Arami Garit Hernández
Hoy he hablado con alguien que me analiza mucho, no revelaré su identidad, sensatez avisada. Son de ésas entrañables personas que te marcan el pecho para siempre, las que sueñan con que algo se haga realidad, como su estación de trenes; «Teresa de Ávila».
Me dijo: no escribas tanto para ti, deja que el lector escuche con fluidez y llanismo tus relatos. Yo le hice caso porque admiro sus años doblados a los míos y porque le debo a la amistad el soplido del viento que me empujó a conocerle. Pero, siempre existe un pero, acolchono su consejo, y lo visto de ropa con mi verbo y poesía amoldada.
Hablaré hoy del amor, esa mochila de corazones que los sapiens supimos traspasar de generación en generación.
Vivo en una ciudad, creo que la más alta de la península ibérica, en la que cada día escucho algo nuevo, sean historias de desafortunados amores del pasado hasta lo más anecdótico, como aquello de que cuándo una puerta se cierra, otra se abre. Todo me produce un sueño alargado y caigo siglos atrás catapultado por la máquina del tiempo. Cambio de bolígrafo y tinta y comienzo por el final de mi sueño que tal vez sea el principio.
El esplendor de rutas comerciales y una Habana brillante desde donde salí atravesando nubes al país de los abuelos. Vengo del romance entre colonos y esclavos, cuántas historias escondidas en el castillo de los Tres Reyes Magos, entre piratería y barcos cargados de oro y plata al primer mundo.
Francis Drake hurtando tesoros. Epopeyas de corsarios pagados y asilados por reyes y esos duques paganinis de todo. Siglo dieciséis ,diecisiete y Galileo dijo «Y sin embargo, se mueve ». Si Edison hubiera nacido en 1595, la luz inapagada de sus bombillas dejaría que Shakespeare deslizara su pluma sin la sombra de las velas, y Julieta y Romeo quizás hubieran desistido de irse en la comparsa de la guadaña. La historia sería distinta.
Porque eso de escribir con la luz a tu lado sin encendidos y apagados inestables origina que la musa relaje su poético vestido, inspiración del cómodo y fluido estilo de no preocuparse por nada, sólo escribir y hacer de la novela el antojo de la inspiración. Londres, la Habana y por qué no Ávila.
Es el devenir de sucesos históricos en el plegado espacio que rige nuestra sistema solar, éste espejo repetido que es el universo. Ése que esculpió Vasco de la Zarza en honor a Cristóbal, amigo del arte y del rostro. Sí, el rostro que un fariseo del momento cambió por otro y que tanto llanto causó al regreso del hidalgo de gestas y proezas bélicas.
El rostro de su amada Beatriz. Cristóbal Álvarez talló en piedra su prohibido amor y el sollozo de haber sido borrado y cambiado cual papel maché, dejó en un arrinconado altar de la catedral sus vertebras dobladas de dolor incorrespondido. Esa noche duermen bajo la luna de los trigales y callejones empedrados, con el cansancio de no pararcconversaciones fluidas y escultóricas dos célebres personajes de época, Vasco y Cristóbal. Hablan, ríen y más tarde el muere.
El tiempo es el mismo, los amores apasionados con ese toque de serie de Prime Video hacen que nuestras pupilas se dilaten, y los domingos no sólo sean para comer con los padres e hincharnos a cocidos en el sofá y la mesa de haya de la abuela heredada por mamá.
Hay historias que quedan como el gotelet difícil de alisar, de apartar de la gris materia y del fondo de ojo caído de leerlas. Otras que las escuchas de siglo en siglo pregonadas de capilla en capilla, de Carmelita hábito del cura social o quizás por aquel Carlos Pérez tan abundante en la etimología íbera que no hace más que hablar y hablar con todo quisque hinchado de chupitos Jagermeilter o como coño se diga en Alemán, bufón de la corte de los bares pero en fin pregoneros de una Roma, semilla de nuestra arqueología. Bueno, ese cuanta cuentos del vermú de cualquier domingo.
Cristóbal y Beatriz, la vida y la muerte, un costado de la catedral y una calle con unos cuantos nombres cambiados por la jerarquías políticas de turno, memorias, historias, despachos sin consenso y esa manía que tenemos de gobernar cambiándolo todo.
No quiero contar lo que ya se sabe. Ilustres de la ciudad enjaulada de piedras ya lo dibujaron en sus cuadernos con sutiles destrezas poéticas y documentación bibliográfica.
La apasionante historia de amor, desencanto, y un sinfín de idas y venidas poéticas de Don Cristóbal Álvarez y Beatriz de Dávila. Busquen en la memoria de la ciudad y quedarán enamorados, atónitos como me pasó a mí en la ignorancia de querer saberlo todo y no saber nada. A tiempo he llegado para rendirme a los encantos de este pasaje abulense.
Termino, porque terminar es el propósito de rendirse a la reflexión de qué sería lo más justo para estos Romeos y Julietas de nuestras historias de amores medievales.
Soy así y siempre reivindicar es el leitmotiv de mi cruzada.
Quiero que vuelva su nombre escrito en metálica y azulada chapa, el nombre de la Vida y la Muerte a su fachada. No quiero Calle de la Cruz porque una cruz de madera cuelga en sus piedras y de viacrucis está llena la península. O porque es más vida la que quiero que la propia muerte de una ciudad que vuela en fuego fatuo y eligen aquellos los de edificios abanderados su propia decadencia.
Los que amamos la cultura no dejemos que lo incultural invada nuestro pecho y corazón. Quiero el nombre de: «Calle de la Vida y la Muerte », o más bien «Calle del Idílico amor de Cristóbal y Beatriz».
Y dejémoslo ahí.
- Arami Garit Hernández es actor, cantautor, escritor, profesor de artes escénicas. Oriundo de una Cuba que pierde a sus hijos.




