Paseando por el centro de mi ciudad, al ir a tomar un café en uno de los más antiguos de la plaza, reparé en un cartel que había pegado en una de las ventanas del establecimiento, decía más o menos «Se necesita personal con la documentación en regla».
Este sencillo, y desesperado, anuncio ponía de manifiesto la situación en la que se encuentran muchos sectores de la economía española. Apelan a extranjeros, obviamente, los nacionales se supone que tenemos los papeles en regla.
Somos conscientes de la necesidad de trabajadoras y trabajadores que necesitan nuestras empresas, pequeñas, medianas y grandes. Sectores como la hostelería, la construcción, la agricultura, las residencias de personas mayores, los hogares particulares, el mantenimiento de las ciudades, si nos paramos a pensarlo sabemos que sin las personas que han llegado de fuera no se podría mantener nuestro país.
Hubo un tiempo en España que desde las zonas de emigración, sobre todo del sur de la península, de donde tantos provienen, la gente se marchaba de sus pueblos buscando una vida mejor, salir de la pobreza, dar un futuro a sus hijos e hijas, para dirigirse hacia los grandes centros económicos del país, favorecidos por el anterior régimen.
Pero no todos eran bienvenidos, en las estaciones de tren o autobuses la policía rechazaba a españoles de esas zonas porque no llegaban con los «papeles en regla» o no tenían una casa donde alojarse (¿se acuerdan como nacieron los poblados chabolistas?), o no tenían un contrato de trabajo, aunque todo el mundo sabía que lo había, en las grandes fábricas o en las ciudades dormitorio, como ésta en la que habito, que se estaban construyendo para esa mano de obra barata.
Nosotros, los españoles, también hemos sufrido, aquí y en Europa, los rigores del rechazo por venir de zonas más pobres.
Se muestran a favor de su acogida la Iglesia Católica española, Caritas, los empresarios, los sindicatos, la mayoría de la población que necesita alguien que cuide de sus mayores, en residencias o en sus casas, que les ayude con las tareas del hogar, pero también que nos atiendan cuando vamos de cañas, sí las famosas cañas de Madrid y de España entera, o que mantengan nuestras ciudades. Necesitamos tanto a las personas inmigrantes como ellas necesitan nuestro país para encontrar un futuro mejor.
No hagamos de algo necesario y razonable otra bronca política. No me puedo imaginar ya esta ciudad sin personas andaluzas, extremeñas, castellanas, africanas, europeas, orientales del medio o del lejano oriente y, por supuesto, sin latinoamericanas.




