
Arami Garit Hernández
Esto de vivir en Ávila y escribirle a todo lo que me resulta mágico, maravilloso, me ha despertado reivindicaciones innatas.
Una estación de autobuses cerrada y sin proyecto futuro, una terminal de trenes sin nombre, una ciudad que encierra la mente de sus hijos y amuralla todo lo que suena culto, personajes predilectos, al que viene de fuera y se alquila un piso en la plaza Santa Teresa, quiere hilvanar filantropia por todas sus calles y encuentra una burocracia erguida, el desinterés devorador de no hacer nada por la cultura de un pueblo, la desidia de no contestar a ninguna misiva que signifique cambio, y digo no contestar porque ya mis tímpanos tiemblan de escuchar al ilustre José Antonio Sierra vestido de Quijote luchar contra molinos de papeles y preguntas sin respuestas.
Desde los muros acantilados que diviso tras mi sofá de Ikea ronronea el eco volador de la renovación, el amor por quien dedicó parte de su vida a exhaltar el nombre de una mujer con agallas, rebeldía, pasión por su ciudad, ya no tan medieval, aunque en la raíz cerebral de algunos políticos de turno, dígase alcalde, o ésos al servicio del pueblo y presidentes de la nada, emanan manantiales sin rumbo, sin respuestas y con ése casposo traje de reuniones sin métodos.
Cambiamos el texto porque me aburre, me desequilibro, me vuelvo contorsionista para evitar que mi cuerpo origine esa artrosis que provoca en mí el olvido, en definitiva estoy harto de los plutocratas de esta ciudad .
Kate O’Brian es el cuadro de naturaleza viva, esa persona que llega a tus glóbulos blancos, te hacen explotar los rojos y tú hemoglobina sube, se dispara y deja tus plaquetas a merced de lo inaudito.
Adoro su figura, su vida, sus meses y madrugadas en un hotel escribiendo, relatando, dando voz a quien fuera la mesias de esta ciudad, «Santa Teresa de Jesús».
Pero éso a quien le importa. Su calle es corta, su cartel diminuto y raspado, de espalda al óxido de los trenes. Los aplausos de ser predilecta hacen del olvido una costumbre. Vuelvo a hablar de Kate O´Brien, de ella, la Juana de Arco Irlandesa que no pidió nada, sólo amar desde lo no místico la figura de la Santa. Sus homenajes en otra ciudad, dígase Madrid, taller poético en el círculo de Bellas Artes próximamente, o su isla natal, Irlanda; su tierra, Limerick; y un festival literario en honor a su nombre, otro rincón, un reconocimiento alejado de murallas y calles, qué mas da, nadie es profeta en la habitación de sus recuerdos.
Seré breve y termino porque ya me cansan los quiebros, las cobras que me hacen desde un despacho lleno de diplomas, asfalto, y poco interés cultural.
Solo pido que una calle no sólo lleve su nombre valgan estas redundancias adoquinadas.
Quiero que Kate O’Brien, vuelva a esta ciudad, Ávila, como esa cigüeña que trae a sus hijos en una funda de lino. Un homenaje es poco, el nombre de una calle, diminuto. Quiero que regrese el espíritu de su alma una vez por año, y no quiero bisiesto. Quiero un evento en el que todos hagamos de su nombre el despertar del fénix que llenaron de cenizas esta burocracia estúpida de una ciudad medieval encerrada en su propia lámpara.
- Arami Garit Hernández es actor, cantautor, escritor, profesor de artes escénicas. Oriundo de una Cuba que pierde a sus hijos.



