Miguel Ormaetxea

Los viajes han sido una de las pasiones más firmes y verdaderas de mi vida. He pateado más de sesenta países en mis casi ochenta años.

Por laberínticas circunstancias, conocí Irlanda hace relativamente poco. Fue amor a primera vista. Nací en Santander con sus verdes praderas y su mar gris y tempestuoso, pero algo alcanzó mi agitado corazón cuando salí del avión y entré en un pub bullicioso de gente en Dublín, parecido pero muy distinto de los establecimientos ingleses.

Enseguida tomé partido en la larga y dura historia de esos vecinos tan juntos y distantes. La hija de Ryan podría haberme abierto la puerta de una de esas pequeñas casas que podrían estar en el bario de pescadores de El Sardinero.

Y el faro de Cabo Mayor y su acantilado, cuya luz barría mi dormitorio de pequeño, tenía parangón con la dura costa irlandesa que enseguida me encandiló.

Pero no eran las similitudes geográficas lo que llegó a mi corazón, sino algo más profundo y misterioso que tardó un corto tiempo en penetrarme: la misma sal, las mismas olas. Como una desmesura demasiado grande para un pequeño gran país.

La gente bebía cerveza oscura y charlaba con voces que no podían ser inglesas, aunque hablasen es ese idioma. España e Irlanda deberían hermanarse mucho más aprovechando las nuevas tecnologías. Debería haber centros de intercambio y debate con traducción automática en ambos idiomas. Y facilidades para viajar entre ellos.

En este punto quiero rendir homenaje a un veterano personaje que hace una labor impagable por el entendimiento cordial entre los dos países, José Antonio Sierra.

Vivió largo tiempo en Irlanda, fundó el Instituto Cervantes de Dublín y ahora desde Málaga sigue uniendo las manos y el corazón de ambas culturas. Aquí está el mío, querido José Antonio. Cuento contigo para tan noble y fértil tarea.

El Escorial, marzo de 2026.

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