
El Ibex 35 ha superado los 18.000 puntos y, como suele ocurrir, el ruido ha ido por delante del análisis. Se habla de euforia, de banca, de inercia de mercado. Pero esa explicación es cómoda y, sobre todo, incompleta.
El movimiento del índice no refleja solo beneficios coyunturales: empieza a descontar un cambio de posición estratégica. España y Europa han dejado de intentar ganar una carrera que no controlan y han optado por algo menos vistoso y mucho más sólido: dejar de jugar al casino tecnológico.
Durante la última década, el modelo dominante ha sido claro. Potencia máxima, ciclos de obsolescencia cada vez más cortos y un consumo energético desbocado, financiado con deuda y sostenido por la fe en que el siguiente salto tecnológico lo justificará todo.
Es la lógica del «doble o nada» aplicada al silicio: si no llegas primero, has perdido; si llegas, quemas el tablero. Un modelo que funciona mientras el crédito fluye y el mundo acepta pagar la factura.
El problema es que la hegemonía tecnológica no depende solo de los algoritmos ni de los chips, sino de algo mucho más prosaico: quién financia la deuda. Cuando una potencia deja de comportarse como garante del sistema y empieza a actuar como poder unilateral, los compradores de sus bonos miran dos veces. Y sin financiación externa, la épica tecnológica se convierte en un problema contable.
Frente a esa huida hacia delante de las Big Tech de EEUU, Europa ha hecho algo que rara vez genera titulares: no competir donde no tiene ventaja. En lugar de apostar todo a la fuerza bruta, ha apostado por la infraestructura, la regulación y la eficiencia.
España con el Ibex 35 al frente, ha entendido que el valor no está en deslumbrar con potencia, sino en controlar el suelo, la energía y las reglas del juego. Ser el casero (cobrar el alquiler a los centros de datos), no el apostador.
Ese giro explica por qué el mercado empieza a mirar de otra manera a sectores tradicionalmente considerados «aburridos»: energía, banca, infraestructuras, gestión pública. No son espectaculares, pero son estables. No prometen milagros, pero no queman capital en silicio que caduca en tres años. En un entorno de incertidumbre geopolítica y energética, esa sobriedad cotiza.
El símbolo técnico de este cambio es el diseño de procesadores «open source» y las arquitecturas eficientes. No porque vayan a generar portadas periodísticas, sino porque reducen dependencias. Chips pensados para hacer bien una tarea concreta, con bajo consumo y sin pagar rentas perpetuas a terceros. Tecnología que no busca ganar benchmarks, sino funcionar, durar y poder ser auditada.
La diferencia es que esta vez no hablamos de futuribles. El ecosistema open source de procesadores ya existe, funciona y se está desplegando sin ruido, justo donde no interesa hacer espectáculo —proyecto RISC-V—.
Las consecuencias son políticas y económicas. En defensa, significa no depender de cajas negras ajenas. En energía, gestionar redes inteligentes sin riesgo de chantaje externo. En banca, reducir costes operativos y reforzar la seguridad. En la administración, asegurar que los datos públicos no dependen de una llave en Seattle. En sanidad y educación, aplicar inteligencia artificial local sin regalar datos sensibles a grandes plataformas.
Y es aquí donde los 18.000 puntos adquieren su verdadero significado. No son una meta, sino un suelo. El mercado empieza a descontar que una economía que reduce dependencias tecnológicas, controla su infraestructura crítica y apuesta de forma progresiva por chips open source no tiene un techo predeterminado, porque no está atada a ciclos de obsolescencia impuestos desde fuera.
A diferencia de los modelos basados en apuestas únicas y concentradas, esta vía no promete saltos espectaculares de un día para otro. Promete algo más valioso: crecimiento acumulativo, margen de maniobra y resiliencia. Cada sustitución de tecnología propietaria por arquitectura abierta no es una revolución, pero sí un ladrillo más en una base que no se quiebra.
Por eso el siguiente tramo del Ibex no dependerá de correr detrás de Estados Unidos ni de imitar su modelo de fuerza bruta. Dependerá de profundizar en esta dirección: eficiencia frente a potencia, control frente a dependencia, infraestructura frente a espectáculo. Si esa senda se consolida, el índice deja de moverse con el techo bajo de las modas tecnológicas y pasa a apoyarse en una base mucho más amplia.
En un mundo obsesionado con correr más rápido, el mercado empieza a premiar al que no se cae. Y, por una vez, España no está apostando a la ruleta: se ha quedado con las llaves.
Epilogo
Europa no corre tarde, corre distinto
Una parte del debate público europeo se ha instalado en un pesimismo automático: la idea de que Europa llega tarde, que va perdiendo la batalla tecnológica y que se está dejando colonizar por Estados Unidos. Ese marco, sin embargo, confunde velocidad con dirección y potencia con control.
Europa no ha renunciado a competir; ha renunciado a hacerlo en los términos que otros han fijado para su propia conveniencia. Mientras el relato dominante mide el éxito en ciclos de obsolescencia, consumo energético y apuestas concentradas; la estrategia europea ha ido por otro camino: regulación, infraestructura, eficiencia y soberanía gradual. Menos épica, más base.
Visto así, no se trata de una Europa rezagada, sino de una Europa selectiva. No de una Europa colonizada, sino de una Europa que decide dónde depende y dónde no. El uso de tecnologías abiertas, el control de la energía, la gestión de infraestructuras críticas y la capacidad regulatoria no son síntomas de debilidad, sino de una forma distinta —y más estable— de ejercer poder en el siglo veintiuno.
El problema no es que Europa lo esté haciendo mal. El problema es medir su desempeño con el cronómetro de otros. Cuando se cambia el criterio, el diagnóstico también cambia: Europa no está perdiendo la batalla, está construyendo un terreno donde no todo se decide en la primera carrera, ni en el primer salto, ni en el próximo titular.



