Frente al ruido de la polarización extrema y la tibieza burocrática, la izquierda madrileña y española necesita despertar. No vencerá a la derecha asumiendo su marco ni pidiendo perdón en sus medios, sino levantando un proyecto valiente basado en el blindaje de la sanidad y educación públicas, la vivienda protegida, el orgullo federal y un partido con voz propia. Es hora de surfear las «dos Españas».

La política española parece haber quedado atrapada en un bucle diseñado para la asfixia. Por un lado, opera una maquinaria reaccionaria que vive del agravio, la guerra cultural y la polarización extrema; por otro, se impone una gestión a menudo gris que, en su intento de no molestar y parecer «centrada», ha olvidado cómo ilusionar y ha acabado pidiendo permiso para existir en los altavoces de sus propios adversarios.

Frente al ruido ensordecedor de quienes buscan mantener a la sociedad en la trinchera, existe una salida. Esta no pasa por la tibieza burocrática ni por asumir el marco mental del rival, sino por articular un proyecto de país valiente, nítido y profundamente emocional. Ha llegado el momento de surfear la fractura de las «dos Españas».

Las grandes heridas históricas de una sociedad nunca se han superado ignorándolas, ni mucho menos pidiendo perdón por existir. Se superan elevando el debate hacia una promesa compartida. Quienes basan su éxito electoral en mantener vivas las «dos Españas» asumen que el país está condenado a un empate infinito de rencores. Necesitan a una izquierda enfadada, nostálgica y atrapada en la guerra cultural, porque ahí es donde movilizan a los suyos por puro rechazo visceral.

Pero hay una realidad material que rompe ese marco: a un joven conservador y a un joven progresista les une hoy algo mucho más urgente que lo que separaba a sus abuelos; ninguno de los dos puede pagar el alquiler, ni merece esperar meses para que le atienda un especialista en la sanidad pública.

Ahí reside la clave de bóveda de una alternativa real. Surfear las «dos Españas» significa entender que la precariedad no pide el carnet ideológico. Las listas de espera en un ambulatorio, la segregación escolar, el precio inasumible de la vivienda o la falta de oportunidades no entienden de trincheras: son fracasos de país. Para superar este bloqueo, es necesario levantar una propuesta asentada sobre cinco pilares irrenunciables:

1. Un proyecto que se pueda tocar: Blindar la trinidad de la vida digna

Durante demasiado tiempo se ha permitido que otros monopolicen la palabra «libertad», vaciándola de contenido para reducirla a la ley del más fuerte. Es hora de reivindicar que nadie es verdaderamente libre si vive con la angustia de no llegar a fin de mes, si su salud depende de una tarjeta de crédito o si el futuro de sus hijos está condicionado por su código postal.

Un país fuerte no se mide en los decibelios con los que se grita su nombre, sino en la solidez de sus servicios públicos.

La Sanidad Pública y la Educación Pública no son meras partidas de gasto; son el gran igualador social, el patrimonio de quienes no tienen patrimonio. Frente a los modelos de privatización y desmantelamiento sistemático —que castigan especialmente a la Comunidad de Madrid— se debe exigir su blindaje absoluto.

Estas garantías, junto con una apuesta histórica y decidida por la Vivienda Protegida, conforman una trinidad inseparable. Defender y ensanchar estos tres pilares materiales es la gran cruzada cívica y lo único que puede unir a una inmensa mayoría social transversal.

2. El orgullo federal: La diversidad como motor, no como peaje

Es imprescindible abandonar definitivamente la postura defensiva frente al modelo territorial. El Estado de las Autonomías y el avance hacia un modelo federal no son concesiones forzosas, ni «males menores» para comprar gobernabilidad. Son un modelo identitario positivo.

España es plural y esa es su mayor riqueza. Celebrar el federalismo es construir un espacio común donde caben todos, arrebatando a los extremos el monopolio de la bandera y oponiendo, frente al centralismo uniformador, un proyecto cívico, cooperativo y solidario.

3. La batalla de la esperanza: La fuerza de las emociones

No es posible combatir maquinarias políticas diseñadas para la polarización constante armados únicamente con hojas de cálculo. Cuando el adversario apela al miedo y al resentimiento, la alternativa debe apelar a la esperanza y a la épica de lo colectivo.

Las grandes transformaciones se logran desde la convicción de que un país más justo es posible. Se debe ofrecer un horizonte vital por el que merezca la pena movilizarse; la política tiene que volver a emocionar, ofreciendo un relato de futuro que deje atrás el conformismo burocrático.

4. Soberanía del mensaje: Jugar en un tablero propio

Una opción verdaderamente transformadora no busca el aplauso en los foros que amplifican la crispación y los bulos. No se legitima a la maquinaria destructiva prestándole una voz crítica para que la use como gasolina política.

Es fundamental construir un marco propio, hablando directamente a la mayoría ciudadana, en las calles y en los foros que construyen comunidad. Hay que negarse a ser el instrumento útil que la derecha mediática utiliza para fracturar al bloque progresista. Se debe jugar en un tablero propio, y con reglas propias.

5. Un instrumento a la altura: Un partido vivo y autónomo

Para sostener esta visión de país, es urgente transformar la propia herramienta política. La concentración absoluta del poder orgánico e institucional asfixia el debate interno y subordina el rumbo ideológico a las urgencias y cesiones del día a día del Gobierno.

Es el momento de apostar por una estructura organizativa moderna, separando la dirección del partido de la dirección del Gobierno. Mientras las instituciones se centran en la gestión y en la mejora material inmediata, el partido —libre del desgaste diario de la gobernabilidad— debe actuar como el guardián de las ideas.

Un partido con voz propia, dedicado a generar pensamiento, a mantener el arraigo en los territorios y a escuchar a la militancia. Se trata, en definitiva, de garantizar la libertad estructural para pensar en la próxima generación, y no solo en la próxima votación parlamentaria.

De la resistencia a la alternativa

Durante años, la izquierda ha estado atrapada en la lógica de la «resistencia», reaccionando a la defensiva frente a los marcos impuestos por la derecha más extrema.

En lugares como la Comunidad de Madrid, epicentro de estas políticas de desmantelamiento de lo público y de polarización constante, ya no basta con ser simplemente el «mal menor» o con pedir perdón por las propias ideas intentando agradar a quienes jamás cambiarán su voto.

La verdadera moderación hoy no consiste en tener un tono gris ni en publicar en los boletines de la crispación; la verdadera moderación es asegurar que una familia pueda pagar el alquiler, que haya un médico cuando se le necesita y que la educación pública funcione como un ascensor social real. Para ello, es vital dejar de gestionar el miedo y empezar a gestionar la esperanza.

Una alternativa real no busca la revancha de una mitad de España sobre la otra; busca la victoria de la mayoría sobre la desigualdad. Frente a quienes cavan trincheras para pelear por el pasado, se debe ofrecer un puente construido con derechos materiales para caminar hacia el futuro.

Ya no es el momento de lamentarse por las derrotas ni de ser cómplices pasivos del ruido mediático. Es la hora de levantar un partido fuerte, autónomo y orgulloso, capaz de surfear las viejas divisiones para salir a ganar el país que viene.

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