Luis Ángel Ruiz

Cuando leí por primera vez La isla de los pingüinos, de Anatole France, me pareció una sátira ingeniosa sobre los excesos del poder y la facilidad con la que las sociedades aceptan lo inaceptable si viene envuelto en solemnidad.

Hoy, al releerla desde Europa y con el mundo sacudido por nuevas tensiones imperiales, la novela ya no provoca solo sonrisa: provoca inquietud. Porque la ficción de France describe con demasiada precisión lo que ocurre cuando unos pocos deciden y muchos miran hacia otro lado.

En la Pingüinia de Anatole France, los grandes conflictos no surgen de la nada. Se preparan poco a poco, mientras los sabios explican que todo es inevitable y los gobernantes actúan como si la fuerza fuera la única forma posible de autoridad.

Algo muy parecido ocurre hoy con Donald Trump, convertido en el protagonista visible de una política internacional basada en la amenaza, la imposición y el desprecio por las reglas compartidas.

Trump no es solo un problema para Estados Unidos. Es un problema directo para Europa. Su manera de entender el poder —bilateral, agresiva, sin respeto por alianzas ni instituciones— debilita todo aquello sobre lo que se ha construido el proyecto europeo: cooperación, derecho internacional y equilibrio entre Estados. Para Trump, Europa no es un socio; es un obstáculo. Y eso tiene consecuencias.

Como en la novela de France, el imperio no necesita explicarse demasiado cuando actúa con suficiente ruido. Trump amenaza con aranceles, cuestiona la OTAN, desprecia a la Unión Europea y trata los equilibrios globales como si fueran fichas de un juego de fuerza.

Europa, mientras tanto, aparece con demasiada frecuencia como el pingüino educado que confía en que el sentido común acabará imponiéndose.

Pero Anatole France nos advirtió hace más de un siglo que el sentido común no gobierna el mundo.

En el trasfondo de este escenario actúa el oligopolio tecnológico de Silicon Valley. No da discursos ni firma tratados, pero condiciona la economía, la información y los recursos estratégicos del futuro.

Europa, dependiente tecnológicamente y sin una soberanía digital real, queda atrapada entre el poder político bruto que encarna Trump y los intereses económicos de las grandes plataformas. No decide; reacciona.

Uno de esos intereses clave es el control de recursos básicos, especialmente el agua. El interés estadounidense por territorios estratégicos como Groenlandia no es una excentricidad ni una broma. Detrás hay cálculos muy concretos: agua dulce, energía, rutas y capacidad para sostener un modelo tecnológico altamente consumidor de recursos. Europa, en este reparto, no dibuja el mapa, lo contempla desde la periferia.

El riesgo para Europa es doble. Por un lado, perder peso político en un mundo donde manda quien grita más fuerte. Por otro, asumir las consecuencias de conflictos que no ha provocado, pero que la afectan directamente: tensiones económicas, crisis energéticas, inseguridad internacional y nuevas desigualdades.

En la Pingüinia de France, las guerras siempre se deciden lejos del pueblo, pero siempre las paga el pueblo.

El problema no es solo Trump, sino la fragilidad europea frente a este tipo de liderazgo. Una Europa dividida, dependiente y excesivamente confiada se convierte en terreno fácil para las presiones externas. Mientras otros imponen, Europa explica. Mientras otros amenazan, Europa matiza. Y en un mundo que ha dejado de premiar la prudencia, eso tiene un coste.

La isla de los pingüinos nos recuerda que las sociedades que no entienden a tiempo cómo funciona el poder acaban aceptando sus peores consecuencias como si fueran inevitables. Europa corre hoy ese riesgo: normalizar el autoritarismo ajeno, resignarse a la dependencia tecnológica y aceptar que las reglas ya no importan.

Este artículo no busca dramatizar, sino advertir. Porque cuando el imperio actúa sin pudor y los intereses económicos empujan desde la sombra, la neutralidad no protege a nadie.

Y como ya sabía Anatole France, los pingüinos que no deciden acaban obedeciendo, aunque lo hagan con dignidad y buenos modales.

  • Luis Ángel Ruiz es secretario de Estudios y Programas de la Comisión Ejecutiva Municipal del PSOE de Santander, y ha sido secretario general de la UGT de Cantabria entre 1982 y 1998.

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