La culpa se ha convertido en una presencia habitual en la crianza. Aparece cuando ponemos límites, cuando no llegamos a todo, cuando dudamos de una decisión o cuando, simplemente, el día no sale como esperábamos. Criar hoy parece ir acompañado de una pregunta constante «¿lo estaré haciendo bien?».
La crianza actual se desarrolla bajo una mirada permanente. Opiniones externas, comparaciones, discursos contradictorios y modelos ideales que generan la sensación de que siempre hay una forma mejor de hacerlo. Lejos de tranquilizar, dicha información abundante a veces aumenta la inseguridad.
Además, se nos olvida algo esencial, niños y niñas están viviendo su infancia por primera vez, pero madres y padres también están aprendiendo a serlo. No existe experiencia previa ni ensayo, salvo que hayas sido el mayor de cinco hermanos… Nadie nos ha enseñado a criar en este contexto concreto, con estas exigencias y al presente ritmo de vida.
Generaciones distintas
Con frecuencia se nos invita a reproducir modelos del pasado o, por el contrario, a rechazarlos por completo. Sin embargo, cada generación cría en un contexto social, emocional y cultural diferente. Las necesidades no son las mismas, las familias tampoco y las infancias han cambiado.
Comparar con cómo nos criaron a nosotros no siempre es justo ni útil. Lo que funcionó en otro momento puede no encajar hoy. Incluso lo que funcionó con tu primer hijo puede no hacerlo con el segundo. Criar implica revisar, adaptar y, muchas veces, improvisar. Pretender hacerlo sin errores es una expectativa irreal que solo alimenta la culpa.
En las familias
Otro factor que incrementa el sentimiento de culpa es la idea de que existe una crianza correcta aplicable a todos por igual. La realidad demuestra lo contrario. Cada hijo o hija es distinto, lo que calma a uno puede desbordar a otro, lo que funciona en una etapa deja de hacerlo en la siguiente.
La crianza no tiene un método específico, pero sí un acompañamiento único a cada persona. Entender esto alivia la presión y nos permite soltar la exigencia de hacerlo todo de la misma manera.
Uno de los golpes más duros para padres y madres llega cuando, pese haber cuidado, acompañado y educado con coherencia, algo no sale como esperábamos. Aparece entonces una culpa profunda, injusta y silenciosa.
Es importante recordar que, a medida que crecen, las decisiones ya no dependen solo de la crianza recibida. La adolescencia y juventud traen consigo autonomía, influencia del entorno y elecciones propias. Educar bien no significa controlar resultados, sino ofrecer herramientas. Aceptar eso no es rendirse, es comprender los límites reales de nuestro papel.
Sentir culpa no nos convierte en mejores madres o padres, pero sí puede bloquearnos o hacernos reaccionar desde el miedo. Además, la culpa sostenida desgasta y dificulta la crianza. Revisar decisiones es bueno, castigarse por ellas no. Aprender a distinguir entre responsabilidad y culpa es un paso fundamental para cuidar también a quienes cuidan.
La educación materna y paterna exige margen para el error. Reparar cuando es necesario y seguir adelante forma parte del aprendizaje mutuo. No se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo consciente.
Acompañar la infancia y la juventud desde la calma, el vínculo y la coherencia es suficiente, aunque a veces no lo parezca. Soltar la culpa no significa desentenderse, sino confiar en que educar es un proceso vivo, imperfecto y humano.




