
Con motivo del nonagésimo quinto aniversario de la proclamación de la Segunda República Española he querido hacer un pequeño homenaje a aquellas personas que fueron las víctimas olvidadas del golpe militar y de la posterior y dura represión del régimen franquista.
Aquellas personas que con profundas convicciones democráticas fueron perseguidas, torturadas, condenadas a muerte o a cadenas perpetuas.
Aquellas personas fusiladas en las cunetas, enterradas en ellas y olvidadas para siempre.
Hicimos una transición que en gran medida recuperó el espíritu de esa república y que nos ha permitido vivir una larga época de progreso y libertad, pero que no tuvo la valentía, o la fuerza necesaria, para honrar a las personas que murieron y sufrieron por defender ese progreso y esa libertad, condenándolas al olvido.
La historia la cuentan los vencedores, y poco a poco, historiadores e historiadoras con formación académica nos van acercando en mayor o menor medida, con más o menos objetividad a los hechos reales que sucedieron en el devenir de los acontecimientos históricos.
Pero, desde mi punto de vista, hay otra historia, tan real e importante como la académica, que es la que cuentan las personas que las vivieron y que dejaron constancia de ella bien directamente o bien mediante el recuerdo que dejaron en sus descendientes.
En 2024 nos hicimos eco en Periodistas en Español de algunas de ellas, como la novela escrita por Francisco Angulo Serrano con las vivencias que su padre dejó escritas completadas con los relatos de sus familiares en la novela titulada Entre sueños y cenizas, publicada con el seudónimo de Frank Córner y en la que nos encontraremos en el frente de Málaga, en la Desbandada, en las cárceles franquistas y en el Madrid de toda la postguerra vivido en sepulcral silencio por el padre del autor.
O La saga de Joselín, escrita por José de la Peña, en la que recupera la vida de su padre para recorrer con él todos los escenarios de la guerra y el posterior exilio en Francia, cómo se vivió desde el exilio la frustración de la llegada de la democracia a España, sintiendo que de nuevo fueron los grandes olvidados.
Y siguiendo dando voz a los descendientes de los verdaderos perdedores de la guerra, porque a pesar de lo que algunos académicos digan no todos perdieron lo mismo, nos encontramos con Nébeda, escrita por Emilio Silva Barrera, en la Editorial Alkibla, una novela en la que muere el silencio del autor para recuperar la memoria de los suyos. Ya ha sido reseñada en las páginas de Aquí Madrid y Periodistas en Español por Julio Feo en una profunda reseña que contextualiza tanto al autor como al texto. Por mi parte me he permitido un pequeño comentario de lo que como lector me ha parecido.
Nébeda, título de este libro, es el nombre de una planta aromática, también conocida como menta de gatos, que para el autor tiene un significado muy profundo, tan profundo como la historia familiar que trata en la novela.
Antes de adentrarse en la ficción que narra la trama central del libro Emilio Silva ha considerado oportuno un prólogo que explique la necesidad de la ficción que se desarrollará en los cuatro capítulos de la novela propiamente dicha. Y es un prólogo realmente necesario ya que entenderemos los motivos de su escritura, de la necesidad de contar lo que le pasó a su abuelo paterno, Emilio Silva Faba, asesinado por cuatro falangistas en octubre de 1936 por haber cometido el delito de ser «un militante de Izquierda Republicana que luchaba por la igualdad entre las personas, por una enseñanza pública y laica, por una revolución armada de cultura, que quería emancipar a la sociedad de su atraso secular, del escarmiento del nacionalcatolicismo, de su feudal forma de administrar el poder y las oportunidades».
Es necesario ese prólogo para acabar con el silencio, para denunciar el olvido que ha sufrido este país con las víctimas de la dictadura militar que sufrimos durante cuarenta años y que, en un pacto, ciertamente, vergonzoso, decidimos ocultar, callar para que llegara la democracia. Ni siquiera nos hemos permitido del todo desenterrar de las cunetas, de las vallas de los cementerios, de las fosas comunes, a las personas asesinadas del bando republicano para que sus familiares les pudieran velar dignamente. Una democracia asentada en un olvido imperdonable.
Pero si alguien quiere, puede obviar este prólogo, no lo recomiendo, y adentrarse en una novela estremecedora por la trama que desarrolla. Todos los hechos narrados son reales, o pudieron haberlo sido, tanto da, es un relato conmovedor que nos atrapa, unos personajes que irán volviendo a la vida a medida que uno de los protagonistas, Justo Faba, hijo de Arsenio Faba, trasunto del real Emilio Silva Faba, va recorriendo el pueblo en su vuelta después de un exilio de cuarenta años.
Durante los tres primeros capítulos volveremos a los años treinta del siglo pasado para conocer mediante la memoria de Justo que los encuentra en cada rincón, en cada casa, en cada callejón, a Pedro el Pelagatos, al Cuco, a Manuel el filósofo, a Feliciano Brutomucho y sus líos con las abejas, a Camila y su cálido cuerpo. Habitantes de Pereje, una pequeña población del Bierzo que sufrió como el resto de los pueblos españoles la brutal llegada de los sublevados que impusieron su orden a fuerza de terror, miedo, escarmiento, y eliminación física de los que consideraban enemigos.
En ese regreso se reencontrará con Avelino y Alfredo para juntos recordar qué fue lo que sucedió, cómo tuvieron que vivirlo, cómo fue el exilio. Estos tres protagonistas, ancianos ya, aún no han perdido todas sus fuerzas y estarán dispuestos a dar un último y sorprendente golpe.
En el capítulo cuarto el autor retoma la vida de Arsenio (Emilio Silva Faba) para narrar sus últimos días, una vez que los falangistas toman el poder en el pueblo y comienzan a imponer su ley, en un relato que nos irá encogiendo el corazón hasta su triste y fatal desenlace.
La novela de Emilio Silva es, en mi opinión, un muy buen relato que en la parte de ficción mantiene bien la trama, nos describe perfectamente tanto a los personajes como el terreno, introduciéndonos en los paisajes del Bierzo, en sus tradiciones, en esas historias que pasaron o pudieron pasar.
Así que estamos ante una buena novela. Pero también es un extraordinario ejercicio de memoria histórica que al autor puede haberle servido para ajustar cuentas con su propio pasado, para recuperar un poco de paz y sosiego, para llenar de palabras tantos silencios. Pero para los lectores el regalo es aun mayor, es conocer la historia contada por los verdaderos protagonistas no por los que se hicieron con el poder y construyeron su relato.
La lectura de este libro supone también un homenaje a todos los olvidados, protagonistas de la defensa de los valores democráticos en los tiempos más difíciles, en la guerra y la posguerra, supone en alguna medida un desagravio, el desagravio y reconocimiento que no hemos sabido dar con la llegada de la democracia, tantos años después.



