las de Extremadura) que son «el campo y el lar/ y la sombra tutelar/ de los buenos aldeanos/ que visten parda estameña/ y que cortan vuestra leña con sus manos».
He visto árboles desplomarse en silencio, sin que que me hubiera dado cuenta de su pausado deterioro. Caen muertos como si fuera de repente.
Soy testigo de que ese alcornoque abatido se inclinaba cada vez más y amenazaba con caer sobre alguien y que por eso lo cortaron. No por ello dejaré de echarlo de menos.
Su sombra y su figura me ayudaban a elevar la mirada. Nuestros árboles también viven y mueren, como cansados peregrinos del tiempo.
- Este artículo se ha publicado en julio de 2026 en el número 9 de la ‘Revista de Cañamero’, publicación local anual que edita el Ayuntamiento de Cañamero (provincia de Cáceres, Extremadura, España).
- El autor no autoriza un enlace a la localización de Cañamero en el mapa para evitar una llegada masiva de curiosos
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