Parar se ha convertido en un acto casi revolucionario. Vivimos con la sensación constante de que, si no estamos haciendo algo, estamos perdiendo el tiempo.

Descansos productivos

El descanso se tolera sólo si es productivo, si descansamos para rendir más o desconectamos para volver con energía. Cuando no hay finalidad, aparece la culpa silenciosa mandada por la exigencia.

Llenamos las horas, los días y las semanas hasta que el calendario no deja hueco ni para el imprevisto. Nos hemos acostumbrado a una hiperocupación que ya no cuestionamos, tanto que cualquier pausa se vive como una amenaza.

Esto no ocurre solo en la vida adulta. Sin darnos cuenta, trasladamos la misma lógica a la infancia. Las agendas de los niños y niñas se llenan de actividades extraescolares, entrenamientos, refuerzos y sobrecarga de actividades donde la intención suele ser buena, pero el resultado es una infancia sin apenas tiempo libre.

Es cierto que la conciliación familiar es compleja. Los horarios laborales, la falta de redes de apoyo y la presión social empujan a muchas familias a organizar cada minuto. Pero una cosa es organizarse y otra muy distinta es no saber parar. Sin embargo, cuando el descanso desaparece, el sistema nervioso no encuentra momentos reales de regulación.

Desde la neurociencia se sabe que el cerebro necesita estados de reposo para integrar la información, regular las emociones y reducir los niveles de estrés. El llamado RDN o la Red Neuronal por Defecto del cerebro, que se activa cuando no estamos centrados en tareas concretas, cumple una función clave en el bienestar psicológico.

Organismos como la OMS y asociaciones de psicología clínica insisten en la importancia del descanso real para la salud mental, tanto en adultos como en menores.

El problema es que hemos asociado el no hacer nada con la pereza, el desorden o la falta de ambición. Parar incomoda porque nos enfrenta al silencio, a los pensamientos que evitamos y a una identidad construida alrededor del hacer. Por eso una hora quietos puede resultar más difícil que una jornada entera de actividad ¿te atreves?

El trend del descanso

En los últimos meses se ha popularizado un trend que propone algo tan simple, y tan incómodo, como estar una hora de reloj quietos, sin móvil, sin leer, ni escribir, sin producir absolutamente nada. Solo estar. La propuesta pretende resetear el sistema nervioso, pero lo realmente interesante no es el método, sino la reacción que genera.

En la infancia, la falta de espacios de pausa puede traducirse en mayor irritabilidad, dificultades de autorregulación y una baja tolerancia al aburrimiento. Pero el aburrimiento, lejos de ser un enemigo, es una puerta a la creatividad, al juego espontáneo y al descanso mental.

Parar no significa renunciar a la actividad ni ignorar dificultades de la vida cotidiana. Significa reconocer que el descanso no es un premio ni un lujo, sino una necesidad básica. Significa dejar huevos, permitir que no todo esté previsto y aceptar que no todo tiene que ser útil.

Quizá no se trate de un trend concreto, sino de revisar nuestra relación con el tiempo. De preguntarnos qué lugar ocupa el descanso en nuestras vidas y en la de nuestros hijos e hijas.

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