Durante décadas se nos ha enseñado que equivocarse es algo que hay que evitar. Fallar en un examen, cometer un error en el trabajo o tomar una decisión equivocada suele ir acompañado de correcciones, castigos o sensación de fracaso. Sin embargo, el error no es el enemigo del aprendizaje, sino una parte esencial de él.

Queremos niños y niñas seguros, perseverantes y capaces de enfrentarse a los retos, pero muchas veces les educamos con miedo al error. Si fallar se percibe como algo negativo, el cerebro aprende a evitar el riesgo y, evitar el riesgo también significa evitar oportunidades para aprender.

«Para aprender a montar en bici tienes que caerte al suelo al menos veinticinco veces» o eso decía mi padre y, más allá de la exageración, el mensaje es poderoso. Caerse no significa que lo estés haciendo mal o que nunca lo vayas a conseguir. Significa que estás aprendiendo.

Gran parte de las habilidades que dominamos hoy se construyeron a partir de pequeños errores acumulados. Desde aprender a escribir, cocinar, practicar un deporte o resolver un problema complejo. El aprendizaje rara vez es lineal, es un proceso de intentos, ajustes y nuevas pruebas.

Carol Dweck, psicóloga conocida por sus estudios sobre la mentalidad de crecimiento, explica que las personas que entienden el error como parte del proceso desarrollan más perseverancia. En lugar de interpretar un fallo como una señal de incapacidad, lo ven como información, como algo que indica qué mejorar en el siguiente intento.

El problema aparece cuando el error se vive como una amenaza. En muchos entornos educativos o laborales, equivocarse implica vergüenza, juicio o consecuencias desproporcionadas. Con el tiempo, esto genera una cultura en la que lo importante pasa a ser no fallar, en vez de aprender o intentarlo.

Aquellas personas con esta concepción del error suelen elegir caminos seguros, participan poco y prueban menos cosas evitando salir de su zona de confort limitando su desarrollo personal.

Además, aunque este miedo parezca empezar en la escuela, queda presente en decisiones de la vida adulta como elegir una carrera universitaria o cambiar de trabajo, pues sienten que deben acertar a la primera. Pero la realidad suele ser muy distinta y equivocarse forma parte del proceso de descubrir quién eres y qué quieres hacer.

La resiliencia, la constancia o la capacidad de adaptación se desarrollan precisamente enfrentándose a los errores. Por eso, quizá, el mensaje que deberíamos transmitir especialmente a los más jóvenes no es «no te equivoques», sino algo mucho más útil «equivócate, pero aprende de ello».

Porque aprender a caer y volver a levantarse, no es solo una lección para montar en bicicleta. Es, probablemente, una de las lecciones más importantes para la vida.

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