
No solemos percibir cuán estimulante es un programa hasta que lo observamos en comparación con otro. Basta poner dos escenas al lado para que la diferencia resulte evidente. Ahora, los planos suceden con rapidez, los colores vibran y el sonido invade todo.
Sin apenas darnos cuenta, los contenidos audiovisuales dirigidos a la infancia han sufrido una transformación profunda. Los dibujos animados de alto estímulo dominan hoy la programación y son diseñados para captar la atención de forma inmediata y mantenerla activada sin pausa.
Ritmos, color y sonido
Las producciones actuales se caracterizan por cortes de escena constantes, música intensa y una paleta cromática saturada. Cada pocos segundos ocurre algo nuevo. El objetivo es claro, evitar cualquier posible desconexión.
Frente a ellos, los contenidos de bajo estímulo presentan escenas más largas, transiciones suaves y ambientes sonoros menos invasivos.
Mientras los primeros generan una sensación de urgencia permanente, los segundos transmiten calma. No es una cuestión de estética, sino neurológica, el cerebro procesa de manera distinta un entorno que cambia sin cesar frente a otro que permite anticipar y sostener la atención.
Dopamina en pequeñas dosis constantes
Los dibujos contemporáneos están cuidadosamente diseñados para activar el circuito dopaminérgico. Cada cambio brusco, cada sonido llamativo, cada giro inesperado produce una pequeña descarga que refuerza el deseo de seguir mirando.
El problema no reside únicamente en la intensidad del estímulo, sino en su acumulación. En un cerebro en desarrollo la exposición continuada a este tipo de contenido puede interferir en la maduración de funciones ejecutivas esenciales, como la capacidad de esperar, la atención y/o la autorregulación emocional.
Desde la neuroeducación se advierte que la atención sostenida se construye con experiencias que permiten el aburrimiento, la repetición y la pausa. Sin embargo, los dibujos hiper estimulantes reducen esos espacios.
No es que quienes crecen hoy tengan menos capacidad de concentración, es que su entorno audiovisual les exige un menor entrenamiento.
Basta con observar una escena de La cenicienta (1950) para entenderlo. Los colores son suaves, los movimientos pausados y la música acompaña sin imponerse. Cada plano permanece el tiempo suficiente para que la mirada se acomode. En contraste, una producción reciente como Trolls, presenta explosiones de color, cambios constantes de cámara y una estimulación sonora interrumpida.
Algo similar ocurre si comparamos series clásicas como Winnie the Pooh, las Tortugas Ninja o el Oso Yogui. En ellas, las historias avanzaban con un ritmo previsible, los personajes hablan despacio y el conflicto se desarrolla sin sobresaltos visuales.
Frente a esto, muchas series actuales incorporan un diseño acelerado, humor constante, estímulos simultáneos y una narrativa fragmentada que apenas deja espacio para procesar lo que ocurre.
La preocupación no debería centrarse en un periodo aislado, sino la suma diaria de horas frente a este tipo de contenido. Desde el ámbito educativo se observan altas dificultades para tolerar la espera o mantener la atención sin estímulos constantes.



