Miguel Á. Moreta-Lara[1]
A Antonio Abad y a mí nos une una similar y asoleada infancia en tierra norteafricana. Esta experiencia ha marcado una gran parte de su obra literaria, como saben quienes lo hemos venido leyendo, particularmente novelas como Quebdani (1997), El renegado (2021) o La mudanza (1997).
Si señalo esta circunstancia no es por resaltar mi coterraneidad con Antonio Abad, sino porque esa ubicación fronteriza y transmediterránea define su persona y su obra. Y esto no han dejado de señalarlo varios de sus críticos, atentos a su literatura, como la argentina Gladys Rosemberg en un estudio sobre tres poemarios (Alas de tigre, dientes de paloma. La articulación de la mitología griega y la tradición arabigoandaluza en tres obras de Antonio Abad), como el rifeño profesor de la universidad de Agadir, nuestro común amigo Mohamed Abrighach, en su ensayo Entre el Rif y Melilla. Nuevos espacios fronterizos en la narrativa magrebí de Antonio Abad (2017), o como la catedrática de Literatura, la melillense Sultana Wahnón Bensusan, autora del prólogo del libro que hoy comentamos.

Abad es artista de muchos palos: poeta, narrador, cuentista, pintor, crítico de arte, editor y ensayista… De Nador a Nueva York, su última obra, explora un subgénero de generosa tradición en las letras universales, el de la novela epistolar. Esta larga carta, sin embargo, esconde las obsesiones vitales, estilísticas y literarias de toda su obra: la voz femenina, el territorio mágico del Rif, la fragua infantil de la sentimentalidad, la otredad mudéjar, el arte…
Antes de nada, quiero apuntar lo que podríamos denominar la materialidad de la escritura. El autor en conversación privada me confesó haber escrito la novela en papel y con estilográfica en un intento de transmitir a su narración el tempo y el ritmo de la escritura epistolar.
«La caligrafía es el sismógrafo del alma», apuntó una vez Franz Kafka. A esta circunstancia -la de escribir con pluma sobre papel-, transmisora del latido cordial de lo corpóreo, no es ajena la situación escrituraria de la narradora, como se explicita a lo largo del texto, lleno de alusiones a las cuartillas, la letra desordenada, las tachaduras o el cansancio de escribir. Cito solo algunos ejemplos:
Cuando escribo, algunas lecturas me persiguen […].
[…] el rasgueo del plumín de la estilográfica con la que te escribo […]
[…] como si una extensa mancha de tinta hubiera caído sobre lo escrito de una carta, y no se pudiera leer.
Pero quien bien escribe, bien ha leído: también Abad aborda largamente la fenomenología de la lectura; podría pensarse que es algo subsidiario a la trama: antes bien, resulta determinante para la construcción de la protagonista, alter ego del autor, y por otra parte es un estilema presente en todas sus obras. Así, en esta carta la mujer que escribe confiesa refugiarse en la lectura y menciona Mujercitas o La isla del tesoro, aparte de otras referencias a Ana Karenina, a Los miserables (película y libro) o a la revista cubana Bohemia. También confiesa que «el mayor castigo fue que no hubo nada para leer durante algunos de los largos períodos de mi reclusión». La lectura, igual que el cinematógrafo, se erigen como espacios sagrados del amor, del sueño y de la sentimentalidad en formación.
El libro plantea, entre otros temas fundamentales, un enigma vital, el de la infelicidad («Los dioses les tienen envidia a los humanos y no soportan que la felicidad perdure»), a través de la dramática peripecia biográfica de una mujer abusada y abusadora. Como sugerí al principio, darle voz a una mujer es un recurrente tema de Abad, que se une a otras obsesiones, como es el de explorar la infancia –cuna de la sentimentalidad adulta– y un lugar geográfico muy preciso, vinculado a acontecimientos autofictivos, alzando un mapa que va de Melilla a Nador y San Juan de las Minas, entre Segangan y Uixan.
El territorio físico trazado se constituye así en uno de los principales personajes de la novela, a tal punto que la evolución anímica de la protagonista, así como el conjunto del paisanaje, gira y progresa al ritmo de la producción del mineral y de la organización de la Compañía Española de Minas del Rif, una empresa en manos de avariciosa gente muy avezada en cuestiones financieras (Güell, Zubiría, conde de Romanones y otros).
Apunta la narradora que «a los obreros rifeños se les explotaba más que a los nuestros, y al mismo tiempo se les obligaba a vivir apartados». Pero, además de las referencias coloniales, es muy original el proceso de personificación al que somete a las minas de Uixan, que se metaforizan numerosas veces a lo largo del texto. Unos ejemplos:
El silencio era las rejas de mi prisión, más fuerte y más recio que el hierro que se obtenía de las minas de Uixan.
[…] el polvo rojizo que bajaba de los crestones de Uixan flotaba en el aire como si una niebla fantasmal hubiera cubierto mi maldita existencia.
La desgraciada mujer protagonista es absolutamente consciente de esta vinculación: «Ya ves que recurro a esta analogía porque la razón de mi existencia se vio envuelta en ese destino común; como si yo perteneciera al mismo material que extraía la CEMR [Compañía Española de Minas del Rif], que ya sabes cómo acabó».
Las alusiones históricas son pocas pero decisivas para la marcha del relato. Así, el marco temporal juega con la mención a la hazaña del cosmonauta Gagarin (12 de abril de 1961), la muerte de Fidel Castro (25 de noviembre de 2016) o la emisión radiofónica de la conocida canción de Antonio Molina (Soy minero). Hay otras utilizadas para la construcción de los personajes, como los padres de la narradora (Gloria y Benigno Ramírez, maestro represaliado tras la guerra civil española), o la de la pareja formada por un soldado regular y la mujer violada por él, Hadum y Juana, la represión en el Rif poscolonial, etc.
Por encima de todo ello, tras la lectura de esta carta/novela, quedan en el aire –como un perfume- las reflexiones sobre la infelicidad, el amor, el arte, el paso del tiempo o el dolor: «El sufrimiento nos vuelve incapaces para la caridad; solo cuando olvidamos nos permite sentir el dolor de los otros y compartir la ausencia». El tema tratado, el de la infancia abusada, ha germinado en la pluma de Abad como una delicada –con momentos trágicos y sangrientos- y conmovedora novela que es imposible no leer del tirón.
- Miguel Á. Moreta-Lara es catedrático de Literatura
- Artículo difundido por José Antonio Sierra




