En el tablero político, las palabras nunca son inocentes; son munición de grueso calibre o aduanas ideológicas. Cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, recurre al refranero popular y despacha una controversia asegurando que el líder de su partido, Alberto Núñez Feijóo, «tiene más razón que un santo», no está haciendo costumbrismo lingüístico. Está ejecutando una maniobra de alta precisión: la construcción de un corralito moral inexpugnable.

La frase, un fósil cultural del catolicismo, sufre una mutación de ingeniería política cuando se pronuncia desde el atril de la Real Casa de Correos. En una sociedad laica, el «santo» ya no es una figura de los altares, sino el arquetipo de la neutralidad y la pureza, el ser libre de intereses ocultos o espurios. Al arropar las tesis de Feijóo bajo este manto, Ayuso no invita a la fiscalización de los datos ni al contraste de políticas públicas; congela la discusión. Eleva la línea de las siglas a la categoría de dogma civil.

A través de esta retórica, la presidenta madrileña delimita con tiralíneas las fronteras de su territorio. Dentro del corralito moral se ubican la sensatez, la libertad y la razón pura, casi científica, desprovista de sesgo. Fuera, en la intemperie del adversario, solo queda la sinrazón, el dogma ideológico o la mala fe.

Sin embargo, en este juego de espejos, el verdadero objeto de disputa no es el contenido de la agenda. El centro del debate público actual no es la gestión de la inmigración, los flecos de la ley de nietos o el control de las bajas laborales; esos son apenas los decorados intercambiables de la semana.

El verdadero conflicto, el juego de poder real, es puramente metapolítico: el debate es quién da o quita la razón. No se discute el qué, se disputa el monopolio de la verdad. Y es precisamente ahí donde la lógica del corralito moral opera en dos frentes simultáneos, dentro y fuera del partido.

Fuera del partido: la aduana de la cordura civil

De cara al exterior, frente al Gobierno y los focos mediáticos, la consigna de la infalibilidad busca la demolición preventiva del rival. Al patrimonializar la «razón del santo» para la causa, Ayuso privatiza el sentido común.

El objetivo ya no es demostrar que los datos de la Moncloa son erróneos mediante una contraprueba técnica, sino despojar al adversario de la capacidad misma de tener razón. Si el rival queda fuera del corralito, sus argumentos sobre las bajas médicas o la inmigración nacen muertos. No son propuestas alternativas; son, por definición del marco impuesto, agresiones a la lógica de los ciudadanos o delirios partidistas. La oposición o el Ejecutivo central ya no son interlocutores legítimos con otra visión de la gestión pública; son un cuerpo extraño inhabilitado moralmente para expedir certezas.

Dentro del partido: el visado de la soberanía retórica

Pero es de puertas para adentro, en el ecosistema de las propias siglas y en la compleja sintonía entre Génova y la Puerta del Sol, donde el mecanismo de la frase se vuelve verdaderamente bizantino y maquiavélico. Cuando Ayuso se apresura a jalear el discurso de Feijóo sentenciando que «tiene más razón que un santo», la pirámide de poder formal se invierte de forma subterránea.

Bajo la apariencia de la adulación sumisa, el respaldo sin fisuras y la disciplina de filas, la baronesa madrileña comete una sofisticada usurpación del trono… y del aparato.

Para dictaminar que Feijóo está en lo cierto, la emisora debe erigirse primero en Tribunal de la Verdad, arrogándose la autoridad intelectual y política de evaluar a la cúspide. En una organización jerárquica, el poder real debería fluir orgánicamente desde quien ostenta el mando hacia la base. Al alterar esta dirección, quien hoy puede certificar la ortodoxia y santificar la palabra del presidente de la formación se posiciona silenciosamente como la dueña de las llaves de la organización.

Ya no es el jefe quien valida a su estructura territorial; es Madrid quien lo somete a su visado diario. Feijóo deja de ser la fuente de la doctrina para convertirse en un actor condicionado que necesita que su principal activo electoral le firme el carné de la cordura ante la militancia.

Quien controla el criterio para decidir cuándo Feijóo «tiene razón» controla el termómetro interno del partido. Es el paso de la disciplina de mensaje a la soberanía retórica: un aplauso de corte que, en el fondo, opera como una OPA hostil al control de la narrativa y de las propias siglas.

Quien hoy te corona como santo dentro y fuera de la organización es quien mañana posee el derecho exclusivo de declarar tu apostasía, levantar las vallas del corralito y reclamar tu plaza.

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